El cautivoArmando Monzón, Kuervo |
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No había podido conciliar el sueño en tres días, por alguna razón me aterraba la idea de cerrar los ojos y no poder despertar o aquello que no me permitía conciliar el sueño se presentara de nuevo. Donde yacía, inmóvil, por motivos que yo me esforzaba por comprender, me aturdían aún más. Desde mi posición lograba divisar casi todo; era una habitación con el techo muy, muy alto, que a veces en el intento de quedar dormido, cerraba los ojos y la sensación de inmensidad desbordaba mis pensamientos, faltándome el aire y desorbitando mis ojos. Los muebles daban la apariencia de haberse sacado de algún deposito de antigüedades, todavía mantenían ese poco de tela de araña muy añeja delatando que la pintura que cubría los vejestorios no había sido cambiada nunca y con el tiempo el color marrón de los muebles empalidecían y a la vez tenían el brillo de los ataúdes mal lustrados. La habitación a su alrededor decoraban tres ventanales gigantescos abrigados por amarillentas y polvorientas cortinas que desde mi lugar se podía oler el desagradable olor que despedían cuando la brisa se metía por las rendijas de las maderas clavadas por fuera, llenando toda la habitación de un tufo inaguantable. Un viejo reloj acompañaba mi cancina búsqueda de respuestas, aquel artefacto decorado con pequeños ángeles entrelazados y mal formados, de caras y ojos perdidos como queriendo y pidiendo ayuda para ser salvados o matarlos de una vez; en ocasiones me obligaban a entrar en un desagradable estado de trance donde me desdoblaba entre imágenes y lúgubres lugares sin escape. Por mi inmovilidad me costaba divisar el suelo, pero me daba la impresión de que era húmedo y de algún material de color oscuro, por lo poca iluminación de la habitación y el ardor dé mis ojos por forzarlos, con el afán de buscar alguna cosa familiar que me de alguna pista de donde estaba, me impedían ver con claridad los cuadros colgados por toda la habitación, pero por más que lo intentaba, lo único que se dejaba ver, eran siluetas y en algunos resaltaban los blancos con cierta intensidad. En los tres días que estuve en vigilia, nadie apareció ni escuche ruido alguno, no tenía que ser muy inteligente para deducir que alguien por algún motivo que yo desconocía, me mantenía ahí con alguna especie de droga que me inmovilizaba. Los ventanales cubiertos con tablones tenían pequeñas rendijas me hacían saber que la luz externa se estaba acabando, señal que otro día se terminaba, al igual que mis fuerzas para seguir despierto. Ya para ese momento mis ojos se perdían en la oscuridad. Instante en el que la luz de la habitación se apagó de repente y lejos de mis cinco sentidos no sabía si era solo yo el que me estaba quedando dormido o alguien se encargo de apagarla. A l día siguiente, o lo que creía ser otro día, desperté y el escenario de mi cautiverio había cambiado o por lo menos lo que podía divisar, uno de mis temores de niño cobraba vida. Todo mi cuerpo, de pies a cabeza estaba cubierto prolijamente por una sábana; cuando niño me aterraba la idea de amanecer así y no poder záfame, no me imaginaba que un día eso podría se real. Todo se ponía más confuso aún. Y de repente un chillido que provenía del suelo y a mis pies llamó mi atención, mudo y sin poder moverme, espere atento a que el sonido traiga algo con él. Y fue así, después del chillido hubo un silencio y al segundo unos pasos recorrían la habitación, todo eso se producía a mis pies, pero en un momento los pasos se hicieron más fuertes a mi costado derecho, alguien levanto la sabana dejando descubierto solo mi brazo, lo tomo y de un sopetón introdujo una aguja de la cual un líquido frío y espeso me dejó atontado, pero ahora el efecto era inverso, mi cuerpo empezaba a soltase, no así mis fuerzas para hablar. Sentí que mi cuerpo era levantado y por más que me esforzaba por ver quién me levantaba, mi visión nublada me lo impedía, pero todo aquel desagradable ritual era para alimentarme, alimentarme es una forma de decir, aquello estaba lejos de llamarse comida, una mezcla pastosa y fría, como engrudo y avena era obligado a tragármelo por completo sin que mi captor me diera tiempo de tragar el bocado anterior, esparciéndome por todo el rostro y el pecho la asquerosa mezcla. De repente y con el cuerpo todavía suelto pude sentir como me devolvía a mi posición anterior pero ahora descubierto y otra vez pude escuchar el chillido que provenía del lado de mis pies y del suelo, por el sonido seco que escuche por último pude darme cuenta de que el sonido pertenecía a una especie de puerta pesada; aturdido aún por la droga, lo único que llegué a pensar era que cuando se acabe este efecto, pueda yo investigar lo que pudiera desde mi posición. Pero todo aquel ritual no había terminado, yo había comido en contra de mi voluntad, se los puedo asegurar, ahora y por los otros días en el que yo no había dormido, pude comprobar que aparte de mi captor tenía otras compañías de las cuales no recuerdo haber sentido tanta