Sweet Paraguay

Eduardo Yáñez

 
     
     
 

La lluvia ya llevaba horas cayendo. Fue una de esas mañanas desnudas, como la espalda de Arantxa mientras acariciaba mi cara con sus manos. Una desnudes completa. Habíamos tenido una noche de largas conversaciones en la cama. Unos largos silencios sin incomodidad. “Que embalados somos”, le dije con una leve sonrisa, esperando una respuesta que reafirmara las ganas de enamorarme de ella. Arantxa tomó una colilla del cenicero que estaba en el suelo y comenzó a dibujar cruces de ceniza en mi frente. “Son las marcas de tu cielo derrumbado hace años” me dijo irónicamente con su aliento a ron y saliva seca justo frente a mí boca. Ella murmuraba algo que no podía entender mientras miraba las cañerías de gas, con los ojos llenos de esa típica apatía, entre posera y natural. Yo había estado esperando por la llegada de la mañana, porque creí que esa luz me dejaría entender el significado de sus palabras. Aunque ya ni siquiera las necesitaba. No necesitaba el ruido de las razones. En el cuerpo y los movimientos de Arantxa había encontrado la respuesta de lo que parecía tan inexplicable. “Ya no quiero que me hables” dijo. “y tampoco quiero hablarte”. Tomó su ropa y salió de la pieza. No le pregunté nada. Quise parecer una persona tolerante y poco comprometida. Creo que intentaba seducirla con el truco más idiota de los trucos de la seducción. La indiferencia se presenta en los momentos más indeseados, inconscientemente. Como las palabras que salen desde el orgullo, otra de las tantas falsedades de quienes carecemos del valor suficiente para soportar el desprecio.

No quise detenerla, aunque lo único que deseaba era que regresara. Pero eso no sucedería. Me quedé acostado, viendo el techo. Sabía que en algún lugar había un ruido. De pronto, comprendo que era mi cabeza la que llenaba el pequeño espacio en el cual yo vivía, con un zumbido constante e hipnótico. Era el sonido inconfundible de la desorientación. El sonido de los pies marchando, uniformemente. Los piños de jóvenes aburridos y desgastados de una década inacabada. Pero inevitablemente volvía al recuerdo de Arantxa. La mano de esta mujer jugando con los pelos de mi pecho. Los movimientos de su cuerpo sobre el mío. Ondulando. El gemido perfecto. Una oración dramática de placer infinito. Aunque sean sólo unos segundos, el cielo reventándose. El ruido. El llanto de los arboles. Es la escarcha que tapa las ventanas. El cuerpo de Arantxa frotándose contra el mío, buscándome, amarrándome a los años y a los pueblos derrumbados ante la música sexual. Si tan sólo pudiese cerrar los ojos y descansar unos minutos de la luz. Pero es imposible. Llevo meses sin dormir más de 4 horas. Es una constante desilusión. Dormir y despertar. No saber qué sucederá puede parecer excitante. Saber que todo acabará puede parecer excitante, como estos senos jóvenes descansando entre mis labios y dientes. Dejamos entrar a unos niños esa noche. Estaban hambrientos. Arantxa les preparó unos fideos y yo les empecé a hablar sobre música. Faith no more, Miles Davis. Blah, blah. blah. Pero a ellos no les importaba la música. Dejamos que comieran. Y lo hicieron rápidamente. El hambre incontrolable te transforma en un lobo. Pero estos eran perros callejeros. Con sus lomos sucios y descuadrados. La imagen celeste de los niños y la pobreza sudamericana convertida en la necesidad de volverse rápidamente viejos sabios y roñosos, sabios abuelos de la mendicidad. Porque las calles en esta ciudad polar se parecen al infierno. Dormir 5 minutos bajo el cielo despejado de la noche invernal en el extremo de la nada. Infierno blanco. Pero ellos tienen algo similar a lo que tenían los yaganes. La condición desarrollada de estar amarrados a la vida de un modo elemental y originario…

 

Dejé las cosas así, como estaban. No confié en la suerte. Sólo esperé que los ojos se me volvieran a cerrar un rato. Necesitaba un descanso. Pero pasaron unos minutos y sonó mi puerta. Era Alan. Alan tenía la costumbre de llegar temprano a golpear y hacer siempre la misma pregunta desde afuera: “kalakito, ¿qué pasa con un mañanero?”. Yo no tenía ganas de fumar, pero la repentina partida de Arantxa me había dejado esa paradojal sensación de vacío que te provocan los golpes en el estomago, golpes precisos y secos. Las vísceras retorciéndose en aguas acidas. La dificultad del respiro.

-“hola Alan, cómo estás hermano”.

-“bien poh ¿tienes papel?

Saqué un poco de papel de una caja de zapatos y se lo entregué.

