LA ESTÉTICA DEL FRACASO: LA ÚLTIMA POESÍA DEL ECUADOR
Javier Cevallos Perugachi
Es conocida la dificultad de hablar de una poesía joven. El término, de entrada, es odioso para mí. La primera razón de esa antipatía está, con mucho, en el hecho de que los autores emergentes están en un proceso de búsqueda y afianzamiento de su voz poética. (Recuerdo claramente aquello que escuché decir al poeta Fernando Linero: "La poesía es un ejercicio de madurez").
El segundo reparo es mi aversión, muy personal y violenta, al término joven. En Ecuador, se ha venido utilizando aquello del poeta joven como un sinónimo de lo incompleto, de la promesa de escritor: el "joven" aún no es un poeta, pero promete... Con esta lógica se ha llegado al ridículo de mantener "jóvenes" a poetas de más de cuarenta años. Muchas veces he pensado que éste es un eufemismo para nombrar a aquellos a quienes el crítico no considera como buenos poetas… y el tiempo me ha ido dando la razón.
Por tanto, el criterio utilizado para seleccionar a estos poetas es el único aplicable a su condición actual: la continuidad del trabajo. En nuestro país, como en todas partes, uno de los problemas principales de la poesía emergente es el fenómeno del "poeta de libro único": una vez que se pública el primer libro (casi siempre una selección caótica de los textos borroneados en los cuatro o cinco años precedentes) el ardor literario se consume hasta el olvido.
Estos seis poetas han publicado más de un libro, o su trabajo en el ámbito literario es permanente, ya sea como editores de revistas literarias, o como promotores culturales. Esto asegura, por lo menos, su permanencia en el tiempo. No está por demás advertir que algunos de ellos son amigos míos; a otros, apenas los conozco.
Los poetas fronterizos
Esta generación está marcada por lo diverso e individual. Ninguno de los poetas reseñados pertenece a un movimiento literario determinado, ninguno ha redactado un manifiesto grupal. Los nuevos escritores ecuatorianos se han agrupado alrededor de talleres o revistas. El pragmatismo ha reemplazado la búsqueda del ideal.
De ahí que el trabajo poético sea coherente con este aislamiento deseado: el límite de la escritura está señalado por el escritor. Su búsqueda no es la de una clase, o la de una ideología: se convierte, más bien, en el asombro frente a la página en blanco.
El punto de encuentro, por tanto, no podrá ser otro que la escritura; es allí donde los caminos corren paralelos. Todos estos escritores hacen de la búsqueda de la palabra su lucha constante. La sensación de pérdida e imposibilidad está presente en los textos. Esta suerte de "estética del fracaso" es la que hace placentera la lectura: el lector y el autor unidos, y separados a la vez, por la imperfección del lenguaje.
Los poemas sugieren, nunca dicen; polemizan, no adoctrinan. Aquí el lector no hallará respuesta a sus dudas, sino que las verá confirmadas. El poeta no se eleva como un ser superior sino que se muestra frágil, vulnerable. Es una suerte de inversión del símbolo baudeleriano del albatros: el poema no libera, más bien es una condena deliciosa.
Y es que esta es una generación que se aleja del estereotipo romántico del poema (y del poeta), estereotipo que aún no ha sido superado del todo en la literatura ecuatoriana. Buscar conmoverse con estos textos es una tarea ociosa. La propuesta del autor apela a nuestro intelecto: la referencias son oscuras, se alejan de la emoción o el sentimentalismo y van a buscar un sentido hermético, una mística de la obra. Con esto quiero decir que cada texto guarda un respeto hacia el poema mismo, entendido como un objeto de arte. El texto se cierra sobre sí.
Muchos de los poemarios están concebidos como un todo; es el caso del trabajo de Espinosa, Puma, Carrión. Las imágenes poéticas van construyéndose a lo largo de la lectura, el texto se vuelve un eco constante de sí mismo. La dificultad de seleccionar fragmentos es evidente: toda selección implicará mutilación. Por ello, mis disculpas a los autores.
Esta generación rompe también con el otro lugar común de la literatura nacional: la irreverencia vanguardista. Esta ya no es la búsqueda de un poema puro, de un lenguaje autosuficiente. La voz poética reaparece, con fuerza, en estos poemas, tendiendo nuevamente el fatal lazo que une el arte a un referente real. Los textos aparecen como resultado del fracaso de la experimentación lingüística anterior.
