La triste historia del profesor

Alberto Pino Emhar

 
     
     
 

Acerca del profesor Rehbein se ha hablado mucho. Algunos han escrito tratados psicológicos, otros han escrito artículos que hacen burla de su historia personal y los menos, por cierto, han profundizado en sus estudios de filosofía del derecho. Estos últimos han llegado incluso a invocar al profesor Rehbein en una especie de eslogan como el padre de la filosofía del derecho en Chile, o el padre de una supuesta escuela rehbeiniana.

Para aclarar las cosas, Alberto Rehbein no fue el creador de una escuela o tendencia en la filosofía del derecho. Fue gente – muy inteligente por cierto – posterior a él la que creó una nueva doctrina utilizando el nombre del profesor Rehbein como su fundador. De todos modos, el profesor Rehbein no era un académico mediocre y vulgar, como señalaban algunos.

Alberto Rehbein era un joven ayudante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile a quien, al terminar su carrera, le ofrecieron impartir la cátedra de Introducción al Derecho, propuesta que a Alberto le interesó, pues ejercer la profesión de abogado no le atraía mayormente. A esta altura ya hay que descartar de plano algunas interpretaciones psicológicas que calificaban a Rehbein como un infeliz, que fracasó en el intento de cumplir su sueño: ser abogado. Los antecedentes indican, más bien, lo contrario. La carrera académica aparecía como la más razonable alternativa al ejercicio de la profesión. Además, siempre le gustaron los cursos de Ciencias del Derecho.

¿Cómo interpretar correctamente la vida académica del profesor Rehbein? Para esto hay que introducirse en el período previo a los acontecimientos que son de conocimiento popular en la Facultad. Se debe analizar la mente completa de Alberto, e incluso lidiar con su propia conciencia. Arbitrariamente, situamos nuestra historia a comienzos del primer semestre del año 20XX. Durante la primera clase del año, no podía su vista escapar de una de sus alumnas. No se trataba, como muchos han pensado, de un viejo que se sintió atraído por una muchacha, esto es, de un viejo pervertido. Aunque esta especie es muy común en nuestra fauna chilena, repetimos que éste no es el caso. La explicación no solo se encuentra en la corta edad del profesor; más bien radica en que el interés de Alberto no se basaba en una vulgar atracción impulsiva sexual. La joven tenía algo especial que le abría los ojos, una fisonomía, digamos, que no es frecuente encontrar en aquel viejo edificio de los años treinta donde impartía sus clases. No se trata de pensar en un estereotipo de modelo de revistas populares, porque eso sí se ve. Ha sido imposible recopilar los datos exactos del rostro de esta joven. ¿Quién sabe? Hasta algunos se han atrevido a postular que nunca existió tal alumna . Según los antecedentes, parece ser lo más plausible pensar que esta alumna existió efectivamente o por lo menos que existió en la mente del académico.

De alguna forma especial la aparición de esta mujer llevó a la reflexión al profesor Rehbein. ¿Cómo había llegado a la situación en que se encontraba? Tenía una cátedra en la Universidad, una gran casa antigua, un chofer y dos sirvientas. Básicamente eso era lo que constituía su núcleo vital. A eso habría que agregarle una gran colección de libros, que a veces optaba por hojear. Especial dedicación le entregaba a su edición del Quijote: Un hermoso encuadernado azul y hojas tan blancas como si ellas nunca hubiesen sido leídas, ese libro ocupaba un lugar especial en la biblioteca de Alberto. ¿Y qué más? A Dios él lo había abandonado, no al revés en ningún caso. En su vida había logrado concretar el intento de lo que en filosofía se propuso Descartes: prescindir de Dios. ¿Estaba resuelta para él la pregunta acerca de la existencia de Dios? No, ni las vías de Tomás de Aquino, ni el argumento ontológico, ni aún el argumentum ornithologicum de Borges lo terminaban por persuadir. Un académico conocido de la Facultad ha sostenido por mucho tiempo que Alberto se habría tragado en algún momento de su vida el argumento de Kant acerca de lo indeterminado . Es probable que así sea, y se lo concedemos. Pero que su infancia marcadamente cristiana ejercía una influencia constante en su vida, eso no puede negarse. Parece ser que el profesor Rehbein en su vida prescindía de Dios, aunque a fin de cuentas era un fervoroso creyente, algo así como Descartes. Muy pocos se han atrevido a sostener esta tesis. La mayoría la descarta de inmediato pudiendo así utilizar el pensamiento de Rehbein para sus fines particulares, que nada tienen que ver con religión.

