Valeria Zurano nació en la Provincia de Buenos Aires, Argentina, el 1 de julio de 1975. Ha editado los siguientes libros; Barco en llamas (poemas y cuentos) en forma independiente con el sello de autor; Escritores Independientes Unidos. Las damas juegan ajedrez (Poesía) Ed. Alción, Córdoba, Argentina. El gran capitán- Crónica de un viaje al litoral (Poesía) Ediciones Cortina de Humo, Chile.

Participó en numerosos Encuentros Literarios en Argentina, México y Chile.

Ha obtenido varios premios literarios entre los cuales se destacan Primer Premio de Poesía Concurso Literario “Leopoldo Marechal”, Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Morón. Segundo Premio Concurso Nacional de Poesía “Alejandra Pizarnik” de Asociación de Escritores Argentinos, ADEA, 1994. Primer Premio de Poesía Concurso Dr. Alberto Luis Ponzo de la Universidad de Morón.

 

 
     
     
 

“El gran capitán”

(Crónica de un viaje al litoral)

 

 

No hay alguien en todo este tren que no cobije una pena.

 

Dudo sobre el destino.

 

Desde la ruta los camioneros nos saludan, Ellos tampoco lo saben. El camino en la palma de la mano, en las venas de los ojos.

Dudo sobre la lentitud de este tren, a veces me parece veloz, tan veloz, que se eleva por las vías y resume puentes y ríos y corta el viento en tajadas.

 

Saluden a los camiones. Agiten sus manos, asomen sus torsos por las ventanas y saluden, siempre saluden, porque vamos muy solos y nadie más ni menos, siempre solos, parejitos, igualitos. Saluden al caminante, al andariego, al extraño para mitigar la distancia.

 

No creo que este tren me remonté a otros trenes. Trenes de esclavos o prisioneros. No creo, pero dudo. Dudo que lleguemos antes del anochecer. Dudo que realmente nos merezcamos esta agonía.

 

Pero siempre saluden para llegar más rápido.

 

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El espejo en el fondo de mi plato de pobre. Así, como este que ahora ves, en el lustre de un cuenco, reflejado y distante con algunas cebollas. Así, en las ansias de los que están perplejos mirando las sobras de algún otro plato.

El amor; los huesos bien pelados y blancos sobre el plato ajeno.

 

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Dejaste un caracol sobre mi pecho para que en su recorrido marcara los límites donde se fundaría mi pueblo. Como la primera gota de lluvia que cae en la tierra seca, entre el espacio infinito de una grieta, deslicé las manos por las hendiduras de la tierra húmeda y perfumada.

Ese es el diminuto espacio donde un pueblo fundó mi pecho.

 

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