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La vi y me enamore. Ese caminar cadencioso, eso ojos negros, grandes como dos carozos de durazno, esa piel aterciopelada y blanca como la leche, contrastaba con el largo y negro azabache de su pelo.
Me acerqué susurrando en el viento y le dije:
-Qué trascendental es el amor. El corazón se hace brasa en mi fuego interior, tú eres poema mi amor y el sol que amanece cada día, eres la luna inexplorada, reina de plata en las noches estrelladas, la más bella de las flores en la inmensidad de las pampas, tus pechos redondos y pequeños, como tazas de té, tus firmes nalgas tan duras como el quebracho, tus muslos suaves y la húmeda candidez de tú abdomen plano.
Soy lector de tú mirada auséntele sugerí sin mirarla, ella clamó, y con sus ojos me anunció:
-Quiero ser amada.
-Tus labios rojos, carnosos y sensuales se posarán en los míos, tus mejillas se llenan de fuego, mírame, mírame y déjate caer en mis brazos, besémonos y hagamos en amor hasta el éxtasis total.
-¿Perdón, cómo dijo?. Me preguntó.
-No..., nada, que, que...
-¿Qué, qué?.
-¿Qué hora tiene?.
-Las tres.
-Ah, gracias.
Se alejó por el parque, y noté en su rostro que había quedado subyugada por mi poesía.
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