Retomando la historia, como era habitual una vez concluida su primera clase, Alberto se sentó unos momentos en su oficina a descansar. En realidad no estaba cansado, porque su actuación no había sido más que la misma retórica de siempre. Pensaba él que había sido afortunado al notar la presencia de esta joven durante esa clase y no en otra, pues de lo contrario se habría desconcentrado. Así podía estar prevenido para los otros días. Pero, ¿qué tenía ella de especial? ¿Por qué se había quedado reflexionando tanto acerca de su vida? No podía saberlo y se obsesionaba. ¿Cómo iba a lograr de ahí en adelante enseñar a Kelsen? La clave consistía justamente en hacer pasar como algo no árido al Derecho, una especie de engaño dirigido hacia los alumnos para entusiasmarlos durante su primer año. Pero ese fervor inicial del joven estudiante no dura demasiado, porque poco a poco se van imponiendo los agrios preceptos legales y profesores. Sin embargo, aquel orden se había destruido para Alberto ese día, porque no se lograba resignar a lo aburrido de su disciplina ante la visión de aquella alumna. Pero ya era suficiente. El profesor Rehbein debía volver a su trabajo, que era lo que realmente importaba. Debía programar y esquematizar las clases de otros tres profesores, tareas que por supuesto él había cortésmente aceptado. Siendo un profesor de tiempo completo, sin tener nada más que hacer, lo mínimo que podía exigírsele era efectuar la labor de otros cursos.

– Alberto, yo sé que usted no tiene mucho tiempo...

– La verdad es que efectivamente, estoy ocupado en...

– Si, yo sé. Pero necesito que lea y resuma estos apuntes que hoy me llegaron. ¡Yo no tengo tiempo!

– En serio, no...

– Si no lo puede hacer usted, nadie lo va a hacer, de eso puede estar seguro.

– Está bien, yo lo hago. Déjelo en mi oficina.

Una de las cosas más notables del profesor Rehbein era la rapidez con que se le pasaba el tiempo. Se podía pasar horas y horas trabajando en su oficina, y aunque la mayoría de las materias en las que trabajaba no eran de su agrado, simplemente no pensaba en lo que leía ni en el costo de oportunidad académico, es decir, lo que estaba dejando de hacer por trabajar con apuntes de otros profesores. Pese a llevar X años investigando en la Universidad, solo había podido disponer para sus investigaciones de un par de horas. Esos pocos momentos en los cuales el profesor expuso su doctrina en un cuaderno personal, hoy en día son considerados como la mejor exposición de la filosofía del derecho y son lectura obligada para los alumnos de la Facultad de primer año. Por supuesto que nunca alguien leyó sus escritos en vida.

Habían pasado unas ocho horas desde la última vez que el profesor Rehbein había contemplado el rostro de su joven alumna, pero para él eso había sucedido recién. El Derecho –y lo sabemos por una de sus más apasionadas confesiones –era para él la institución que destruía su alma, porque cuando se dedicaba a su estudio, el tiempo psicológico desaparecía y su mente quedaba en una especie de stand-by . Por ello, cuando retornaba a su alma y volvía a pensar en su alumna, las horas precedentes dejaban de existir (si es que alguna vez existieron). Sin embargo, el profesor Rehbein no era ya capaz de recordar con exactitud la fisonomía exacta de la joven.

