Bobby y las apariciones

Carlos Henrickson

 
     
     
 

Jesús ha dicho: El que ha conocido el mundo ha encontrado un cadáver,
y para el que ha encontrado un cadáver, el mundo no es digno de él.

Evangelio de Tomás.

 

Es molesto y aburrido: eso de que Bobby era un pintor pobre, que su angustia... Es como hacer poemas con frases como “crudo invierno” o “noche oscura” o comparar las telenovelas y los best sellers con Shakespeare. Para la gente de la calle, claro, da hasta lo mismo, pero debemos concordar en que esas redundancias de charla de café no son dignas de recordar tras la muerte de una de las más brillantes promesas del arte de nuestra ciudad.

Que estaba enfermo, claro que estaba enfermo, pero dudo que la gente común, la de la calle, entienda eso bien. No quiero decir las siutiquerías de estar “enfermo de pintura”: hablo de los otros males, los verdaderos . Y recuérdese, por lo que anden diciendo, que no hay nada de especial en que un artista joven sea esmirriado casi hasta desvanecerse, o que tenga la piel marcada por breves años vividos demasiado intensamente; la palidez se echa a cuenta de las transnochadas. Y por eso es todo este cuento de la enfermedad tan confuso: creo que este relato les hará pensar mejor a los que aún piensan en grandes palabras altisonantes o en el virus que se dice que tenía. Porque yo lo vi morir, y ustedes no. Ni siquiera todos estos señores y damas de la vida artística de esta ciudadela que miran el cajón con la cara compungida pueden entenderlo; pero por lo que pueda servir, acá va lo que les puedo decir de ese maldito día, y por qué es absurdo que sigan en este lugar, velando a alguien que va uno a saber quién es. Porque Bobby no es.

Ayer no más, alrededor de las once de la mañana, pasé el parquecito y las cuatro cuadras para llegar a la casa en que él vivía, de esas que al dueño ya no le interesan, y los arrendatarios de las piezas aprenden a soportar con sus murallas húmedas, contactos eléctricos antediluvianos y paciencia infinita. Tras la mala cara del desafortunado hombrón de la pieza más próxima a la puerta de calle y el pasillo de tablas apolilladas, surgió la cara de Bobby asomada a medio salir, las ojeras, la irritación, todo eso que es de las mañanas siguientes. Nada especial para un día como ayer, que más encima estaba nublado.

 

•  Está durmiendo –me dijo.

•  ¿Quién? –le pregunté, haciendo el gesto de pasar. Pero empujó la puerta un poco más, se hurgó el bolsillo y me dio un billete:- un vodka, viejo, y te cuento.

 

Cinco minutos después entraba de nuevo al lugar, donde el día todavía no parecía haberlo hecho, con un buen vodka ruso y una bolsa de hielo, y quizás habrá notado la mirada que le di a la pieza del fondo, apenas disimulada, ya que en el estudio –la sala principal, digamos- sólo estaba la estampa flacuchenta de Bobby cubierta por los pantalones de mezclilla y la polera blanca, entintados como viejos lienzos inútiles, dispuestos como arrojados sobre el par de muebles de segunda mano y el atril con la misma pintura que había visto empezada hace un mes, pero con harto escaso avance: una caleta de pescadores con el falso realismo que le permitía ganarse uno que otro concurso, mas con los toques de ironía que le eran naturales –una figura obscena insinuada entre los roqueríos del fondo, el teléfono celular sobre las redes. Al no ver a la esperada musa ya despierta y temiendo haber hecho un gesto indiscreto, le hice un comentario al pasar sobre la demora en esa caleta de pescadores –ya que me imaginaba que era para un concurso que cerraba en menos de una semana en un municipio costero.

 

•  Eso se llamó el roce del misterio –me dijo, con gesto y voz intencionados, y agregó:- A ver, dos vasos y limones –y se escurrió a la pieza, aprovechando de abrir las cortinas de las estrechas ventanas.

