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VADIM VIDAL


El Napolitano


La primera vez que traté de entrevistarlo me citó en su bar favorito, se sentó en su mesa reservada y me dejó en la barra sumergido en un cerro de cáscaras de maní. La última vez que lo intenté entrevistar no alcancé a terminar la ronda de preguntas y me ví en el suelo ajedrezado del mismo bar con la nariz partida. Lo que sigue es lo que pasó entremedio.

Tenía una música sonando en mi cabeza, algo que había oído en una película y que hablaba de un napolitano que se hacía pasar por gringo para conquistar chicas. Sonaba constantemente en el fondo de mis oídos. Él miraba fijo al televisor que colgaba de la esquina de su reservado. Estaban dando su serie favorita, una de mafiosos de la pequeña Italia, y nadie podía molestarlo.

Mi editor tenía una frase para el bronce en la punta de su lengua lista para salir en cada ocasión. La de esa semana era: "Tú eres tu primera pregunta". Su teoría decía que los artistas dan tantas entrevistas durante la etapa de promoción que responden todo maquinalmente, si te paras y le preguntas sobre la diferencia de su última placa con sus trabajos anteriores, te responderá lo mismo que a los demás y tendrás una nota llena de lugares comunes. Así que ahí estaba yo pensando en mi primera pregunta, pegado a la barra, tratando de adivinar cuando terminaría su serial para abordarlo. Pasó el tiempo, se sumó gente, llegó una actriz de telenovelas, se sentó junto a él, brindó con él y desapareció con él por una puerta lateral. En mi cabeza sonaba una melodía italiana y no había espacio para nada más.

La segunda vez lo esperé al término de la conferencia de prensa que daba con el grupo al que estaba parchando en la guitarra. Había hablado con su representante, que también manejaba la carrera de la otra banda o lo que quedaba de ella. De pronto la conferencia se terminó abruptamente cuando uno de ellos rompió unos micrófonos, bajó furioso, se metió en la camioneta, sacó la cabeza para llamar a los otros dos, a la representante y a mí entrevistado. Se subieron, pasaron en frente de mí, se detuvieron, bajaron la ventanilla y me lanzaron el contenido de una botella de agua mineral sin gas. A la vuelta a la redacción mis colegas me tapizaron a bromas, había salido en la televisión. Parecía un pajarraco desplumado. Le dije a mi editor que no tenía la nota. Él me mandó hacer una breve sobre la conferencia de prensa, le contesté que no le había puesto atención, que estaba en otra cosa cuando sucedió todo. Me miró de arriba a bajo y me dijo: "no dejes que la verdad arruine una buena historia".

Al otro día había uno de esos papelitos amarillos pegado en el costado superior de la pantalla de mi computador: "La Tercera es la vencida", decía. Era un buen juego de palabras.

Fui nuevamente al bar, me ubiqué nuevamente en la barra, pedí una tónica con hielo y limón y esperé. Pasaron dos bebidas, una ida al baño, una pérdida de taburete, una cuenta mayor a lo que calculé y una mala cara del barman al ver que no dejaba propina, antes decidir marcharme. Al salir me topé de frente con su representante, estaba pegada a un comentarista deportivo con pinta de boxeador que conversaba con mi entrevistado. Él se percató de mi presencia, me reconoció, desde el dintel de la puerta gritó para adentro pidiendo un vaso de mineral, los que venían con él no entendieron la broma, me apuntó con el dedo y antes que me dijera nada le conté que en el mundo de la mafia se decía que la venganza era un plato que se comía frío. Sonrió. Me indicó una mesa y me advirtió que no hablaría más de media hora.