“¿Crees que tienes alguna oportunidad con esa alumna? ¡Ni siquiera te acuerdas de su cara! –pensaba – ¿Y su nombre? ¿Te acuerdas de eso por lo menos? No puedo recordarlo, estaba preocupado de hacer la clase. Pero piensa, ¿cuántos años tienes de diferencia con ella? No tienes posibilidades…”

En una de esas frías tardes de Santiago, el profesor Rehbein regresaba a casa con su chofer particular. Para él era de especial agrado el silencio que mantenían durante el trayecto. A lo largo de los años, jamás habían sostenido una conversación más allá de lo estrictamente formal. Eso para Alberto era bueno. Odiaba el diálogo forzado y los silencios incómodos, y con su chofer ninguna de esas cosas sucedían.

Ya en casa podía por fin sentarse en su biblioteca a solas con el Quijote entre las manos y fumar pipa. Con ello se le venía a la mente la idea que lo obsesionaba: ¿Cómo era posible que existiese un tal Cide Hamete Benengeli que relate la historia del Quijote, y que el propio Cervantes haya invitado a su casa a un turco para que le tradujese el relato? Es más, Cervantes aparecía en uno de los libros pertenecientes a la biblioteca del Quijote. El problema parece sencillo, pero para el profesor Rehbein no lo era. Si un escritor como Cervantes es capaz de introducirse en la ficción y participar junto al personaje creado, esto es, el Quijote, entonces es posible también que nosotros mismos seamos también personajes de alguna otra historia, tal vez de una especie de sueño. ¿Quién sabe? ¿No es posible acaso que la humanidad sea una creación soñada por Dios, una ficción con todos los hombres como personajes de la historia universal? Si fuera así, los protagonistas (es decir, nosotros mismos) estarían convencidos de su existencia ( cogito, ergo sum ). Pero el Quijote también está seguro de su existencia, entre otras cosas. Incluso el lector concede por algún momento que es posible que alguien como el Quijote hipotéticamente exista (o más bien que haya existido). Como esos pensamientos llevarían a cualquiera a un completo paroxismo, Alberto dejó intencionalmente de pensar en eso. Un efecto similar le producía en su niñez la idea abismante de la muerte. Para lograr distraerse de estos agobiantes pensamientos, utilizaba el rostro de su alumna. Repetimos, no es que esta muchacha jamás haya existido. El hecho que constatamos aquí es que la visión de aquella mujer causó una determinada impresión en Alberto Rehbein, y era esa sensación interna la que perduraba en él. No tenía importancia que sus imágenes nada tuvieran que ver con la verdadera figura de la joven.

Fantasear con el pensamiento, eso era lo que disfrutaba Alberto Rehbein. Comenzar una relación con esa alumna, eso imaginaba el profesor Rehbein mientras aspiraba el humo de su pipa y arrojaba sus fantasías al aire. Tal vez sus rasgos alemanes –pensaba –delatarían su tristeza a la joven. ¿A quién iba a engañar? Sus ojos desgastados por las ojeras de las forzadas horas de sueño perdido; su frente arrugada por el trabajo frente a su escritorio; y la espalda encorvada por su incómoda posición en la silla eran elocuentes. ¿Alguna de esas características podrían atraer la atención de su alumna? La respuesta más lógica sería negativa. Sin embargo, la historia del profesor Rehbein no consiste en un simple desengaño amoroso. Él conocía su destino solitario, y tampoco se quejaba de ello. Desde joven ya se había acostumbrado a los ambientes silenciosos, leyendo y escribiendo lo que más se pudiera, pero alejado de los círculos sociales. Y así también en su vida se acostumbró a depender solamente de él mismo. Poco a poco fue dejando de asistir a misa los domingos, y para la época a la que nos referimos no se había aparecido por allí en años. Entre otras cosas, ello fue acrecentando el ambiente de soledad con el que comenzó a desenvolverse en su casa. Lo más cercano que tenía a un familiar era su empleada Marta, que precisamente había entrado a la biblioteca para llevarle la comida y él, ensimismado en sus ideas, no se había percatado de su presencia.

