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1
¿Quién te obligó a cumplir esta locura, Sansón?, te reprochas con insistencia, montado a duras penas sobre un caballo que te conduce hacia algún lugar de La Mancha. El dolor en el costado te produce fatiga al hablar, así que prefieres quedarte callado, a pesar de tu conocida fama de socarrón, y aunque el hombre que te acompaña siga lamentándose en voz alta por haber dejado su tierra natal para embarcarse en este fracaso, seducido por una mentira que finalmente resultó peor que las promesas que tiempo atrás encandilaron a su vecino y compadre para salir al mundo en busca de la nada. Tú no respondes: el rictus de tu boca trata de disimular el sufrimiento que te produce respirar debajo de la armadura espejeante. Llegará la noche y si por ventura de Dios aparece un pueblo en tu infortunado camino podrás pedir posada y abandonar el cuerpo sobre algún lecho blando, para refugiarte en el sueño de un duelo superado en el que tu orgullo permanece incólume.
Los vericuetos del camino dificultan la caminata del caballo: por momentos el animal empieza a trotar, y cada una de sus contorsiones acentúa la sensación de estallido a la altura de tus costillas, que quizá estén quebradas. Dudas entre dejarlo correr, soportando el padecimiento, y llegar más pronto a algún lugar donde descansar y atenderte, o jalar las riendas para sosegar el paso; pero al final te decides por esto último, aunque así tardes una eternidad en hallar el destino donde ponerle fin al dolor.
Muy entrada la noche avistaron las luces de un poblado, y diste gracias al cielo. Tu corcel ingresó, lentísimo, por la calle principal, siguiendo el paso del de tu acompañante, y pudiste sentir la mirada corrosiva de los curiosos que se preguntaban por las razones de tu indumentaria decadente, de aquella brillante celada que yacía prendida de la silla de montar y que había dejado al descubierto tu rostro lozano e insolente, tus facciones decididas, tu expresión cariacontecida.
—¿Dónde hay un médico, por Dios?— escuchaste preguntar a viva voz a tu improvisado escudero, mientras alcanzabas a percibir que la turba se aglomeraba alrededor de tu caballo para guiarlo y sostenerte. Y cuando descubriste que por fin se detenían frente a lo que parecía una posada, dejaste libre el peso de tu cuerpo, a merced de la muchedumbre de manos que esperaba para recibirte. Quién cometió la mayor locura, alcanzaste a pensar antes de desvanecerte.
2
Fueron días indolentes y pesados los que transcurrieron sobre la cama donde rumiabas tu derrota. Días inmóviles, te provocaba murmurar, pero eras tú y no el mundo quien carecía de movimiento. Si tus compañeros de Salamanca te hubiesen visto en ese estado lamentable, seguro no lo hubieran creído. El prudente Sansón Carrasco, acostumbrado a criticar con sorna las mitologías, leyendas y toda clase de embustes reñidos con la razón, vencido en un absurdo duelo de caballeros andantes. ¿Quién te convenció de llevar a cabo aquel disparate, Sansón? ¿Quién te aconsejó que la manera de rescatar a don Alonso Quijano de su desquiciamiento era convertirte en un remedo de él? ¿Era suya la insania, por fin, o quizá era más bien tuya por tratar de devolver a este lado de la razón a quien era feliz en su demencia?
Pediste que te trajesen algo de leer para entretenerte y dejar de pensar, y te alcanzaron uno de los volúmenes del Amadís de Gaula. Entre sus folios —poblados de héroes, príncipes y castillos— encontraste por fin un descanso, en las remotas ciudades en peligro de sitio y amenazadas por gigantes y hechiceros, hallaste la soledad que ansiabas para meditar, y disfrutaste la lectura de aquellas fantasías como antes habías gozado con las páginas que narraban las andanzas de tu desdichado vecino. Alternabas la lectura con las dilatadas sesiones en las que un anciano algebrista atendía las mejorías de tus costillas y tu cadera, cambiando emplastos gastados e inútiles por otros frescos que te prolongaban el alivio. Y la noche que acabaste de leer el volumen juzgaste que ninguna historia podía compararse en aventuras y razonamientos a aquella dada a luz por el moro Benengeli, cuya lectura te había provocado tanto divertimento en Salamanca, e imaginaste las nuevas hazañas que estarían tejiendo el novelista y sus personajes en los caminos, luego de la derrota de la que tú mismo habías sido protagonista y que seguramente ya había sido registrada por el acucioso historiador. Día a día irían escribiendo una historia distinta, colmada de sucesos extrañísimos e increíbles, nutrida de los diálogos sublimes que intercambiarían el amo y su sirviente, para el crecimiento de su gloria y fama. Y antes de abandonarte al sueño prometías: Hasta el día que les vuelva a dar alcance.