 

La puerta abierta por Bobby, que había ido a lavar los vasos en la llave de agua del patio interior, empezó a disipar la oscuridad, como si recién hiciera amanecer, modificando de a poco los tonos de la pieza, y dejando ver los innumerables trabajos de pequeño formato y los bocetos que colmaban los muros. Y ahí me puse a pensar en cómo puede uno mantener la cabeza fría en este oficio. Pues, claro, si van a ver ahora esos muros, que deben estar tal como ayer, y reprodujeran la entrada paulatina de la luz, se darían cuenta de cómo parecen hechizarse, hacer guiños: los colores del Bobby del último año –la gama de rojos, insistente en los trazos más intensos, marcando suciamente lo que parecían ser otros manchones amarillos, pardos o de color metálico, dando la imagen de un fuego inextinguible-, la simple disposición de tintas dando respiros, moviéndose a milímetros, presentándose viva de súbito. Con la plena luz, el lugar estaba más que amanecido: se diría más bien encendido, y más aun puesto por sobre el día blanquecino y seco. Ustedes los que tienen un cuadro o dos adornando el living, difícil es que puedan imaginar cómo se siente.

 

•  No dejaste nada de los azules –le dije cuando entraba de vuelta-. Le podría haber dado a esto un poco de calma visual. ¿Los tienes ahí dentro?

•  Claro, claro, claro. Pues nada se pierde –dijo, asomándose, con una sonrisa enigmática y uno de los vasos ya servidos-. ¿Pero tú crees que esos azules daban calma?

•  No, en absoluto. Eran durísimos –le respondí, y me mandé un trago-. Rico, rico… Hace falta esto en los días nublados... Lo que digo es que con esta cantidad de rojos, cualquiera se sobresalta.

•  Bueno es que sobresalten. Salud –y con esa sonrisa burlona:-. Y si no sobresaltan, ¿qué? Para eso dedicarse a pintar casas, ¿no, compañerito? Y para los azules, ya hay un buen lugar.

•  O sea, ¿no están acá?

•  Hombre de poca fe, hombre de poca fe –me respondió-. ¿Te cuento o no?

 

Entonces, tras dejar a un lado el vaso, se paró, me miró, con la expresión de un artista de circo preparando un acto, desde su altura –que la delgadez extrema parecía hacer mayor-, y se sacó la polera de un golpe. Y ahí, sobre el ombligo, estaba la primera figura de las que vi en ese maldito día.

 

•  Mira, es la sirenita. De las lindas curvas de Pamelita, a la fría tela de un lienzo, y hasta acá, recuperando carne. Fíjate: ¿qué te parece? –preguntó, ostentoso, acariciando la vaga mancha azul que, aunque de bordes inciertos, dejaba notar las curvas de la figura de un antiguo cuadro de Bobby, uno justamente de aquellos azules por los que le había preguntado, y que fueron su puerta de entrada al mundo de las exposiciones.

•  Está claro que no está tatuado –le dije, ya que el color era vivo y las líneas ágiles-. Pero no alcanzo a ver bien el trazo.

•  Eso si hubiera trazo –dijo, mientras se sentaba, aún con el torso forzadamente erguido, para que permaneciera a la vista el enigma-. Pero la pintura es una cosa muerta, compañero –y tras una breve risa se tomó un gran sorbo de vodka.

•  Entonces, aquello está vivo –le dije, aún de buen humor.

•  Bueno... Pues fíjate: Ella está viva.

 

Sorpresivamente me di cuenta que lo que parecía disparate era, por lo menos, más evidente y probable que lo que había pensado. Ya que eso era algo más que la simple intervención del cuerpo: ningún tinte podría presentar la sutil vacilación de los bordes, la diferencia fluctuante de tonos en la superficie.

 

•  ¿Entonces es un lunar? ¿Algo químico?

•  Algo así, algo así... O todo y nada de eso –y subrayó el misterio extendiendo aun más la piel que alojaba la tinta o lo que fuera-. El estudio paciente lleva a grandes logros, grandes, grandes logros. Salud.