repulsión. Con mi cuerpo todavía suelto pude sentir unos hormigueos por mis piernas que de a poco subían más y más, cuando llegaron hasta mi pecho ya era demasiado tarde, mi cuerpo comenzó a recuperar su rigidez y mi visión se ponía otra vez clara para mi mal. Aquel espectáculo donde lo único que mis ojos alcanzaban a ver una vez más hizo preguntarme dónde estaba y por qué me estaban haciendo esto. Aquellos restos de comida que se habían desparramado por mi pecho y rostro se encargaban ahora de comérselos y regurgitarlo de nuevo sobre mí aquella mezcla de algún insecto y cosa peluda que me caminaba ahora por el rostro dándose un banquete y dejando un olor nauseabundo a su paso, dando pie a que yo pierda el conocimiento y no sé si decir por suerte. C uando volví a despertar, aquello era inaguantable, el banquete había terminado y ahora los restos esparcidos por la cama y por mí despedían un olor fétido que rogaba que mi captor en algún momento me limpiara. Pero las horas pasaban y aquel chillido nunca se volvió a escuchar, pero recordé lo que me había propuesto antes de perder del todo el conocimiento, tenía que averiguar adónde conducía aquella puerta, que por deducción y por el chillido la puerta tenia que estar a mis pies. Cuando intente moverme, cual fue mi sorpresa, mis dedos fueron los primeros en confirmarme que lo podía hacer, luego mi maltrecho brazo que al verlo no podía creerlo, las sesiones en las que me introducían aquel liquido lo había dejado a la miseria, con moretones y pequeñas hinchazones por todas partes, mis pies estaban morados por la falta de circulación y en mi pecho habían unas pequeñas costras de color verduzco que al tocarlas me comenzaron a arder y despedir un olor extraño. Con mucha dificultad logré incorporarme, pero mis pies difícilmente me respondían, así que con la poca fuerza que me quedaba los froté y traté de moverlo, logré pararme y dar unos pasos hacia la ventana, aquellas cortinas realmente olían mal y pude comprobar que el piso indudablemente era húmedo, corrí un poco las cortinas y comprobé que donde me encontraba era en algún piso alto, porque me costaba ver la calle y escuchar sonido alguno que viniera de afuera. Corrí la cortinas de las otras ventanas y pudo entrar más luz y con lo primero que me topé al girar fueron los ojos de aquellos ángeles incrustados en el viejo reloj, aquello era desgarrador, quien lo talló, tuvo que estar muy atormentado, las figuras casi reales, como niños en el más extremo sufrimiento pidiendo a gritos ser salvados, ensimismado todavía con lo que acababa de ver, salí del asombro para entrar en un estado de pánico y horror al ver lo que con lujos de detalles voy a pasar a relatar. Aquellos cuadros que yo solo podía divisar a medias, ahora los podía ver con claridad. Las siluetas que yo lograba ver desde la cama no eran más que cuerpos que daban la impresión de haber sido estudiados, acostados en camillas y fotografiados de varios ángulos mostraban cortes y suturas por doquier, y aquello blanco que resaltaba eran las paredes, las etiquetas que colgaban de sus pies y las sábanas blancas que cubrían los demás cuerpos. Mi estupor duró poco al recorrer con la vista cuadro por cuadro y al encontrar al final de la pared que en uno de ellos estaba yo, aún sin cortes, ni etiqueta, retrocedí del susto y sentí un fuerte golpe en uno de mis pies al caer, había tropezado con aquella puerta pesada y un picaporte viejo y herrumbrado me había hecho un corte enorme en la planta del pie, caí temblando, con arcadas y sintiendo que me desvanecía, de lejos escuchaba que mi captor se había percatado del ruido, escuché unos pasos y el chillido y lo último que recuerdo es que una aguja traspasaba una vez más mi brazo. A l día siguiente desperté de golpe y todo parecía normal, solo que otra vez aquella sábana cubría la totalidad de mi cuerpo, excepto que ahora por alguna extraña razón podía moverme, con dificultad, pero moverme. Las pequeñas costras en mi pecho lanzaban un olor aún más fuerte pero con la diferencia que ellas ahora emanaban un líquido amarillento acompañado de pequeñas burbujas, las limpié como pude pero el dolor y el ardor aumentaron, mis pies por los masajes que les di parecían con más fuerzas, pero mi brazo continuaba igual. Decidí investigar o por lo menos buscar algún indicio de donde me encontraba, así que comencé a hurgar en una viaja cómoda que hasta ahora no me había percatado de su existencia por estar pegada a la cabecera de la cama, traté de moverla sin hacer ruido y cuan grande fue mi sorpresa al rebuscarme en los cajones y encontrar un montón de fotos más; iguales a la de los cuadros, pero éstas con la diferencia de ser más viejas. Las fotos estaban acompañadas de notas donde detallaban estatura, peso, dosis y periodos donde las víctimas eran sedadas, fechas y horas que habían sido traídos hasta este lugar, confirmando así de que los cuerpos de las fotos eran víctimas de extraños estudios. Pero las notas y las fotos no tenían nombres, ni apellidos y lo peor, solo había fecha de ingreso. Un ruido me alertó y me metí