3
Una mañana el sol entró con más fuerza que de costumbre por la ventana, tiñendo con un color blanquecino los objetos de la habitación, y decidiste que ya estabas listo. Después de revisar con cuidado las piezas de tu armadura maltrecha, supiste que necesitarías una nueva. Aquella noche, después de la cena, miraste durante largo tiempo el cielo estrellado sobre el que relucía la mitad de la luna, y resolviste que esa sería la imagen que llevarías grabada en tu escudo. Al día siguiente hiciste llamar a un mozo de cuadra para que te preparase uno de los mejores corceles de batalla de la región, y dedicaste un par de semanas a practicar el galope y el asalto a caballo. Mientras te esmerabas en el entrenamiento, un sirviente estaba dedicado a acondicionarte una armadura y los pertrechos necesarios para tus andanzas, con la única indicación que le hiciste la noche que lo contrataste:
—Será en todo como lo mandaban los usos y costumbres de la orden de caballería, que yo no he de contradecir; pero hacedla vistosa y resplandeciente, como la medialuna que nos alumbra.
La mañana que abandonaste el pueblo, casi tres meses después de tu arribo, y esta vez solo, volviste a sentir la mirada curiosa de gente que quizá sentía pena de verte marchar así ataviado. Con muchas de aquellas personas habías platicado durante tu convalecencia, y la mayoría había ponderado tu buen juicio y la gracia de tu conversación, así que les pareció extraño verte cabalgar otra vez con aquella indumentaria. ¿Estarías cumpliendo alguna extraña penitencia, o padecerías algún tipo de enajenación que te asaltaba por temporadas?
¿Quién es el loco, él por creer que es parte de algo que no existe más, o yo por acompañarlo en aquella quimera, sabiendo que no puede ser? ¿Ibas a buscarlo en nombre de la razón, porque ésta debe prevalecer sobre la insania, o tus motivaciones estaban dictadas por el orgullo, debido a la humillación que te infligió?, reflexionabas mientras recorrías los campos desiertos de Castilla, los caminos pedregosos y desdibujados, las soñolientas montañas que parecían derrumbarse sobre los angostos desfiladeros por donde transitabas. Reconocías con melancolía aquel país solitario, un territorio de ensueño que parecía moldeado por la invención de aquel a quien perseguías, y cuando permitiste asomar a los ojos un vestigio de tu imaginario infantil secretamente atesorado, te resignaste a admitir que los lejanos molinos de viento bien podrían ser gigantes hercúleos o que los pacíficos rebaños que custodiaban adormecidos pastores se asemejaban a ejércitos en actitud de combate.
Todo es posible para quien ha sido abandonado por su razón, concluyes al mismo tiempo que divisas una pequeña caravana acercándose por el camino que tú debes transitar. Quizá se trataba de darle fin a esa locura porque desconocías su naturaleza, meditabas, porque resultaba ser un sueño insolente, mucho más vigoroso que cualquier otro con el que antes te hubieras topado. Preguntaste a los viajeros de una de las carrozas por aquel que se hacía llamar Caballero de la Triste Figura, y te dijeron que sí, que lo vieron cabalgar junto a su sirviente o que durmieron en aquel mesón, y poco a poco la ruta por la que debías seguir empezaba a tomar forma.
4
Y al fin lo habías encontrado. Llegaste a él por los informes de un hidalgo a quien le reveló que no entraría a Zaragoza —como le habías aconsejado en casa meses atrás, antes de que partiera— para desbaratar las calumnias que un historiador apócrifo había escrito acerca de él. Lo viste de lejos, caminando con todas sus armas por una playa de Barcelona y seguido por su caballo, contemplando el mar como si recién lo descubriera. Y te preguntaste otra vez qué hacías allí. Habías imaginado este encuentro cada noche que padeciste en aquella cama desconocida, pero jamás habías terminado de decidir qué harías después. Era como si tu decisión se hubiera alimentado únicamente del dolor de tu cuerpo derrengado, desvaneciéndose ahora que gozabas otra vez de salud. ¿Lo retarías a luchar insinuando la pequeñez de una honra que él imaginaba infinita, o lo provocarías mencionando lo profano de su dama, a quien debías considerar sagrada? ¿Y después? ¿Espolearías el caballo, te lanzarías contra él, lo derribarías y, viéndolo vencido y casi enterrado en la arena, lo enviarías de regreso a su pueblo, a enclaustrarse y envejecer como la gente que goza de razón? ¿Ésa sería la felicidad? ¿Languidecer en una hacienda, sin mujer y sin hijos, preocupado de su economía, de sus negocios y administrando el ciclo inacabable de la siembra y la cosecha de sus campos? ¿Así debía ser? ¿Tenías tú el deber de restaurar ese ciclo que la locura había alterado?
Estabas pensando esto, quizá dudando de la empresa descabellada que habías emprendido, cuando la figura delgada que caminaba por la playa, armada con metales grotescos, alzó la vista y te vio. Ya no podrías jalar las riendas del caballo para retroceder; ya no pasarías la noche en algún albergue ni meditarías tu decisión hasta el día siguiente. Te acercaste hasta una distancia desde donde calculabas que podría oír tu voz, y lanzaste el desafío.
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