LolitasRebeca Murga y Lorenzo Lunar |
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A Vladimir Nabokov. También a Lolita.
Vladimir pregunta y pregunta. —¿Por qué las personas tienen que morir? —Porque nos ponemos viejos —dice la maestra. Ese es el ciclo: los seres vivos nacen, crecen, se reproducen, envejecen y mueren. Por eso un día se marcharon las abuelas y llegará el día en que nosotros también nos tengamos que marchar. Pero Lolita no llegó a envejecer. No creció todo lo que debía. No se reprodujo. Y él no tuvo tiempo para mirarle a sus ojos azules y decirle que fuera su novia. Se fue, tan rápido como el vuelo de una mariposa. —¿Por qué? La maestra trata de explicarle que esa respuesta la buscan los grandes filósofos desde los inicios de la inteligencia. Vladimir ha soñado que es un filósofo; un filósofo chino que a la vez sueña con una mariposa. Los filósofos chinos visten amplios trajes de seda con bellos dibujos de colores. Ahora Vladimir está vistiendo un traje nuevo. Es de seda, sobre un fondo nacarado se funden extraños dibujos que van desde el verde del olivo hasta un pardo extrañamente matizado. Como Vladimir sabe mucho de mariposas, porque las ha estudiado toda su vida, eligió su traje con los colores de aquel raro ejemplar de Argines que una vez incorporara a su colección. Ahora Vladimir es un señor que se precia de tener una de las colecciones de mariposas más completas del mundo. Algunas las ha conseguido en los campos, posadas sobre las flores de los pantanos, sobre la tierra rica y colorida. Pero la mayoría de los ejemplares de su colección los ha logrado en casa. Les ha visto nacer y ha compartido con ellas su metamorfosis, de oruga a crisálida, de crisálida a mariposa. La metamorfosis de la mariposa es algo extraordinario. Vladimir sabe que es un tránsito doloroso. Él ha acompañado a sus mariposas en ese camino. Ha sufrido con ellas. Amar es compartir el dolor, eso lo sabe Vladimir. Y sabe que el dolor mutuo es también goce, placer. Eso le reconforta. En el pueblo comentan que es un hombre solitario. Que cuando ya todos sus antiguos compañeros de estudios se han casado y tienen familia, él no lo ha hecho aún. Que su pasión por las mariposas es una enfermedad. Y la gente del barrio le llama loco. Hay noches en que no duerme. Observa la oruga, espera el momento en que ella debe sentirse invadida por un extraño malestar. Esa impresión de estar siendo apretada por el lugar donde debería estar su vientre, ese hormigueo que comienza a volverse insoportable. Vladimir siente que la sangre le hierve y un fuerte escozor le baja desde el abdomen hasta la ingle. Los dos deben liberarse de algo que les corta el aliento, de esa sensación de muerte que, poco a poco, se va transformando en desfallecimiento, en alivio. En libertad. Ahora ambos, la oruga y Vladimir, son una crisálida. El mismo ser, pero con una experiencia más. Él lo ha vivido mil veces, una por cada mariposa de su colección. Son cientos, con extravagantes bautismos científicos que se traducen en bellos nombres que parecen de mujer hermosa: Vanesa, Aurora, Argines, Adelaida, Rebeca, Elizabeth… Ahora la crisálida debe descansar, se fabrica una almohadilla de seda y ahí apoya su cabeza. Vladimir se prepara también para verla convertirse en ninfa, las alas todavía recogidas bajo un blindaje tachonado de oro. Incómoda ella en su corsé, ¡los sacrificios que exige la filosofía del tocador! Pero paciencia, Vladimir, sabes que ahora hay que tener paciencia. Deben pasar algunos días para verla florecer en mariposa, pero pueden ser años. Puede malograrse la infeliz. Vladimir recuerda aquella ninfa de Esfinge, que, cuando era un niño, tuvo guardada durante siete años. Fue una vigilia que le hizo pasar sus años de secundaria en la zozobra del ser o no ser, de la vida o la muerte. Malograda niña que escogió para despertar un incómodo viaje de verano que los padres de Vladimir habían planificado en contra de la voluntad del muchacho, para ver si este jovencito se anima un poco con la brisa del mar, el ruido de las olas y el azul… El nuevo traje de Vladimir tiene el fulgor de una hoguera; una ardiente gama de matices desde el amarillo hasta el rojo vivo, lenguas de fuego sobre un fondo negro intenso, idéntico a los colores de una Monarca, preciada variedad de mariposa de femeniles formas. La ninfa se contorsiona igual a una bailarina, mueve los hombros y las caderas, intenta liberarse del corsé y Vladimir imita sus movimientos. Hace como que la abraza y la abraza, y bailan pegados, muy pegados los cuerpos febriles, hasta que ¡al fin! la mariposa se escabulle hacia el exterior de la coraza, libre, pero exhausta. Húmeda y fláccida. Presa de una rara excitación. Poco a poco se va haciendo la luz. Vladimir y la mariposa descubren el mundo. Él deslumbrado por los matices del azul que irradia ella. Ella curiosa ante el rostro contraído y sudoroso del hombre. Ambos, aún, presas del éxtasis. Esta vez se ha completado el ciclo. La nueva mariposa está lista para reproducirse, envejecer y morir en el momento justo. Pero Vladimir aún tiene tiempo para tomar la foto que guardará en su álbum. Ese grueso álbum donde conserva el recuerdo de todas sus Lolitas. Después ella sale volando, se va por la ventana, se pierde, como los amores fugaces.
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