La ruptura que esta generación propone frente a su tradición, ya no es militante, sino creativa. Cada poeta intenta forjar una voz propia, una peculiar visión del mundo, ya sea referencial o poemático. El poeta se percibe como deudor de una tradición y se dedica, amorosamente, a reinterpretarla. El parricidio literario ha sido desterrado para dar paso a un trabajo de lectura constante de los referentes literarios. Esto es de vital importancia para la literatura ecuatoriana, donde la gran poesía nacional permanece inédita por falta de lectores. Poetas como Carrera Andrade, Gangotena, Escudero, Adoum, Dávila Andrade y Jara Idrovo, son los referentes ineludibles de esta generación.
De alguna manera, éste es el criterio principal que puedo aducir al momento de presentar esta selección. En el Ecuador, como en todas las fronteras del mundo literario, existe en la actualidad un "modo" de hacer poesía, una estética regidora y excluyente que señala lecturas, influencias, discursos y formas literariamente correctas. Algunos de los poetas que presento se han afiliado a la poesía oficial del país, los otros se han rebelado casi histriónicamente contra ella, pero todos han sabido consolidar una voz propia.
Las opciones de escritura de estos escritores se enfrentan en dos líneas de la tradición de la poesía ecuatoriana: frente al poema desbordante, de clara actitud épica, se opone el poema mínimo, reflexivo, altamente significativo. En el primero, la experimentación rítmica y conceptual se desarrolla a lo largo del poemario, dándole una unidad. En el segundo, se busca mayor participación del lector para llenar los vacíos que van dejando los textos. La imperfección de la palabra, su rica ambigüedad, nos permitirá varias lecturas en el poema.
Dentro de esta lógica, el lector solo alcanzará a apreciar la ceniza que resta del laborioso, apasionado y extenso trabajo del poeta. A partir de esos despojos deberá reconstruir, en la medida de lo posible, aquel proceso.
Cuando ya nada quede por decir permanecerá el poema, ese objeto a ser contemplado...
CARLOS GARZÓN NOBOA (Quito, 1972) Ha sido incluido en la antología Aldea Poética de la editorial Ópera Prima de Madrid y en la antología Ciudad en Verso editada por Libresa, en Quito. Es editor del Periódico de poesía. Los textos seleccionados pertenecen a su único libro publicado, Erial (2003).
SUDARIO
Aquí está la prueba
de que cierta vez
escribí un poema.
¡Aquí está la prueba!
EN LA ERMITA
¿Cómo escribir Poesía,
cómo beber su licor,
si cuando la invoco por estos lugares
sus labios apenas humedecen los míos:
resecos, heridos,
sedientos de amor?
PRESUNCIÓN
¿Qué constelación de ángeles se entrega rendida al dolor de la carne?
¿Qué mano cerrada recibe en su centro la puesta del sol?
En vano agitan sus ramas los árboles viejos,
mientras nubes de auras coronan la noche como nidos de luz.
¿De qué sirve ahora que despierte la mano, si el fruto no cae?
¿Tendrá sentido clavarnos las plumas que dejaron los ángeles,
si la vida pasó?
Acaso el sueño,
ese árbol errante que abandona sus hojas a los vientos más suaves,
nos levante en silencio, lentamente
y sin dolor.
COLLAGE
Es la nada pulsando cada verso.
Es entrar maniatado a la contienda.
Es Narciso al dudar de su reflejo.
Es la zona del fuego que no quema.
Es la línea ilegible de la mano.
Es sentir que una lápida nos mira.
Es la herida en la frente del hermano.
Es el signo en el lomo de la Bestia.
Es el inútil oficio del hombre
que, sin hilos, hilvana este poema.
INVASIÓN
El caballo que habitamos
está vacío.
ÁNGEL EMILIO HIDALGO (Guayaquil, 1973) Poeta e historiador. Con su primer libro, Beberás de esta agua (1997), gana el premio nacional de poesía Ismael Pérez Pazmiño. El trazado del tiempo (2003), su segundo poemario, obtuvo Mención de Honor en el concurso nacional de poesía M.I.Municipalidad de Guayaquil.
EL TRAZADO DEL TIEMPO
(fragmentos)
)3(
La región que me crece cada día
levanta ciudades de arenisca
oscuras
como los párpados del sueño
que empiezo a atravesar.
)6(
El mar tejió sus redes
y quiso parecerse al árbol.
De su interior brotaron peces
encallaron las espinas
y las flores se asentaron
en niveles más profundos.
