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Manuel Illanes Nace en Santiago el 26/12/1979. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile. Fue editor y colaborador de la revista Pájaro Verde. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas electrónicas como Cyberhumanitatis, Plagio, 60 Watts y Sol Negro (de Perú). Ha participado en encuentros de poesía como el Primer Congreso de Poesía Chilena del Siglo XX organizado por la Universidad de Chile en 2006 y el Encuentro Nacional de Poesía Riesgo País organizado por la Universidad Austral en 2008. Recientemente ha sido invitado para participar del Congreso Internacional de Poesía Chilena organizado por la Universidad Católica a desarrollarse en el mes de octubre de este año. También ha tomado parte en ciclos de lecturas como “Los desconocidos de siempre” y “Antología en Movimiento”. Se apronta a publicar su primer libro, "Tarot de la carretera" por Editorial Fuga. |
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LA SED
Aquella que nos reduce a estatuas de sal en el umbral de las tierras de Gomorra. Aquella que abandona los manuscritos del dolor sobre nuestras pringadas mesas. Aquella que ordena a sus siervos: “buscar”, “extraviarse”, únicos mandamientos grabados sobre las losas de su Sinaí. Aquella que defecará sobre nuestra tumba abierta. Aquella que diserta sobre dios y su innominada vulva, parada en el púlpito de la locura. Aquella que interpreta los hexagramas y vaticina: “Ku”-destrucción, como si ya no hubiera bastante caos en nuestras vidas. Aquella que se jacta de ser soberana en la Babilonia de los días-nadir. Aquella que nos niega el pan y el agua para que así tengamos que vagar famélicos por los eriazos, las carreteras de su reino. Aquella que enterró el cáliz de Cristo en la arena de la más infecta codicia. Aquella que satura las pantallas del mundo con una imagen, un zoom del gran falo erecto de los Capitanes de la guerra. Aquella que no tiene vástago alguno y aplasta la cabeza de nuestros niños como si fueran cucarachas en su camino. Aquella que recibe la loa y las ofrendas de los jefes de las tribus –el oro y las vanas palabras de los mandriles. Aquella que no tiene ojos, pero sí una boca afilada con la que devora toda existencia a su alrededor. Aquella que milita en las legiones de Capital. Aquella que vino a la vida el día de la muerte del Espíritu Santo. Aquella que lame su propia sombra hasta emponzoñarla –es un alacrán en la perfidia de los opios. Aquella que dirige la cuenta regresiva para el Apocalipsis / pero todos los días morimos, todos. Aquella que inyecta la morfina del aburrimiento en las cansadas arterias. Aquella que vive en permanente vaivén & negación. Aquella que nos sodomiza, pero que nunca será sodomizada por nosotros. Aquella que llamo Cuchillo de lepra . Aquella que estranguló a Rimbaud hasta doblegarlo –y los médicos firmaron: “tumor en la rodilla derecha, sífilis”, qué sarta de estupideces. Aquella que malparió a Adán y toda su descendencia. Aquella que agita las estrellas –y las eclipsa en el estanque del cielo. Aquella que anuncia los sismos, los hundimientos del espíritu, como un cometa en los tapices normandos. Aquella que es Tarántula. Aquella que tiene la prestancia de las putas. Aquella que conjuga el verbo matar en todas sus formas. Aquella que no responde a identidad alguna. Aquella que en la ventolera de los días & en el cristal de las noches & en las dolorosas primaveras nos enseñó el silabario de la muerte para hacernos vivir, nuestra madre, nuestra sangre.