– Don Alberto, le traigo la comida.

El profesor Rehbein no se sobresaltó ante la presencia de la sirvienta. Estaba acostumbrado a que ella irrumpiera en forma abrupta. Pero las ideas acerca de su soledad y sus fantasías lo llevaron a preguntarle algo que jamás le hubiese preguntado a la Sra. Marta de haberlo pensado con más calma.

– Sra. Marta, ¿usted cree que soy muy viejo? –preguntó mientras ella le dejaba la bandeja en su mesa de trabajo.

– ¡Cómo se le ocurre don Alberto! Aquí siempre con Matilde hacemos apuestas a ver cuándo va a llegar una mujer a esta casa –respondió la Sra. Marta, sin saber muy bien hacia dónde se dirigía la conversación. Pensó más bien en pronunciar palabras que lo tranquilizaran, aunque conocía las escasas posibilidades de que una mujer se interesara en ese chileno alemán paliducho y burgués.

– ¿Cree usted que una mujer joven, digamos de unos dieciocho años, podría interesarse por mí? –se atrevió a preguntar Alberto y, una vez que el último de los sonidos que en general utilizamos para simbolizar las preguntas hubo salido de su boca, se arrepintió en el acto de lo que dijera. El momento fue clave, porque a partir de ahí ya no había vuelta atrás.

– Don Alberto, usted sabe que yo siempre he confiado en usted y para mí es un santo. Pero le pido que no piense más en Matilde, no es bueno que usted ande pensando o mirándola, yo sé que usted es gente decente y me entiende –respondió la Sra. Marta en tono maternal. Hacía tiempo que ella no empleaba ese timbre con él. Cuando era niño, la Sra. Marta se preocupaba de cuidarlo y muchas veces utilizaba esa forma de hablar con él para darle advertencias o llamarle la atención. Para Alberto, la respuesta de la Sra. Marta provocó una serie de sentimientos. Lo que causó mayor impresión en él fue escuchar otra vez ese tono, y también el hecho de haber previsto a la perfección la respuesta, pese a que en ningún minuto había pensado en Matilde, sino en su joven alumna. Pero nada de eso tenía importancia. Pensó que si comenzaba a disculparse con ella, a negar sus acusaciones y explicarle que no se refería a lo que ella se imaginaba, de nada serviría. Se resignó a la acusación y trató de hacerse cargo de ella.

– Sra. Marta, no es que yo esté interesado de verdad en una joven como Matilde, sino que más bien son ideas locas que me vienen a la cabeza, y solo por curiosidad quería preguntarle qué pensaba usted, pero ya sé que no me cree –replicó, argumentando desde una posición inferior. La única persona a la cual Alberto le confería esta posición privilegiada en una discusión era a la Sra. Marta. No debe pensarse que este hombre se mostraba débil y tímido en los debates. Al contrario, era particularmente enérgico cuando dialogaba con alumnos o con otros profesores, cuestión que despertaba respeto por parte de los más jóvenes. Sin embargo, los académicos y en general los que conocían por más tiempo a Alberto, sabían que esa tenacidad existía solo en cuanto al diálogo académico, ya sea en el ámbito del Derecho, de la política o de la filosofía. Cuando se trataba de los asuntos prácticos, y muy bien lo sabía la Sra. Marta, Alberto Rehbein era un pésimo contendor.

– Difícil creerle, don Alberto. Matilde está en la edad en que las mujeres se ven más atractivas, y los hombres las buscan como bestias –dijo la Sra. Marta casi hablando sola, puesto que pronunció esta frase mientras se retiraba. El profesor Rehbein disfrutaba de ese carácter marcadamente folclórico que tenía su empleada doméstica. La visión de los hombres como bestias, y dentro de ellos se le incluía a él mismo. Así como era irrisorio para cualquiera concebir una relación entre él y la muchacha que había visto ese día, también lo era el pensar en Alberto Rehbein personificado en una bestia salvaje.