 

Y se quedó con expresión de monje satisfecho tras tomar un largo sorbo de vodka. Y en una breve reflexión para mí solo, me daba cuenta de lo mal que puede hacer apartarse mucho tiempo de la vida de todos los días, por más infantil y enana que parezca cuando uno está respirando otros aires. Para Bobby esos otros aires fueron los extensos viajes del verano por la Patagonia , donde se dio casi tres meses para dar rienda suelta a su obsesión por las experiencias lumínicas distintas: la pampa argentina, la cordillera de Aysén, los fiordos al sur del Golfo de Penas. Así, apartado de la huella humana, de seguro se aprende. Pero a la vuelta, los pies sobre el suelo pesan un poco más, o quizá mucho: que lo diga Bobby, que en estos meses de otoño había trabajado casi nada y con desgano. Cierto es que no dejó los paseos por la noche de la ciudad, una buena botella de buen licor o la piel suave y generosa de varias buenas hembras, pero en cuanto había que hablar de arte o quedarse un minuto quieto... De hecho, ni siquiera había ido a inauguraciones, y las lenguas más ácidas afirmaban que ni siquiera había entrado a galerías: se le encontraba, de seguro, más tarde, con el rostro relajado de quien deja pasar el tiempo sin estorbarlo, invariablemente tasando posibles conquistas y sacando un cigarrillo tras otro.

 

•  A ver, sírveme un vaso más y déjate de misterios –le dije-. Es decir, has perdido de vender, y te has dado a la dolce vita tan sólo para jugar con nuevos tintes. A Da Vinci le pagaban por hacer experimentos, Bobby; y hay que vivir en el mundo salvaje.

•  Ciertos saberes valen más que el dinero, my materialistic friend . Es lo que pasa con la gente dedicada al arte en este país: siempre pegados a la vileza de los materiales. ¡Hay que despertar, y de una vez! –dijo exaltado, sonrió y me entregó de vuelta el vaso lleno, y tras hacer una pausa dramática, continuó, más calmado:- El problema del cuadro: malacostumbró a la gente desde el inicio a cierta religiosidad de la tela, obsceno, obsceno. Como el pan y el vino en el altar, como las banderas, los emblemas y los valientes prohombres de piel de estatua, pura mierda, compañero. Realidad , ése es el truco, el fundamento: cuando Gaughin vendía por pan y pescado los despojos opacos de su vida esplendente, ¿crees que no sabía lo que hacía, que era necesidad ? Ahí, ahí justo estaba la cosa: y todos los cretinos sin ver lo que estaba ante sus ojos. Y cuando los vanguardistas quisieron separarse de esa tradición sólo les da el resuello para operaciones económicas: darle valor al aire y al silencio, sentido al absurdo. No importa el soporte, el programa, todas esas pelotudeces: es aire, discurso, literatura. Los cuerpos pintados, un registro que se puede transar en el mercado sin importar la mano o el pellejo. No, no, no: cualquier pellejo sirve, y tal como va el mundo del arte , cualquier mano...

•  Ya, ya. El arte total.

•  Ay, compañerito, esas viejas frases. Aire, discurso, literatura –y mientras, la sirena parecía exaltarse cada vez más y los músculos del vientre no parecían moverse. Recién entonces, en ese silencio, me empezó a dar miedo, porque era evidente que eso no era sencillamente un trabajo de tintas: incluso parecía, de a poco, criar una forma mucho menos sugestiva y mucho más evidente, brazos, piernas, cabellera. Así que me tomé la mitad de vodka que quedaba en mi vaso, e intenté iniciar un preludio digno para irme.

•  A la tarde viene mi primo Marcelo donde los viejos –mentí-. Tú lo conociste, el año pasado. Allá va a llegar, así que tendré que descansar una horita en la casa.

•  Parece, parece que me acuerdo de él –respondió-. Y justamente tenía ganas de tomar un poco de aire. Te encamino. En una de esas está Fernandillo, ¿no?

•  Me parece que está –le respondí, un tanto relajado ante la posibilidad de que se quedara dando su función a Fernando, mientras él se levantaba para ponerse algo para el frío de la calle.

 

Diez minutos después, ya estábamos caminando hacia la casa que compartía con otros amigos pintores; Bobby llevaba la botella a medias en una bolsa oscura. El día se veía frío y gris, pero con el alcohol en el cuerpo no se sentía, y menos yo que adelantaba el ritmo de la marcha, impaciente. Pensé, mientras veía a la gente andar en sus afanes, lo alejada que está de las cosas que uno tiene que ver en el mundo de los artistas: parece que su física, su biología no fuera la misma. Por eso es que tengo tan poca esperanza en que se entienda realmente lo de Bobby. Está en ustedes creer o no, en todo caso: pero imagínense quién aparte de nosotros entiende lo que acostumbramos hablar. Es como si fuera otro mundo.

