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-¿Por qué me llevan preso? ¡Carajo!.
-Si sólo estoy enfermo. Jamás he violado la ley. El San Juan de Dios es una cárcel. Ah... ¿Crees que no?, Pero es así. Si no, mirá lo que le pasó a Laura; la encerraron hace cinco años porque tenía SIDA. Dijeron que era un peligro para la sociedad.
Seguro que no la volveremos a ver nunca más. Ella permanecerá presa hasta que se muera, no por voluntad propia, eso seguro. Por lo que ordenen los señores médicos, por ese motivo. Petulantes se creen los dueños de la vida y la muerte. ¿Y quienes son estos médicos?. Lo recuerdo siempre. Estos mequetrefes vinieron a La Plata con una mano atrás y otra adelante, los unos y los otros, pequeños soberbios muertos de hambre. Vinieron a estudiar medicina y luego se quedaron. Ese fue el comienzo y ahora todos los hospitales, clínicas, sanatorios e institutos son de ellos. ¿Y los médicos nativos qué?.
Deben irse a trabajar al interior. Eh... ¿Por qué?.
Todo, todo, todo, invadieron todo y tanto los que se morían por una chuleta, aunque más no fuese de utilería, han hecho enormes fortunas, viven en lujosas mansiones, con muchas habitaciones, sirvientas y amantes que cuidan de ellos.
Otrora no tenían nada. Nada.
Y ahora lo tienen todo, y si yo o cualquiera de nosotros se siente enfermo, nos miran por arriba del hombro y con un gesto de desprecio nos sugieren... ¿Y por qué ustedes no son médicos?.
Nicolás hizo una pausa, sacó de su calva la boina negra que lo protegía. La luz verdosa de los tubos fluorescentes, teñía de color pálido la escena. Era una noche, relativamente tranquila, la vieja que habían traído con cáncer de pulmón se había dormido, el resto de los enfermos, hacía una rueda en el centro de la sala, unos jugaban al tute, otros al truco, todos parecían sobrevivientes de alguna guerra.
El toser inacabable de los tuberculosos y la monstruosidad de los leprosos. Horribles. Mutilados. Tenían el aspecto de criaturas venidas del infierno. Las manos convertidas en muñones y la carne desgarrada.
Nicolás persistía aquí, en medio de toda esa podredumbre humana, en esta, su mansión, un hospital abatido por el tiempo y la desidia.
Era incomprensible, como aquella masa de despojos humanos que constituía la población del San Juan, había podido quedar allí, atrapados para siempre.
-¿Compañeros?. Dijo Nicolás. ¿No les resulta raro, que antes los hospitales fueran nuestros y ahora hayan dejado de serlo, qué nos dieron a cambio, estos predicadores de Hipócrates?. Borrachines de éter y cloroformo. ¿A alguno de ustedes le han pagado algo eh...?. A mi nunca me dieron un peso, ellos, los han expropiado, todos fuimos engañados. Ahora dicen que los hospitales fueron de su creación. Lo único que crearon, fueron las enfermedades y ahí está el motivo por la cual padecemos tantas, las originaron y cuando vinieron trajeron más enfermedades, las que nosotros padecemos por eso nos encierran en el San Juan de Díos.
Somos todos de La Plata y esto es una vergüenza. Sin embargo debo reconocer, que alguna vez fuimos hasta Berisso y Ensenada, pero señores, siempre regresamos. Debe haber una razón. Hemos nacido aquí y aquí hemos de morir, si alguno tiene miedo, que hable ahora o calle para siempre. O en su defecto que se vaya con los médicos, nosotros no queremos que se quede. Mañana los doctores desembarcarán en el ateneo y podrán los mariquitas aprovechar para irse con ellos. Total, los van a enviar a otro centro infectocontagioso. ¿O piensan que tendrán compasión por ustedes?.
Nosotros nos quedamos aquí, tenemos jeringas, agujas y estetoscopios.
Aquí a mi lado está Hipoclorito de Sodio. En otro tiempo fue sindicalista. Se hubo sentado en la misma mesa, con enfermeros, clínicos y cirujanos. Pero ahora, es un chagásico más, para ellos, una rata de albañal, una criatura despreciable, hundida en las telarañas del espanto humano. Ya lo pueden ver ustedes, es una verdadera miseria.