-“¿cómo va todo? No te he visto en la plaza estos días.” Me dijo mientras enrollaba un porro. Yo no tenía ganas de contar mi historia con Arantxa, sobre todo porque sabía lo que Alan me diría. Probablemente lo mismo que yo le diría a él. Los tipos con carencias afectivas se aferran a todo, especialmente al veneno. Pero mi historia con Arantxa parecía ser distinta. Tal vez por la forma en que apareció esa tarde en la panadería. O tal vez por la manera en que la miré desde que entró, siempre atento para no ser descubierto. O tal vez porque ella, hermosa y aparentemente despreocupada, tomó sorpresivamente mi mano y la llevó directo a su cara, su cara de niña de otros barrios, de otros lugares, de herencia europea.

 

II

Estuve viendo mis manos unos minutos. Ahora ya no parecen ser de verdad. Están algo deformes y de un particular color verdoso, como si de pronto se hubiesen convertido en un jardín lleno de maleza. Recuerdo que siempre tuvieron el aspecto que le da la sobre alimentación a los niños. Gordas y amigables. El amor maternal. Pero ahora, 24 años después, sí no sintiera ese ardor tan molesto en el dedo podría creer que esta mano no es mía y que alguien quiere asfixiarme simplemente para divertirse. Decidí no seguir viéndolas. A esta hora, la ansiedad ya empieza a inquietarme. Cada vez más fuertes, los latidos del corazón no dejan que me concentre. Encendí un cigarro y dejé que las imágenes de la noche anterior me llevaran de regreso a ese momento de lucidez que sólo te puede dar un ambiente distorsionado. La predisposición al caos. “Me fue mal” dijo el Pix mientras entraba en la pieza de Alan. Era una mala noticia. La noche sería muy larga y estaríamos muy pendientes de todo, de nuestros problemas, de nuestras vidas. Si, sería una noche aburrida, sin honestidad, falsa. “Ni caños ni merca, hueones”. La esperanza era una categoría que había sido desechada de nuestras mentes desde hace algún tiempo, aunque siempre quedaba espacio para la ironía, el único lugar que dejaba ver la necesidad por encontrar respuestas o de aferrarse a algo. Reírnos de nuestra situación de pendejos sin ganas y sin plata. Oh, todas esas ideas surgían en ese momento indeseable e interminable. El momento interminable de la frustración. “Pero compré 10 papeles de pasta. Es todo lo que había”. Con el Alan sólo nos miramos, y luego miramos al Pix. La risa que surgió en ese momento no fue sólo de alegría. Fue un estruendo desesperado. El viaje de todos los anhelos del hombre convertidos finalmente en una galaxia lejana. Yo había oído hablar de esos momentos en que la catarsis colectiva te hace ver cosas, alucinar, como cuando en los 80s, un niño, que después se convirtió en mujer , aseguraba ver a la virgen en el cielo de Villa alemana, y junto a él , el rebaño apañando la función del circo. Pero aquí estábamos. Era el año 2008 y tres tipos de 26 años con 10 papeles de pasta base, riendo compulsivamente como niños bajo la lluvia de los grifos abiertos en las calles de la población San Gregorio de Santiago en pleno verano. Y el tiempo comenzando nuevamente su movimiento. Mis venas se inflamaron, mi cabeza y mis pies se hicieron de nuevo. La noche seria sólo un sueño. Un sueño paranoico en la debilidad del frio de abril.

 

III

Yo, en un rincón, sostenía una caja de vino tinto. El propio camino y las ideas arrancadas de mi mente puestas en una fuente sobre una mesa tapada con un mantel manchado con grasa de cordero o capón. “Esto tiene tanto sentido” le dije al Pix. “Si en realidad estos pendejos no quieren saber nada de universos ni de giros lingüísticos. A estos locos sólo les entretiene verse en los espejos del baño mientras alisan su pelo”. No sabíamos bien cómo entender el momento que nos había tocado compartir. El momento del mundo trisado, a punto de caer, la desaparición de los años, de los ríos, la desaparición de los amigos más apreciados, el aburrimiento asechando en una realidad tan fantasmal como la de los angustiados pasteros de la plaza Echaurren. “Aunque todos somos aceptados, de una u otra forma esta generación anhela la aniquilación total. Es lo único social que tenemos como grupo. Es el espíritu de los niños, y de los adolescentes y de los jóvenes del siglo nuevo. Si hasta los más miserables tienen un gesto de desprecio por sus iguales. No hay pobres ni ricos. Somos todos hijos de aquella virtuosa creadora de la guerra. Porque intuyo que en toda la historia nunca se ha odiado tanto como hoy. Niñas y niños con actitud de putas y proxenetas. Es evidente. Somos unos guachos que no hablan”. Alan tomó el tubo que usábamos para fumar la pasta y le puso algo de cenizas. Comenzamos nuevamente. Las palabras estaban acabando con nuestra alegría. “Las palabras” dijo Alan, con la mitad superior de su cuerpo saliendo por la ventana de la pieza. “Supongo que en cada generación surgen unos espacios aparentemente oscuros, pero que de algún modo igual disparan una luminosidad que hace que podamos creer en lo que sea”. El Pix y yo sólo oíamos, tratando de concentrarnos en aquellas palabras que probablemente nos parecian sabias, porque de un modo u otro, los tres nos sentíamos una especie de chamanes urbanos, sabios ansiosos ante la escases de ideas, escapando de las micros y del rigor de la luz del día. Si, como el joven Donatien que sonreía mientras jugaba a quemar a las bellas putas de Paris, las pálidas herederas de un pasado visigodo o romano, con la esperma de las velas más radiantes de la herejía y la humanidad. “Creo que para ver esto no es necesaria una capacidad intelectual mayor. Creo que es necesario ser algo tonto e ingenuo. No confiar jamás en las propias conclusiones, conclusiones que nunca concluyen algo en definitiva, sino que amplían aun más las huellas que nadie conoce. Es necesario ser lo suficientemente humilde y modesto para poder reconocer la mirada de los desertores. Los parias de las ciudades y sus murallas, las urbes creadas palabra tras palabra y que han adquirido la forma de grandes piedras exactas, difícilmente removibles. Parias o desertores que se asemejan al soplido del viento y al continuo movimiento de las ramas de los arboles, la libertad del ahora eterno”.

