Eyra Harbar G.

Poeta. Nace en Almirante, Bocas del Toro, República de Panamá, el 19 de agosto de 1972. Tiene dos libros publicados en poesía: Donde habita el escarabajo y Espejos. Ha ganado el primer premio en concursos nacionales de poesía. Su trabajo se encuentra publicado en revistas y antologías nacionales y regionales.
Anteriormente ha publicado en Poetas del 5. Los poemas aquí presentados pertenecen al trabajo Un jardín necesario.

 
     
     
 

V.

 

Cuánto más llegue el orgasmo, así de fondo

caeré desmedida, tristísima en tu cintura,

porque veo el paraíso

sabiendo que soy carne

y muero.

 

Tan temible nos toca y respira enloquecido

el polvo que acaba por consumirnos,

tan inocentes sumergimos la boca en los acantilados,

una y otra vez henchidos

con la gracia de amuletos esparcidos alrededor.

 

Somos el mensaje de lo eterno, sobrenaturales

en la vigilia gramo a gramo.

 

Con todo mi temple, desmayo ante lo excelso.

Cada segundo es un diamante, alisado de gloria,

y cada uno es el flujo de una alborada naciente

antes de anochecer,

porque el amor y la muerte

cobran la misma sangre

de este cuerpo momentáneo y blando.

 

El tiempo tiene ansia temprana

después de la caricia.

No me quieras nunca

en la anticipación del cataclismo,

caería condenada a una escasez huraña.

 

¡Ay el silencio iracundo

que en mi oído se lamenta,

tan vulgar como las bestias que sólo vengan

mano a mano y ojo por ojo!

Azota su alfabeto congelado y la desgracia

como el signo de un calvario

que mide la profundidad de mi pena.

 

Dame un abrazo

en el camino de la muerte,

no me dejes ir.

Mírame la piel, las flechas en ella,

mírame entre ceja y ceja.

Tenme en mente,

tenme a tientas.

Abriste la puerta,

hazme regresar.

 


 

 

 

VI.

 

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo

José Lezama Lima

 

Para que tú mires el oro

sobre la piel de quien es bien recibida,

una mujer tan suave en su lecho

viene a lo que es importante, ser amada,

como si de eso se trataran los ciclos.

Sólo contigo tomada,

no olvides que duerme

su bondad en el arca.

 

Cásate conmigo, hermana, dirás

mirando deshojar sus cristales majestuosos,

y ya es tuya cuando va perdida en el suspiro,

no se entera que dominas su transfiguración.

 

El hijo que concibas de los besos dorados

lleva con orgullo

si la lluvia de candados los engullen

como estatuas de marfil inamovibles.

 

No podrás esconder que yace desnuda

con el candil empapado en la piel.

 

Murmuran ráfagas atravesando espirales,

una a una coincidiendo en el recuerdo dócil.

Duele lo poco que dura

combatir en su espalda hermética,

aquella exudación enjugada con gestos de ave

que sube y declina olvidada del mismísimo espacio

en que exhibe la iluminación.

 

En el réquiem que suspira el aliento final

pequeña, pequeña se despide

y parece dormido su cuerpo acariciado

y parece inalcanzable.

 


 

VII.

 

 

Acostarme en tu rumbo,

anclarme al fondo del profundo paraje

y quedarme en tu pecho jugando

en la nada más fina.

Al final del día en tu costado

describo el curso de un animal salvaje

que ha prometido volver a casa,

el bien mayor

para el guerrero derrotado en la prontitud,

porque dormir contigo es vivir para siempre,

esa noche cosida en los ojos,

un cielo de cristal

que en mis párpados tiembla.