¨No fuimos nosotros, los que empezamos este conflicto¨, explicó. ¨ Lo único que queremos es la libertad ¨ ¨ Oh... rotas cadenas... Si no nos liberan, la culpa será sólo de ellos ¨.
Somos los legítimos pacientes del hospital, no nos dejemos joder por esos pendejos malparidos venidos del interior y transformados en médicos. Ya es una barbaridad hacer que un hombre se enferme y luego meterlo preso, no es justo, nosotros no tenemos la culpa si se cagaron de hambre.
La vida ha sido hecha para vivirla. Entonces luchemos por nuestra libertad.
-¿Compañeros? Exclamó Hiposulfito. Yo propongo un baile para sellar nuestra alianza.
La mujer con cáncer, sacó una guitarra y alzó su desafinada voz, con un dejo de dulzura, ternura y amor, el aire vibró a los sones de su lastimero grito.
Nicolás desnudo completamente, giraba loco como un trompo, en el centro del pabellón, se acercó a el una sidosa, bailaron juntos, a ella le colgaban sus tetas flácidas y las pesadas caderas dibujaban un círculo, en el aire infectado de olores farmacológicos.
El resto de los internos, bebía a diestra y siniestra, grandes cantidades de alcohol fino. Y con ellos bailaba una mujer muy bella, con su brazo izquierdo retorcido como un trapo de piso. De repente, un agudo silbido interrumpió la música y los dejó patitiesos. Un bisturí teledirigido atravesaba con su tétrico sonido de muerte, toda la sala.
-Son los médicos, gritó Nicolás.
-Cuerpo a tierra, dijo Hiposulfito, será mejor que nos desconcentremos y descansemos, porque mañana al amanecer, habrá batalla.
Los enfermos se habían atrincherado en el último pabellón. Sin dudas, ese era el mejor lugar, la escalera principal era de mármol blanco, corroída por el paso del tiempo y eso los beneficiaba. Un resbalón cualquiera da en la vida y ojalá sea un médico. Decía Nicolás. Si sorteaban la puerta principal, se la tendrían que ver, primero con las camas de hierro apiladas detrás, después los colchones, mesas de luz y otros elementos, terreno en el que los rebeldes sabían como moverse.
Hiposulfito, acarició una hipodérmica con la mano izquierda y se aseguró que la aguja estuviese limpia. Había aprendido junto a Nicolás a disparar, los años en que estuvieron en el servicio militar, ambos habían ganado varios certámenes de tiro, en torneos entre distintos regimientos. Y a pesar de los años, todavía perduraba su fama de tiradores.
De repente se agitaron las fotos, que colgaban sobre la pared de la calle 71, Hiposulfito, alcanzó a ver la figura del radiólogo que se arrastraba por el césped del jardín.
-¿Qué quiere aquí?
-Queremos a Nicolás, sólo a él. Si lo entregas te recompensaremos.
-Mierda. Fuera médico sucio, vos lo único que tratas es de meter roña, andate o te vuelo la tapa de los sesos.
-Los directores ofrecen una recompensa de $ 5000 por Nicolás vivo o muerto, podría venirte muy bien esa plata...
-Conque esa tenemos, dijo Nicolás. Antes de agarrarme van caer varios de ustedes.
-Está bien, dijo el médico, en ese caso debes mirar con atención tu refugio, puede ser la última vez que lo veas...
-A mi no me asustas hijo de puta.
-Oh no, Nicolás, no me insultes, yo sé, que eres un buen tirador, pero yo no te hice nada, al contrario, lo único que quiero es que te cures.
-Mirá medicucho traidor, a mi, me hacen mucho daño, cada vez que me internan y además sufro como un condenado cuando me aplican esas aberrantes inyecciones, por eso, si queres seguir viviendo, más vale que te vayas.
-Lo siento Nicolás, entraré a buscarte.
El médico no era asustadizo pero la firmeza en la voz del rebelde lo hacía dudar. Caminó en círculos alrededor del pabellón, hasta que tomó coraje y decidió entrar. Empezó a subir los escalones uno a uno.
-¡Alto! Gritó Nicolás, si das un paso más, te mato. El hombre, se frenó bruscamente y casi pierde el equilibrio, su semblante ganaba un pálido color. Decidió seguir y en eso, una jeringa que surcaba el aire, se le incrustó en el corazón. Absorto, en su cara se dibujo una expresión de terror y cayó en las manos de la muerte que se lo llevó para siempre.