 

IV

Pasamos por fuera del cine Cervantes. Era un cine viejo, que llevaba años sobreviviendo, siempre al borde de la quiebra definitiva. Rotativos a los que alguna vez, para no tener que estar en la calle soportando el frio de junio, había entrado a ver, o a dormir. Un par de veces también a fumar un caño. Nunca hubo mucho que elegir.

“ Ven, entremos” dijo mientras me tomaba la mano y me llevaba hacia el interior del cine. “Espera” le dije. “Es que no tengo ni un peso. Como vamos a entrar” “Y para qué quieres plata”, respondió Arantxa con una sonrisa entre estúpida y tierna cincelada en su cara. Yo no le respondí, aunque intenté que mi mirada le dijera que había dicho algo tonto. “Ven po, confía. Qué vas a perder en realidad”. “Cómo esta señorita Arantxa” “Muy bien, gracias, eh, vamos a pasar con mi amigo, ¿ok?”. Este cine había pertenecido a la familia de Arantxa desde los años 50, cuando su abuelo llegó escapando de Franco. El abuelo vasco, el abuelo separatista. Gora Euskadi. Yo pensé “Sí la mina elige una de estas películas, que la vea sola”. Pero Sweet Paraguay era la película favorita de Arantxa. Y tal vez por ese motivo nunca la sacaban de cartelera. Entramos y nos sentamos en las filas del medio. No había nadie más que nosotros a esa hora de la tarde. Era una película extraña. Después supe que la protagonista era su madre, muerta cuando ella tenía dos años en una noche de carrete. Una mezcla de vodka y antidepresivos. La mala suerte de los elegidos. Mientras veía la película recordé que hace un tiempo había leído un artículo acerca de ella. Al parecer era una de aquellas personas que poseen esa luz de la que tanto sospecha a veces la gente, esa luz que suelen confundir con la locura, como la que dicen haber visto en Carlos de Rokha quienes le conocieron. Una mujer con la mirada constantemente perdida, que cargaba sobre su espalda el apelativo de esquizoide, un diagnostico que sólo servía como un manto opaco para ocultar el verdadero y grandioso talento que tenia para expresar con sus pardos ojos y su metro setenta. Tan parecida, y ahora, tan lejos de Arantxa.

Salimos del cine, con la sensación de estar viviendo un momento de cercanía, como de amor de siempre o de meses. Durante el rato que estuvimos viendo la película, la abracé y luego tomé su mano, y sequé sus lágrimas, y dije algunas cosas tontas para que sonriera. Y sonrió. Sin duda era la construcción de la complicidad de los primeros días. A ratos, la miraba de reojo y ella me sonreía como esos niños tristes que esperan sentados que se cumpla una promesa mientras escuchan alguna canción. Fuimos a comprar algo para comer y empezamos a subir por las escaleras del mirador de Fagnano. Íbamos callados aunque a veces hacíamos algunos comentarios acerca de la gente que pasaba a nuestro lado, comentarios mal intencionados, cargados de prejuicios o de palabras con forma de rocas, llenas de desinterés. Y la risa de Arantxa, como la arena de los lugares desérticos, sobrepasaba la luz de la tarde con su antipatía. La rabia de sus cicatrices. Y la mala onda con todos. Y la felicidad no forzada. Pero yo, mientras reía junto a ella, detenía mi alegría a veces con algunas visiones, siempre atento a los símbolos de la derrota. El cielo tan despejado era un mal augurio, una visión del ocaso. Pensaba a ratos que inevitablemente todo acabaría por derrumbarse.