La pesca que vistió no fue el rocío
solo el germen
que cubre lo insondable.
)10(
Escuche el aspaviento de la ola
el suicidio detenido en plena playa
como si el mar deseara inútilmente
escapar de lo inmutable.
)17(
La noche instaura el culto de los ciegos
fertiliza máquinas
hombres que se sientan a esperar
que la ventana cunda en flores
y emerja
profundo en un respiro
de la muerte el beso equivocado.
)23(
No hay punto final.
Lo que queda atrás se multiplica
corre por el suelo y reproduce
la partitura original
la sabiduría que conocen los oleajes:
que los hombres pasan y la lluvia queda
que no son sino una gota
un vaso de agua que bebiera el tiempo.
PAÚL PUMA (Quito, 1972) Periodista, poeta y dramaturgo. Ha publicado, en poesía, los siguientes títulos: Los versos animales (1996), eloy alfaro híper star (2002) y Felipe Guamán Poma de Ayala (2002), con este último libro ganó el premio nacional de literatura Aurelio Espinosa Pólit.
FELIPE GUAMÁN POMA DE AYALA
(fragmento)
ii
Reconcíliate contigo.
Ama a tu próximo como a ti mismo.
Olvida la palabra tirria.
Vuelve verbo, al nudo desentrañado de estos originales.
Pergaminos de lajas para evaluar el blanco infinito
de la pantalla de nuestros párpados cerrados.
Para encontrar la p uerta del laberinto.
El libro que nos permita salir de esta oscura biblioteca:
La muerte que es solo la destrucción de la semilla en la consecución de la planta.
De ti y de mí, ay, en ese pulcro acabamiento de los dos.
Esperando la noche en que se haga de día.
Esperando lo innombrable,
saber quiénes somos,
el ecuador de hoy-el perú de ayer que no existen,
el postahuantinsuyo quizás:
Rumiñahui, Juan Guamán, Pedro Poma, Luis Ayala, José Quito, Hernán Arequipa, Manuela Cuenca, Rodrigo Chiclayo, Mariana Guayaquil, Ramiro Trujillo, Gabriela Lago Agrio, Roberto Piura, Soledad Galápagos, Ernesto Iquitos, Lucía Quilumba,
Francisco Huancayo, Gloria Quishpe,
Raúl Iza,
Escondidos tejiendo también su tesoro para siempre
bajo el esplendor de las cavernas de los Llanganatis.
Ajenos en la soledad y oscuros en el olvido de estos nudos sucios de amor.
Regresaremos ay.
A nuestros objetos,
a nuestros seres,
a nuestros códices,
a nuestras p iedras.
Esperando descubrir el libro de la humanidad,
de la humildad
en estos hilos visibles que se han de hacer invisibles
y por eso perfectos.
Peregrinos en los ciclos de nuestra saliva.
Oscuros en la búsqueda de los fragmentos del khipu o del poncho que hable otra vez en otras manos otra cosa que no sea el silencio.
Trenzados
Anudados
Frente al espejo de la carne.
Regando el vómito de nuestra olla colmada de soportar tanta pobreza, tanta explotación, tanta ignominia.
En el dibujo de una vasija
donde un ave nocturna se eleva del curaca
para dar de tomar al sol
y beber un poco de agua en su fiesta,
mientras el indio contempla
y alaba;
en el sueño del curaca que está en un vaso
y que nos saciará la sed
cuando llegue nuestra estación,
nuestra papa,
nuestro camote,
nuestro cuy,
nuestra llama,
nuestro abrigo,
cuando las palabras nunca dichas, sean dichas,
es decir
ya mismo.
ALFONSO ESPINOSA ANDRADE (Quito, 1974) Ha publicado Cascabel con que me matas (1995), fragile (1997), Breves anotaciones (1998) y Partes del desierto (2002). Es miembro del comité editorial de País Secreto - Revista de ensayo y poesía. De su último libro hemos seleccionado estos textos.