 

•  Mira el día que nos toca –decía él, con la retórica del trago aún en la sangre, mientras caminábamos por el centro-. Estos días son días, no más. Para qué sirven. Falta la entrada de la maravilla...

•  Es como el país, y así funcionan. La gente vive su vida.

•  Vida, vida... ¡ja! Yo sí sé lo que es vida, compañerito. Es la entrada de la maravilla... -dijo él, haciendo un ademán sobre el estómago, donde estaba la maldita figura. Yo, mientras, apuraba el paso.

 

Así, continuando él con sus delirios, y yo soportando el discurso, cruzamos las calles del centro, la línea férrea, y llegamos a la casa. Por suerte, estaba Fernando.

 

•  Pero hermano Bobby, tantos años... -nos recibió.

•  Siglos, Fernandillo, siglos –dijo Bobby, mientras dejaba la bolsa en la mesa del recibidor, y descubría su contenido-. Y ese monstruo debe ser de los tuyos, ¿no? De terror, maquinal, Fernandillo...

•  No se preocupan con que vaya adentro...

•  Vaya no más. Pues he aquí la porción de Fernando el maquinal –decía, sirviendo los vasos que había traído mi compañero de casa, mientras yo me iba a la pieza. Entre lo desagradable del día, el vodka y las extravagancias de Bobby, sólo quedó lugar para la fatiga que me tendió en la cama.

 

Por la ventana la luz ya no entraba cuando desperté: tan sólo la eléctrica, desde la sala de estar, más allá del pasillo. Con la siesta pesando en la cabeza y en los hombros, volví hacia allá, siguiendo la dirección de la voz de Fernando.

 

•  Es como una operación matemática, ¿no? Pero siempre y cuando se piense todo el tiempo en el cero, el cero… –decía, con el acento alcohólico ya harto indeciso.

•  Eh, y de hecho, va por ahí –respondía Bobby, ya con la lengua harto trabada y la garganta ronca-. Compañerito, no fue a parte alguna, según se ve: pase al pisco y olvídese de la torpe sombra familiar, que ya os debe haber des-esperado .

 

Y ahí lo vi, al frente de Fernando, quien lo apreciaba, la cabeza inclinada hacia atrás –como quien toma conciencia de la perspectiva, o simplemente como a quien le cuesta enderezar el cuello- y los ojos medio dormidos: el cuerpo de Bobby, en calzoncillos, todo él un extendido despliegue de imágenes de colores vivos y diversos. Y no era tan sólo la infernal figura azul, sino que sobre ella, trepando hacia el cuello, dos dragones de estilo chino como si los pulmones agigantados e intentando salir de la carne, los hocicos ágiles y vivos; en el brazo derecho una serpiente sinuosa desplazándose, las escamas hiriéndose en el camino –y eran los poros que sangraban lento gotitas como dejadas por una aspersión; y en el izquierdo algo como la copia de las conexiones metálicas del cuadro de Fernando que estaba en la sala, pero que funcionaba, se movía, con el más maquinal de los ritmos –los huesos como si desplazándose, desgarrando la carne. Las piernas por sobre las rodillas estaban marcadas por unas multicoloridas y chillonas ruedas de la fortuna de tarot, que daban vueltas, instaladas sobre el eje débil que las rodillas dejaban ver, eje que estaba encima de un cielo falso bajo el que yacía, en la pierna izquierda la ciudad de día –que incluía el odioso paseo céntrico, las sillas de los cafés pretenciosos que miran a la plaza, y en ellos el febril movimiento, como de venas o arterias, de los hombres y mujeres sin expresión ni dirección de los pasos-, y en la pierna derecha, nosotros, ahí, en la casa el día, hace cuatro años, en que la inauguramos –y ahí estábamos Fernando, Bobby, yo, y todos los otros pintores y músicos de la ciudad, brindando, bailando y hablando, la pantalla falsa del cielo nocturno calma y apadrinando nuestra alegría en esa época en que nada nos parecía negado. E incluso la frente y las sienes, con el fuego crepitando, y no representado crepitando , sino de veras crepitando, las llamas tomando cuerpo hasta quemar la punta de las orejas, y reptiles quemándose y renaciendo desde ellas, subiendo semicalcinados por las mejillas, los intersticios entre los ojos y la nariz. Y en el trecho de espalda que se veía tras el sillón, entero, claro y extendido, un azul de cielo, tan bello como el más bello de los cielos de la mañana en Patagonia, y tanto así que las nubes se insinuaban, apareciendo y desapareciendo a merced de un brillo dorado y limpio: el sol, que no se veía. Y mil y una más figuras más, colmando hasta los rincones más mínimos del cuerpo: las manos, la cara, la punta de los pies.