Pero él no podía creerlo. Sus pensamientos habían sido desviados de lo que debía ser su principal preocupación del momento: su destino. Recordó entonces como una fulminante imagen cinematográfica, las tardes de juventud en que se sentaba en su escritorio a escribir cuentos. Bien sabemos que esta faceta de la vida del académico no le es familiar a ningún alumno de la Facultad. De hecho, la mayor parte de ellos visualiza a este profesor como el estereotipo del estudioso, y por añadidura amante del Derecho. No es apropiada esa interpretación, pues la mayor afición en su juventud había sido la literatura. Durante muchos años se esmeró en escribir y enviar a numerosos concursos sus creaciones. Esperaba con angustia los resultados, tanto así que los días previos al anuncio de los ganadores, sentía que sus manos tiritaban, y se tranquilizaba a sí mismo atribuyéndolo al frío. No era frío, era expectación por conocer los veredictos, en los cuales (en un lugar de su mente) guardaba la esperanza de obtener el triunfo. Sucedió una vez que Alberto Rehbein fue el ganador de un concurso de cuentos de renombre en Santiago, en la categoría juvenil. Fueron los momentos de gloria. Pero de ahí en adelante su carrera de escritor se vino cuesta abajo. Siguió escribiendo con la vaga pretensión de ganar más concursos, pero no hubo respuesta alguna. La gente cercana a él se fue olvidando con facilidad de su éxito y sus capacidades para la prosa. En pocos años, el nombre de Alberto Rehbein ya nada significaba. Tendría que esperar hasta su muerte para alcanzar la gloria. Por cierto, y esto merece un comentario inmediato, una de las intenciones del profesor Rehbein en vida era la de trascender el espacio-tiempo en que su vida personal se desarrollara, cuestión que a la larga consiguió, eso sí, de una manera un tanto más trágica, prevista por él mismo.

Antes de que lleguemos a eso, hay un acontecimiento que explica la encrucijada en que se introdujo en esa velada el profesor Rehbein, y de la cual finalmente no pudo salir airoso. Este hecho fue recordado por él en el preciso instante en que éste planteó distraídamente su pregunta a la Sra. Marta. Hasta ese momento no había encontrado ningún indicio de lo que a esas alturas del día ya era evidente: los sucesos coincidían de una manera perfecta con uno de sus cuentos, uno de los que había escrito, que se llamaba La triste historia del profesor Rehbein . No había transcurrido demasiado tiempo después de que Alberto ganara el concurso que lo llevó a la fama, cuando se sintió llamado a pensar en una nueva idea. Así, en unas cuantas tardes libres del estudio del Derecho y de sus lecturas, escribió un nuevo cuento acerca de sí mismo. Es plausible pensar que a esas alturas de su vida ya circulaban en su mente las ideas que lo obsesionarían por largo tiempo, con Cervantes y Cide Hamete Benengeli. Tal vez no pensó mayormente en ello y más tarde se desenvolvieron sus intereses. Sea así o no, el profesor Rehbein jamás se tomó en serio la posibilidad de que la ficción que había creado pudiera convertirse en realidad.