REFUGIOS
(fragmentos)
¿quién aprieta los hilos de la trama del reloj
sobre la urdimbre de la frágil alma?
el tejedor peina las hebras
sobre la carne tensa el presente
el futuro
sobre los nudos pasados
de niños escondernos era un juego
esperar que otro nos encontrara
luego correr juntos
hacia el hogar
el miedo entonces
la urgencia en el cause de ese estrecho
entre piedra papel y tijera
golpe
manto
arista
de la risa rescatados
la fuerza fresca
recién lavada
la yerba limpia
pero una flama nos recorrió hacia adentro
dejamos piedra
papel
y tijera
olvidados en la huida
***
mediodía
piel abierta
el frío grababa en el metal de adentro
las primeras iniciales
la voz se congelaba entre los labios
un resto de memoria
tierra bajo las uñas
con su talón de alfarero
mueve los ejes
oh dios
oh luz
oh muerte
***
aquellos ocultos retazos
su danza
piedra papel o tijera
los ojos repletos de sangre
no admiten cerrarse
la cueva y la puerta
los ojos que nunca se cierran
cambiábamos sangre por sombra
luz por refugio
piedra papel o tijera
ni dios
ni luz
sí lápida
sin prisa ni premura
sin límite de espanto y sin aurora
sin rosa cardinal ni vestimenta
¡sin dios
ni luz!
***
no ha de sonar como se espera
cristal de luces o bruñido acero
la risa de los niños de la cueva
arrastra la amargura de las hambres
y del frío que se cuela hasta la sangre
colgada de sus bocas secas
no busca nada
no pide nada
no dice nada
***
ni luz
ni dios
ni muerte
cosas atrapadas
somos otros
prisioneros de otros
y aún de otros
***
arriba del yermo solo
la cruz
nadie
somos bajo el peso de la luz ausente
nao verdecida
en febril premura de amor
sí luz
y dios
y muerte
ERNESTO CARRIÓN (Guayaquil, 1977) Ha publicado El libro de la desobediencia (2002), Carnivale (2003) -premio nacional de poesía César Dávila Andrade- y Labor del Extraviado (2006). Está prevista, para este año, la publicación completa de sus cuatro libros que, más su inédito La Bestia Vencida, conforman La muerte de Caín.
EL LIBRO DE LA DESOBEDIENCIA
(fragmentos)
( 9 )
Al recobrar la calma, hicimos nuestros nombres.
Y la luz que había dejado blandas las córneas,
nos pintó de formas diferentes.
Ya no reconocíamos a dios, y tampoco nos parecíamos
entre nosotros.
Desde entonces, la indiferencia descubre al impostor,
O a quien callado está ordenando sus delitos.
( 11 )
Qué necio es el color del gallinazo. Frágil cuando
avanza hacia su presa.
La generosidad de la luz sobre los tejados
Muestra acaso el húmedo olor de las calles y plazas.
Somos hombres, porque sabemos caminar hombro
con hombro.
Con la boca abierta como un árbol viejo.
Inventamos la moral un día domingo en el que dios
dormía.
Séptimo día.
Ya habíamos aprendido a defendernos de las bestias
Del antiguo bosque.
Qué profunda que se ha vuelto la noche desde que la
ciudad existe.
A veces, aún podemos escucharlos aletear antes de
tocar el pavimento. Justo antes de morder la muerte.
( 17 )
Oí decir a los necios:
Preparémonos,
Que el mundo puede mejorar en nuestras manos.
Y eran risueños como las largas y lisas llanuras
Donde igual la hoja cae a través de su árbol.
Oí decir a los necios:
En un tiempo lejano será más pura la especie,
Más decente.
Y eran hermosos como el presente inútil de los
muertos.
Me da igual que ellos reclamen sus cuerpos gastados
por los años,
Envenenados por sus leyes falsas.
Este poema no puede revivir a la muchacha muerta
Ni acercarlos más de lo que están de mí, ahora.
( 21 )
Tiene la noche el escudo más herido.
Y el pasto a lo lejos se advierte
Como un antiguo instrumento para medir la espera.
Mutilados árboles por las veredas
Recuerdan como un sueño
La fiesta de las aves.
Luciérnagas encienden por segundos sus torres
de aire.
Y la luna muestra su trono inagotable y espeso.
Nada reclamaremos a la vejez cuando llegue.
Nada a la juventud, por extirpar la infancia.
JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ (Ambato, 1979) Ha publicado Intención de sombra (2001), Grabados sobre una columna derribada (2004), y Los rastros (2006). Ha publicado varios de sus textos, y sus traducciones de poetas norteamericanos, en las principales revistas literarias del país. Hemos extraído poemas de su última publicación.
Máscara mortuoria de Killalusimeno
I
La vida prefiere perseguirse a sí misma
bajo lunas que sienten coronarse de yedras.
Yace el cuerpo en el claro distante.