rápido a la cama, inmóvil como lo quería mi captor, me cubrí de nuevo con la sábana y de repente por la mente me cruzó la idea de atacar a mi captor y descubrir quién estaba detrás de todo esto, pero mi cuerpo aún estaba muy débil y si lo hacía ahora podría echarlo todo a perder; así que me entregué nuevamente a que mi brazo sea víctima de otra tortura más. Mi captor tomó mi brazo e introdujo la aguja y la misma sensación de mareo me atrapó y por segunda vez fui “alimentado”. No estoy seguro de cuanto haya durado aquel insoportable ritual, lo bueno había sido que mi captor no se había dado cuenta de que aquella droga que me dejaba inmóvil ya no hacia el mismo efecto y que yo no tardaría en averiguar por qué. Todo se volvía a repetir, me devolvió a la cama y el chillido fue acompañado por el sonido seco del portazo, mi captor se había retirado y como sincronizado aparecieron aquellas asquerosas cosas que comenzaban su propio ritual de comer y regurgitar las sobras que habían quedado sobre mí. Pasaron solo segundos para que aquella rara especie de cucaracha con pelos comience a babear por donde caminaba y aún más, por encima de las pequeñas costras, que a estas alturas se habían convertido en pequeñas heridas de las cuales ahora brotaban grandes cantidades de burbujas y aquel liquido de un fuerte olor. Y fue ahí donde respondí la pregunta de porque podía moverme, al perecer la baba de aquellos insectos por alguna extraña y bendita razón neutralizaba la droga que me dejaba inmóvil. Pero aquello tenía su precio, un fuerte dolor y ardor sobre mi pecho y parte de mi cuello, pero el regocijo de tener una oportunidad de escapar opacaba todo dolor. De inmediato comencé a hurgar por todos los rincones de la habitación, volví a los cajones de la vieja cómoda, revisé una por una las fotos para ver si podía reconocer a alguien, pero era en vano, busqué debajo de la cama, detrás del reloj y nada, tenía que haber algo, pero todo parecía inútil, entonces vi la puerta del suelo y algo me estremeció, ¿por qué mi captor no había hecho nada por la herida de mi pie?, ¿se había percatado de la sangre en suelo y en la cama?. Pasaban las horas y la angustia me carcomía y me debilitaba cada vez más, la ansiedad que sentí y opacaba al dolor, se estaba convirtiendo en angustia y esa posibilidad de huir se hacía cada vez más lejana. Volví a tomar fuerzas y ver si en los cuadros había algo, los recorrí uno por uno y la única diferencia estaba en la fotografía en la que yo aparecía sin etiqueta, sin suturas por todo el cuerpo, las demás eran todas iguales, cuerpos suturados y mutilados en la misma habitación azulejada de color blanco. Cansado volví a la cama deseando que todo esto termine. U n sonido desconocido hasta ahora me había despertado, el reloj se detuvo y los cuadros temblaban en la pared, mi posición era la de siempre y a tal llegó mi grado de inconciencia que mientras dormía me amarraron la manos y los pies a la cama con gruesas tiras de cuero, mis ojos tenían una especie de membrana que me impedían ver con claridad y el sonido desconocido cada vez se hacía mucho más intenso y mi desesperación por záfame hacía que mi corazón latiera el doble, pero era inútil algo me decía que era el final. Todo quedó por milésimas de segundos en un silencio sepulcral, sentía como mis bellos se erizaban y mis huesos sonaban al tratar de zafarme y de repente a mis pies se escuchó el chillido de la puerta y ahora también se escuchaban voces, aquel sonido extraño provenía de algún pesado artefacto con ruedas, porque se podía escuchar cómo se arrastraban en el suelo. Sentí como me desataban los pies y luego las manos, uno de ellos tomó mi brazo y ya sabía para qué, sentí cómo aquel líquido fluía lentamente por mi brazo, pasando por mi hombro y estallando en mi cabeza, alguien me quitó lo que parecía la membrana y la habitación se iluminó por completo, vi como uno de ellos tomó a uno de los insectos en un frasco, otro tomó las fotografías y las devolvió a la viaja cómoda, le dieron cuerda al reloj, enderezaron los cuadros y cuando uno de ellos me hizo girar, mi cabeza quedó colgando a un costado de la cama y casi ya sin fuerzas pude ver lo que yo creí eran ventanas, era una gran pared de vidrio que comunicaba con otra habitación, la luz provenía de ahí y todo lo que ocurrió cuando me había acercado en una ocasión a aquellos ventanales; por efecto de las drogas lo había imaginado, me habían estado observando, habían visto todo; cuando me levanté, los insectos, el corte en el pie, las fotos que encontré, lo habían visto todo, todo. Me levantaron y aquel sonido desconocido no era más que el sonido de las ruedas de la camilla que aparecían en todos los cuadros, sentí cuando mi cuerpo tocó la fría superficie, estaba helada y tenía un asqueroso olor a sangre y herrumbre. Lo último que sentí fue cuando uno de mis captores colgó de uno de mis pies una etiqueta. No lo podía comprender, lo podía ver todo, mi cuerpo alejándose en esa camilla, y todo a mí alrededor se desvanecía.
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