El cuento estaba escrito en forma de ensayo. Desde el punto de vista literario, el documento no tiene mucho valor y de hecho el narrador es bastante aburrido y monótono. Sin embargo, al recordar Alberto la relación que hizo la Sra. Marta con Matilde y su pregunta, pudo prever lo que pasaría después. La coincidencia era demasiado precisa como para no considerarla con seriedad. Por ello, decidió de inmediato revisar entre sus papales antiguos si conservaba alguna copia de su antiguo cuento. Lamentablemente, no conservaba una copia impresa de su obra. Por suerte en su computador tenía guardados los documentos que había escrito desde que era niño, y ello posibilitó que volviera a leer La triste historia del profesor Rehbein . Por supuesto que imprimió una copia y, sentado en su escritorio, se dispuso a leer el relato. A medida que pasaba por las líneas, el profesor Rehbein se sorprendía de la habilidad de aquel joven escritor para prever su propia suerte, su destino. El diálogo que sostuvo con la Sra. Marta había sido descrito con perfecta exactitud. Mientras leía estas mismas líneas, sus ojos se detenían y volvían a leer. Se le apretaba la garganta al concebir la posibilidad de que él mismo hubiese forjado su trágico final. Se encontraba atrapado dentro de su propio personaje. El joven Alberto mientras había redactado su historia, se burlaba de este profesor Rehbein que intentaba luchar contra su propia invención. El absurdo de los absurdos. Sin duda que el cuentista había sido astuto, porque se preocupó de no hacer explícita referencia alguna temporal, para que así el pobre profesor Rehbein no pudiese evitar su triste desenlace.

¿Era posible cambiar ese final? ¿Había acaecido una cadena inevitable de hechos que desembocarían en lo que ya todos conocemos? En eso pensaba Alberto, mientras daba vueltas en círculo por la biblioteca. ¿Cómo podía ser que la fantasía traspasara sus límites y se introdujera en la realidad, más aún, del mismo autor? No, eso nunca había sucedido. Lo de Cervantes era un juego con el lector, un guiño del escritor que hace confundirnos entre la realidad y la fantasía. Pese a que el personaje de La triste historia del profesor Rehbein se negaba a aceptar que efectivamente se cumpliera lo que en el propio cuento se presagia, Alberto no podía más que cerrarse ante esa posibilidad. “Es imposible –pensaba –yo no soy Dios y él jamás permitiría eso”. Pero mientras daba vueltas a lo largo de la habitación pudo percibir otra coincidencia que no hacía más que confirmar la veracidad del relato. Las voces de Matilde y la Sra. Marta, que comentaban la conversación entre esta última y don Alberto.

– Matilde, yo sé que tú andas tratando de llamar la atención de don Alberto, pero por favor te pido que no lo hagas. Ya hemos tenido problemas así antes con él, tú lo sabes...

– Sra. Marta, le prometo que yo no he hecho nada. Yo le soy fiel a mi novio, y ni siquiera se me ha pasado por la cabeza lo que usted me dice...

– Basta, no quiero saber más. Yo sé que ustedes las mujeres jóvenes siempre andan buscando problemas.

El profesor Rehbein ya no podía seguir escuchando. Volvió a repasar el cuento, y se encontró con idéntica conversación. Entonces, con tristeza, se sentó en su sillón donde aún tenía a su lado su edición del Quijote, y comenzó a calcular qué tan probable era que se cumplieran los presagios de su ficción. Pero su mente no funcionaba de la forma como él necesitaba. Se le aparecían fulminantes imágenes de juventud y cayó sobre él un irresistible sopor, que intentaba vencer mientras pensaba en cómo podía evitar su final. Todo, todo era tan inútil... Estaba escrito en papel, ¿y si destruía las copias del cuento? ¿Serviría de algo? Estaba muy cansado, agobiado por su desesperación. “Mañana se arreglará esto” –pensó antes de que el sueño le venciera.

– Don Alberto, don Alberto... –escuchó la voz de la Sra. Marta –despierte, le traje el desayuno. Está muy atrasado, el auto lo está esperando.

– ¿Por qué no me despertó antes? –fue su primera frase del último día de su vida. Como todas las mañanas, malhumorado. Recordó entonces cómo estaba descrita la mañana en el cuento, y golpeó su puño contra la mesa. La Sra. Marta mientras se retiraba lo sintió y se asustó, pero no se atrevió a pronunciar palabra alguna. El profesor Rehbein decidió concentrarse en solucionar su problema rápido mientras masticaba su pan y el té caliente que le habían servido. Pero no podía pensar claro, y maldijo una y otra vez las mañanas. “En el auto podré reflexionar calmadamente” –pensó, y se dirigió al auto.