 

•  En fin, no debe ser tan difícil –continuaba Fernando, en su inerte borrachera-. Suponiendo que uno siente, y sabe qué siente...

•  ¡Vamos, esto ya no puede ser! –le interrumpí, ya harto de las artes demenciales de Bobby- ¿Qué es lo que esto significa? ¿Qué vas a hacer con esto? ¡Porque esto no es para la televisión, no es para dar funciones circenses? ¿Quieres aparecer en los libros de especulación mágica, o que te estudien en laboratorios secretos? ¿Cuál es el fin de todo esto? ¿Para esto es que vivías tus grandes retiros del espíritu ?

•  Calma, calma, compañerito –me respondió, con el tono grandilocuente y retórico que ocupaba en la ebriedad-. No hay para qué irritarse ante una tan cálida y lentapasante tarde. Dejemos pasar el tiempo en su carro imperturbable y al Arte, el Gran Arte, pasar su calvario –mientras, se arrastraban, como oscuras venas por su cara, esas malditas salamandras.

•  Nada de calma. Me voy a comprar unos putos cigarros, y espero que no estés cuando vuelva.

•  Como quiera, compañerito. Qué mal sueño te ha pasado por encima. Le pasa cada cosa a la gente que no quiere pasar la vida como pasa la vida misma... –le dejé elucubrando, y salí.

 

Fui, en efecto, a comprar cigarrillos a la esquina, pero me puse a hacer tiempo caminando por ese barrio que quería dejar de ser sombrío: aunque esos aires de dejación le venían bien por aquel entonces. No nos fue difícil descubrir el lugar donde irnos a vivir juntos hace cuatro años cuando, ya en tercer año de la carrera, nos decidíamos a tener esperanzas: la época del lirismo infatigable, en que los ya elegidos por el rigor de los ejercicios de dibujo y teoría del color, le poníamos al Arte una gran A mayúscula y teníamos la eternidad como meta. Todas esas calles que rodeaban la vía férrea eran justo las que se habían tan sólo remendado después de los dos terremotos del siglo, mientras el resto de la ciudad había querido olvidarse de la muerte con arquitecturas frías y experimentales: y cuando Fernando, Bobby y dos o tres almas más decidimos compartir juntos las penas y las alegrías del Gran Futuro, no había otro lugar desde el que fuera más pleno y significativo darle a todo ese mundo de soberbia y burocracias el desdén laborioso de nuestras obras. En cuatro años mucho había pasado: ahora sólo Fernando y yo nos quedábamos ahí, ya con la posibilidad de arrendar solos gracias a los trabajos de diseño o publicidad que nos llegaban ya regularmente; del resto de los que habían pasado por la casa, unos habían marchado a la capital, otros de vuelta a la casa de sus padres, y la gran mayoría a dedicarse a un montón de oficios imposibles: vendedores legales o ilegales, administradores de bar, la construcción. En cuanto a la casa, ya no tenía el carácter bohemio de antes: ahora estaba más limpia y aplicada a nuestras necesidades, cómoda y silenciosa.

Decidí volver cuando, pasado un rato, ya había un par de muchachos –estudiantes de primeros años de la universidad, al parecer- sosteniendo a otro compañero que vomitaba a la salida de uno de los pubs que habían inundado el barrio en tan sólo un par de años. Aunque no era muy tarde, ya empezaban a llenarse los locales: el público quinceañero y juvenil de cervezas. Me vino el fuerte deseo de acostarme y hacer que al fin se fuera el maldito día, y el mundo corriera de nuevo como debía ir, sin la circense excentricidad de esa habilidad infernal de Bobby, y tras un par de cuadras estaba de vuelta en la casa.

