La Carta

Por Jairo Prieto. Venezuela

 
     
     
 

En mi primer día de trabajo como administrador de la familia Hurtado, me entregaron un sobre para que lo llevara de una ciudad a otra. Según la vieja Simona era algo urgente y no podía ser enviado por extraños. Ella me ha contratado como su asesor de bienes; así que mi obligación es cuidar de su dinero.

Nunca entendí, llevar un mensaje como en los años de 1800. ¿Acaso la vieja no sabía que el Internet entrega cartas de inmediato? o que existían empresas que se encargaban de entregar paquetes de una ciudad a otra. Como necesitaba el empleo, no me resistí en hacerme cargo de aquel envío, ni recomendarle aquellas dos opciones; porque así me pagaría por una tontería. Me prometió que si hacía mi encargo sin ninguna acotación negativa viniera a cobrar y comenzaría de inmediato a trabajar en la administración de sus bienes. Me dio suficiente dinero para el viaje.

La carta iba dirigida a un tal Juan Alfonso Machado Hurtado. El sobre era de un amarrillo pálido, tenía un emblema circular que decía “familia Hurtado Compañías”

Abajo, en una esquina del sobre, decía en negritas <<Juan pon tú el monto que no lo recuerdo>>. Este detalle de la palabra deuda fue el que me indujo a mis malos pensamientos de abrir aquel sobre y ver que contenía. Claramente decía deudas. Estuve viendo el sobre a tras luz y no se veía ninguna cantidad de dinero sólo se veía uno, si acaso. Quizás sean cien dólares pensé. Si es dinero me lo quedo y digo que me robaron. Proseguí abrirlo con delicada suavidad, el desgraciado sobre estaba bien pegado. Me senté en un banco donde se espera el bus que me llevaría a la entrega del paquete. Un tumulto de gente comenzó a llegar de las provincias, desembarcándose con los ojos hinchados. El otro tumulto nos preparábamos para embarcar el mismo bus.

Tenía una ansiedad inigualable rodeándome la sien por abrir el sobre y sacar el billete. También pensé que podría ser un cheque en blanco. Recordaba la frase “pon tú el monto” y proseguí analizarla. Después de un rato llegué a la conclusión de que era un cheque en blanco. Ya no tendría que trabajar. Sin esperar más, proseguí abrir el sobre. No era ni dinero y mucho menos un cheque en blanco. Era una carta, es cierto; una carta de prueba. El papel blanco cortado en forma de billete o cheque en blanco decía.

<Te estoy viendo. La abriste. Era para probarte. Si tienes vergüenza no vuelvas más.>

Así fue como perdí mi empleo de unas horas.