Tal vez podía cambiar su recorrido y no ir a la Universidad ese día. ¿Quién reclamaría por un solo día de inasistencia? Luego rechazaba esa idea y se convencía de que era absurdo pensar que el cuento traspasara los límites de la fantasía. Eso no era una excusa para no ir a trabajar, tenía tantas cosas que hacer... Mejor no seguir dándole vueltas al asunto y actuar como un día normal.

A lo largo de una hora Alberto Rehbein logró concentrar su mente en algo que no tuviera que ver con su tragedia. Pero cumplida la hora, se acordó. Extrajo de su maletín la copia impresa de La triste historia del profesor Rehbein y comenzó a leer con tranquilidad. En el texto se precisaba que después de una hora en que el profesor Rehbein no pensaba en su destino, llegaría su final. Había pasado esa hora y aún estaba vivo. Suspiró, era una estupidez, como el despertarse de una pesadilla y tener la tranquilidad de que lo vivido era falso. Pero la manilla de la puerta giró. Un hombre entró furtivamente en la oficina y cerró la puerta detrás de él.

– ¿Quién... Quién es... Usted? –preguntó Alberto echando hacia atrás el respaldo de su silla. Sus últimos segundos, él lo sabía.

– Cálmese. Voy a hacer movimientos muy lentos, no se agite –respondió el desconocido, dando pasos suaves acercándose al profesor y poniéndose guantes –. Esto es lo que pasa cuando la gente rica se cree con el poder de destruirlo todo. Yo sé que usted le tenía puesto el ojo hace rato, y más de alguna vez se acostó con ella. Ayer me confesó incluso que usted había mencionado su atracción hacia ella... Usted no va a arruinar una relación tan consolidada como la mía con Matilde, nadie me separará de ella –dijo el hombre mientras extraía de su bolsillo un revólver. El profesor Rehbein cerró los ojos y esperó su muerte. ¿Por qué pasaba esto? No lo sabía, un error en los cálculos de Dios, una especie de filtración en su base de datos o tal vez Dios se dio el lujo de cerrarle un ojo con su propia tragedia. El hombre disparó con precisión en la cabeza, muriendo Alberto Rehbein instantáneamente. Luego depositó la pistola en manos de su víctima, quien tenía en su casa una réplica exacta del arma, la cual sería extraída posteriormente por Matilde a petición de su consorte.

Por supuesto nadie vio al homicida, pese al estruendo que provocó el disparo. El asesino pasó desapercibido entre los estudiantes. A la policía le pareció obvio que era un suicidio, y el hecho causó conmoción en la Facultad, como todos sabemos. De ahí surgieron también las diversas interpretaciones del hecho. Pero la investigación fue cerrada cuando se descubrió el arma que faltaba en la casa del profesor Rehbein, y que correspondía a la utilizada por el suicida. Algunos se sorprendieron de que Alberto Rehbein se desplomara sobre las páginas de un cuento escrito en su juventud, que se llamaba La triste historia del profesor Rehbein , pero ¿quién iba a creerle a un cuento? Menos podemos creerle nosotros.

 

 

Cfr. Eugenio GEORGI, Sobre Alberto Rehbein y la alumna que nunca existió: Crónica de un esquizofrénico (Editorial Rehbein, Santiago, 20XX). El autor llega a sostener que “ en este ámbito nos encontramos ante dos planos dicotómicos: por un lado, una valorización de la estructura somática intersubjetiva, es decir, estamos en presencia del paradigma clásico parietal que hoy impera en nuestra sociedad ”.

Cfr. Alfonso CRISTÓFANES, Historia cronológica del pensamiento universal: De Kant a Occam (Veritas, Santiago 20XX).