Endocrinólogos, enfermeras, laboratoristas, radiólogos y personal de mantenimiento, enardecidos y en venganza por la espantosa muerte de su colega, abrieron fuego, contra los enfermos, jeringas, agujas, tubos de ensayo, martillos, tenazas y tubos fluorescentes llovían torrencialmente. Desde adentro se veía en resplandor del combate.
Uno de los sediciosos, rompía el vidrio de una ventana, para evacuar el humo que inundaba la sala.
Un otorrinolaringólogo avanzaba por la retaguardia, avanzaba llevando consigo una unidad portátil de rayos x. Nicolás, alertado de tal situación, invocó a los suyos para emprender la retirada hacia la sala de clasificación. Una desvencijada ambulancia, cuatro sillas de ruedas, 2 camillas y un bastón inglés, bastarían.
La fuerza armada oficial, lograba tirar abajo el portón de entrada, los rebeldes huían junto a las ratas y cucarachas hacia el parque.
Mientras los perseguían, 4 enfermeros cayeron a un pozo ciego, se escuchó la algarabía de los pacientes. ¨ Después de esto, no volverán ¨ dijo Hiposulfito, más cauto, Nicolás le respondió: ¨ Tienen pertrechos suficientes, se van a agrupar y lanzaran otro ataque ¨.
Horas más tarde, los pacientes dormían, bajo el rocío de la serena noche de otoño. Nicolás hacia guardia con una jeringa de irrigación, lista para ser disparada, ante cualquier eventualidad. Dormitaba, apoyado en un tronco seco, mientras la joven del brazo torcido, le acariciaba la cara. Bruscamente, los despertó una terrible explosión que provenía de la calle. Era un choque entre dos automóviles. Volvieron a dormirse, abrazados.
Con los albores del amanecer, se sintió el estallido de un termómetro digital, las esquirlas de vidrio sobrevolaron sus cabezas y a partir de ese momento se hicieron más sonoros los chillidos de muerte, otra vez caían sobre el parque andanadas de máscaras de oxígeno, manómetros, peras de goma, guantes de látex, gasa esterilizada y una montaña de algodón hidrófilo se desplomaban sobre la humanidad de Nicolás y sus hombres. Hiposulfito, yacía inmóvil, había muerto. La mujer -amante de Nicolás- había huido con un ginecólogo.
Luego del intenso bombardeo, una calma chicha ganó el hospital. Los hombres estaban sumidos en el pánico, uno de ellos, se arrastraba por el pasto y su penuria pasó, al ser tragado por el pozo ciego.
El bombardeo no se reinició, como todos pensaban, entonces pensó Nicolás, los hijos de puta se están acercando.
Yacían sobre el pasto, numerosos cuerpos, era una verdadera masacre. Los combates continuaron, durante un mes, pero a pesar del mayor y mejor equipamiento bélico no lograban quebrar la férrea resistencia de Nicolás, el único vivo aún. Pero, la tuberculosis avanzaba progresivamente sobre sus ya, cavernosos pulmones
De tanto en tanto, las fuerzas médicas debían retroceder para llevarse a sus heridos y rearmarse.
La debilidad del rebelde, se hacía evidente.
Desde afuera y, observando la sala de enyesado, podía verse el interior, por la gran cantidad de agujeros hechos por las balas. Parecía imposible que alguien pudiese sobrevivir a semejante situación. Eso pensaron los médicos y arremetieron otra vez, y otra vez Nicolás los mantuvo a raya dos meses más. Pero su salud empeoraba, sabía que se acercaba el final. Como una serpiente se arrastró hasta el depósito de material sucio, sabía que ese sería el último lugar donde lo buscarían, a medida que su vida se apagaba, recordó cuando a los 16 años cantaba en el coro juvenil de Santa Fe y la gira que hizo con su propia banda, cantando tango y folklore, por todo el país. Se le cruzaron como una película los amores adolescentes, las borracheras en plaza Italia, las picadas en el bosque y los nariguetazos de coca buena en aquel departamento de la calle 14, levantó un espejo que llevaba guardado en su talega y vio un rostro demacrado y macilento, se preguntó ¨ ¿por qué? ¨ Y sus ojos lentamente se cerraron y por más esfuerzo que hizo, no los pudo volver a abrir nunca más.
Los médicos por fin, allanaron el depósito y, sólo hallaron una pila de cenizas.
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