No sé en qué momento y por qué motivo le dije que pensaba que estaba sobrevalorado, que no era el genio que decían que era y que sus canciones punzantes no le hacían daño a nadie. Había empezado bien, daba en el clavo con las preguntas, hilvanaba una buena conversación, luego llegó el grupo grande de amigos, salieron las atenciones de la casa, las risas se transformaron en carcajadas y todo empezó a dar vueltas en mi cabeza. Sonaba la misma melodía pero en un tempo mayor. La historia del napolitano que se hace pasar por gringo. Conversé de fútbol con el comentarista deportivo, del panorama cultural actual con la manager y del proceso de creación de un personaje con la actriz de televisión. De pronto mi entrevistado se acordó de mi existencia y me llamó para un lado. Me dijo que los parroquianos del lugar tenían un código de lealtad y que si alguien lo rompía, la hospitalidad desaparecía. Que uno de sus más queridos amigos lo había roto publicando todas sus bajezas en un libro y que él se había vengado haciendo una canción donde lo mandaba a la chucha en forma diplomática. No sabía de lo que estaba hablando pero lo escuchaba con atención. No se si lo dije en voz alta o solo lo recordé, era una frase para el bronce que tenía guardada para una ocasión como esta, de hecho estaba esperando el momento para utilizarla. "No te ofrecen tu amistad, quieren comprar tu silencio". Ahí fue cuando pasó, creo. Me consultó qué pensaba sobre su música y yo le solté eso de la sobrevaloración, lo que lo molestó pero no lo perturbó del todo, animado agregué lo de su falsa genialidad, lo que lo desencajó. Y, ya que estaba ahí, le dije que sus palabras punzantes no hacían daño. Me exigió que fuera más explícito en esto último y yo le dije que era inofensivo, que no se quemaba, que usaba su ironía como escudo. Me miró de nuevo, y me gritó en la cara, fuerte y claro, su frase para el bronce: "yo no me voy a crucificar por vos conchetumadre". Fuerte y claro, hasta bien deletreado. De pronto uno de los integrantes de su grupo, se paró en una silla y se puso a cantar. Luego supe que había vivido su niñez en Italia y que dominaba el idioma y que tenía una canción favorita que hablaba sobre un napolitano pobre que llegaba a los bares a pedir whisky con soda para hacerse pasar por gringo y ligar con las mujeres. Mi entrevistado repetía a los gritos que no se iba a crucificar por mí, que yo era un pobre y triste huevón, un músico frustrado, pero mi atención ya no estaba con él y se había trasladado a la interpretación del retornado que cantaba en un tono gracioso la vieja y rítmica canción. La misma que giraba en mi cabeza. Comencé a seguirlo, a cantar con él. Los comensales me miraban con simpatía. Agarré confianza y empecé a bailar, los demás aplaudían, yo me movía más rápido tratando de alcanzar el ritmo de los palmotazos, era un pequeño torbellino, le gente se empezó a aglomerar en torno nuestro, luego comencé a tomarme de los brazos de los demás haciendo una cadena giratoria, escuchaba urras y aplausos en iguales proporciones, me sentía en la totalidad de mis capacidades, la sinergía del baile me impulsaba de un brazo a otro, era la dicha en movimiento. Hasta que llegué donde mi entrevistado. No alcancé a frenar, tenía la mano empuñada apuntando a mi nariz. La velocidad hizo el resto.

La cámara de seguridad me mostraba a mi tirado en el suelo con la nariz rota, inconsciente. El relator deportivo lo mostró en el noticiero central. Yo había incitado al rockero. Yo había empezado a estrellarme con la gente y a burlarme de la interpretación del retornado. Me lo merecía, era un insidioso. Para peor le había roto los nudillos a mi entrevistado provocándole cuantiosas pérdidas económicas a él y a su grupo ya que no podrían realizar la gira nacional que tenían contemplada iniciar justo esa semana. En el juzgado me habían avisado que emprenderían acciones legales en mi contra por daños y perjuicios. Estaba perdido pero eso no ocupaba la primera plana de mi edición mental.

Mi entrevistado estaba sentado al lado mío, yo estaba entre él y un abogado que habían puesto para defenderme, afuera había una decena de reporteros gráficos y camarógrafos, compañeros míos de universidad mirándome de un modo extraño. Pero todos ellos tampoco ocupaban el primer lugar de mi ranking mental. En él había espacio tan solo para una vieja melodía sureña que giraba en mi cabeza mientras todo sucedía. Una que hablaba de un hombre alegre y pobre que se hacía pasar por norteamericano para conquistar chicas. Uno que pedía whisky con soda una y otra y otra vez en la pequeña Nápoles que tenía en mi cabeza.


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lospoetasdelcinco
año 5 - n#14
Revista latinoamericana de poesía actual
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