 

•  ¡El arte se acabó, y lo mató Bobby! –trastabilló la lengua de Fernando, cuando me vio entrar-. Más encima, ahora va a demostrar más, más que todo eso: ¡la inmortalidad! Nosotros, todos nosotros estamos equivocados. Bobby venció: todo se vence.

•  No te vendría mal dormir un poco, ¿eh? –le respondí, ya dispuesto a ver qué había de bueno en la cocina-. Y a ver, ¿te explicó cómo hacía el truquito?

•  Eh, si ya viene él, y él mismo te lo explica. ¡Ni el tiempo ni la muerte! ¡Toda la fuerza de los trenes del mundo en colores!

•  Ya, ya –le dije para terminar la conversación y desentenderme-. Seguro, se va a ir a tragar la fuerza del tren.

•  Justamente. ¡La máxima prueba para los sin fe...!

 

Y claro, ¿creen que me iba a quedar tranquilo? Salí corriendo, y en menos de cinco minutos estaba ya junto a la línea férrea para ver a Bobby, el abigarrado cuerpo desnudo con las imágenes moviéndose muchísimo más agitadas, dando algún discurso exaltado y delirante a un vagabundo y un par de viejas de vuelta de misa de tarde.

 

•  Y mientras, llega el hermano escéptico a darse cuenta de la verdad –decía mientras corría hacia él-, vamos a ver cómo queda el mundo tras una Verdadera Pincelada .

 

Y se tiró, sin que pudiera hacer nada, mientras el tren venía con todo el ruido y la conmoción del mundo por los rieles. Me pareció ver cómo las figuras modificaban sus lugares, se revolvían, y después se desperdigaban en lo que ahí quedó: esos tres o cuatro manchones, azules, rojos y amarillos sobre la línea, como quien da vuelta cubetas de pintura de casas. Y el cuerpo, lo sólido, como si se hubiera evaporado, ya no estaba: sólo en un segundo, y frente a mi vista había visto a Bobby desaparecer, totalmente. Las señoras corrieron a sus casas persignándose, y el vagabundo me dijo:

 

•  ¡Eh! ¡ Maestro !, ¿no? ¡Otra cosa...!

•  ¿Qué les dijo? –me acuerdo que le pregunté, sin poder retirar la vista del suelo coloreado, mientras el tren frenaba.

•  Unas macanas sobre el mundo, que no era bueno... Pero eso no es novedad. Lo otro, lo de cómo se sacaba monos de debajo de la piel, eso... ¡Otra cosa...!

 

Después llegó todo el cortejo que correspondía: ambulancia, policía, intrusos. Cubrieron con una sábana el suelo, y me interrogaron. Yo ubicaré al vagabundo y a las viejas antes que acabe el día, se los aseguro: si bien Fernando no se acuerda de nada, yo sé que los otros van a confirmar lo de las malditas figuras, que no quedó cuerpo alguno en la línea, que ese cajón está vacío, y todo esto es una gran mentira. En cuanto a mí, no estoy borracho: sólo echo de menos a la gente.

 

 

Carlos Henrickson Villarroel, nació en Santiago el Santiago 31 de mayo de 1974. Narrador, poeta, traductor, crítico y gestor cultural. Ha publicado Ardiendo (plaqueta de poemas, Concepción, Ed. Etcétera, 1991), Aviso desde Lota (tríptico, Concepción, NeaVista Ed., 1997), Y si vieras la mañana (cuentos y poemas, Tomé, Ed. SRF, 1998), En tiempos como éstos (cuentos, Valparaíso, Ed. Gobierno Regional de Valparaíso, 2002), An Old Blues Songbook (poemas, Santiago, Ed. del Temple, 2007) y Ajuste de Cuentas (plaqueta de poemas, Santiago, Ed. Alqumia, 2008). Es autor, además, de las valiosas recopilaciones Panorama de la poesía contemporánea de Valparaíso I , Revista Aérea (2004), Panorama de la poesía contemporánea de Valparaíso II , Revista Aérea (2005) y Selección de nueva poesía de la Región de Valparaíso , Trilce Nº 12 (2005).