Contra el paisaje urdido con árboles resecos,
Se abandona la piel al viento de la nada
Penetra por el cuerpo, la voz de los silencios
en el ojo que se abre.
Las hojas del almendro inventan una cama,
sobre la tierra ungen los sentidos vacíos.
Los pájaros de liquen hoy velan a su rostro,
en el día con alas, películas de hierro.
Mantilla de la sombra que cubre esa silueta,
siempre sin esperanza.
II
El alba esplende las hojas del otoño
en el cuerpo sin nombre.
Las hojas del almendro observan cómo surge
en el vientre, este llanto.
Un haz de sombra quebraría sus huesos,
en el cráneo, los golpes.
Para eso el reposo del silencio en la nieve,
El sueño de los enebros.
Contra ese lenguaje vacío de sus frutos,
la almohada de las rocas permuta los despojos.
Se inventaría un teatro con máscaras de luz
que en los días prohibidos fueron cuerpos negados.
Los pájaros volantes en el sueño del sueño
se duermen en los lechos amargos de ceniza.
III
¿Quién tensó a la hora propicia
la lira mendicante de las viejas palabras?
Este cuerpo de llanto
prefiere pronunciarse en los huesos quebrados.
En los ojos abiertos por la noche del bosque
años arden de columnas caídas:
¿quién viera la roca y las cenizas?
En los labios que tiemblan a punto de cegarse
arden rescoldos de la llama escrita
que cayó un día en las hojas de un olmo.
Su rostro yace entre guirnaldas rotas,
acosado por picos de pájaros enfermos
que cruzan por lo árboles del único reposo
donde soles que ruedan sostienen los centenos.
IV
Trazado de la cal,
perfil de polvo,
jamás o nunca retrato de este cuerpo
serán el breve hogar para larvas sedientas.
Curarán un instante las huellas en la tierra,
sumando la semilla y la nada que era,
hacia los sabios frutos de la piedad y el árbol.
En la máscara nueva, será el sol naciente
de los almendros vivos.
Sólo creo oscilante una rueda que gira,
una balanza rota.
El sendero de siempre es el sendero siempre
y el cuerpo de la muerte ahora es una luz
que no hace preguntas,
que intuye las respuestas.
El cuerpo de la muerte ahora es otra luz.
MARÍA DE LOS ÁNGELES MARTÍNEZ (Cuenca, 1980) Ha publicado Un lapso de impiedad (1999), Neos (2000), y Subcielo (2002). Parte de su obra fue recogida por la antología Ciudad en Verso. Es miembro del consejo editorial de la revista La esponja. Los textos seleccionados pertenecen a Subcielo.
De Sísifo
Con las llagas
y fisuras
en las manos, con ellas,
empujo la piedra hasta la cima.
La cargo a veces
hasta quebrarme la espalda.
Otras resbala
y golpea mis dientes,
las recojo, armo y me fumo mi sonrisa de nuevo.
Continúo así todo el día y parte de la noche
(¡No entiendo la diferencia!)
Llego, la piedra rueda.
Entonces descanso.
Froto las hojas medicinales
en mis manos,
me trago las pastillas recetadas,
las sin receta.
Amar es cargar la piedra que volverá a caer
vivir es " " " " " " "
soñar " " " " " " "
y entusiasmarse es cargar la piedra que volverá a caer
Ella rodará siempre,
yo la subiría siempre
pero mi tiempo es finito...
aunque el castigo sea eterno
Continuo
Bendito sea mi miedo,
que no empuña armas,
que no compra pastillas,
que no salta al vacío porque tiene vértigo,
que es torpe para amarrar una cuerda,
y se duerme agotado todas estas noches
junto a mí y mis mejillas mojadas.
Fin
Es duro descubrir de golpe
que la felicidad no era esto
de dar puñaladas...
(pero casi)
ASEXUAL
(fragmentos)
Niego entonces el milagro
ofrecido por el demonio
(había amortiguado hasta gangrenar mis
rodillas)
justo cuando me escucha
y me tiende en tu lengua.
Me detengo...
Aprendí a coser con escorpiones
mis labios.
***
Tú quemando paja
yo pensando en fuego.
Me declaro asexuada...
No, no quiero tu cuerpo.
SOBRE EL ANTOLOGADOR:
JAVIER CEVALLOS PERUGACHI (Quito, 1976) Ha publicado La ciudad que se devoró a sí misma (2001) y C (2005). Es miembro del consejo editorial de la revista Ourovourus y de Látigo, red latinoamericana de creadores.