PRIMAVERA NEGRA A la memoria de Eduardo Valdebenito (1935-2004)
Las hojas de ese joven álamo, que una corriente impetuosa agita incesantemente con el mismo ímpetu que a los sargazos del marino lecho remece el soplo de Neptuno en los días de tormenta, son testimonio, inquietantes testigos, de aquello que perderás en tu vida -si llegas a cerrar la ventana del espíritu a los vientos, aquellos tercos venablos que el Deseo aguza y lanza por el mundo en pos de un blanco, una tierra que se haga llamar con propiedad Utopía; las hojas de ese joven álamo, verde tornasol, que hoy te seducen e inmovilizan con su agitación de cobras al llamado del pífano de la primavera, que señalan con estridencia la esterilidad de esta biblioteca y sus libros, además del angustioso desierto que reluce en los ojos de los yertos estudiantes, con su agitación verde, enfebrecida, verde como los tiernos pastos de la estepa a los que se asemejan / tus años, verde como esa patria derruida a la que ya no perteneces ni podrás / volver. Primavera negra: el galeote tiene los brazos y el ánimo cansados / de tanto bogar. Cansados de que el amor derive siempre en llanto, en llanto, y de observar a los distintos rostros del miedo dibujarse en cada espejo / por las tardes. De enloquecer con alcohol por culpa de la garrapata que se incrustó / en el alma zaherida. De envilecerse a sí mismo, transmutando la ternura de los cuerpos / en crueldad, la pureza de los besos en hipocresía. De ver a sus mayores morir de cáncer, y de que los primeros días soleados / no traigan sino albricias de dolor: un constatar los muertos en las páginas del oscuro obituario de la vida, un solsticio en vez de un equinoccio de sombras. De que las palabras no sean más que fuegos fatuos, aceite que se malgasta en lámparas cuya luz devora la niebla (aspirar, aspirar sólo a consumirse en el fuego del tiempo caníbal). De oír cómo las sirenas de las ambulancias rompen, una y otra vez, la tranquilidad de las noches humanas. De la miseria multiplicada por la miseria que contemplas desperdigada por la urbe y el mundo, verdadera Reina de los alacranes, la usura y el capital. De hallar la palabra traición escrita con sangre sobre / la frente de los hombres. De la cacofonía de las guerras y sus imágenes de mierda. Del puto señorío de las larvas. Primavera negra, ojos cerrados: las hojas de un joven álamo se deslizan como cuchillos por el aire cálido de octubre. Presientes el murmurar de los estudiantes, afanados de lleno / en el vacío de sus vidas: Concepción es una gaviota que se precipita en el mar. Y tú, fastidiado de la inocencia de los ángeles, de los vientos, de los álamos susurrantes, regresas a beber del veneno / de las calles.
“ALLENDE IS DEAD”
21:15/ Animales huyendo de la cólera del Señor del Frío, blue jeans gastados,
el viento que cosquillea entre las nalgas tumefactas –víspera del primer día del invierno, la temperatura de la época bordea el 0.
Nerviosos pasajeros descienden de los autobuses y caminan asustados por las veredas apenas iluminadas,
nerviosos, con la rapidez del refugiado que corre hacia el bunker para guarecerse bajo tierra.
Animales huyendo de la cólera del Señor del Desamparo, sucios blue jeans.
22:36/ Por las axilas de la ciudad se desparraman cientos de graffitis como un sudor ácido que baja por los miembros y emporca la santidad de toda higiene.
El supermercado desgarra la neblina de los neones como un sorprendente Caleuche batiéndose entre las oscuras aguas de zonas abandonadas y eriazos rebosantes de ortigas, sus pasillos vacíos, sus carros alineados por alguna extraña fuerza levitando en los márgenes de la oscuridad,
espejismo inflamado y después consumido.
El aroma de la orina es el incienso que se eleva desde los altares de adobes derrumbados e improvisados estacionamientos.
Calaminas oxidadas en las azoteas, musgo y calcetines perdidos, amarillos titulares desgarrados como islas de un archipiélago de nuestra Terra Australis, las ropas a medio secar flotando en la ribera de la noche
sobre nuestra hambre sin brújula.
08:10/ En los extramuros de la ciudad, la escarcha llena de canas la cabeza de viejos neumáticos abandonados al borde del camino –Pudahuel Sur.
10:32/ La dentadura del tiempo deja su huella irregular sobre las fachadas de iglesias & burdeles.
Cuarzo de mandíbulas apretadas, nicotina de frustrados deseos, larga espera de los juglares en cesantía.
Nudos de perros vagos se adhieren al sueño como costras en las plazas públicas.
Un hombre encorvado barre fragmentos de vidrio y hojas, disimula una nube de sangre como si fuese una mancha de aceite sobre una tersa camisa.
15:22/ El disco solar bailotea tristemente sobre los adoquines, su vigor huye de los ojos eclipsados en los restaurantes, célibes oficinistas, albañiles, estudiantes, ojos como tambores deslizando su tam tam seco por la ciudad.
16:45/ Escozor en las ingles, coitos de púberes entre la maleza de los cerros y los sucios arbustos de la polis sudaca.
17:30/ Los descendientes de Lao Tsé comercian frituras en las calles atestadas de animistas & católicos.
Asalariados sin órbita acampan en un cráter céntrico, restauran los pilares del quebrantado Diego Portales bajo una cortina de chispas y escombros. Así, el concreto de nuestra política futura contiene la cal y el huevo, el barro de los hijos de las uñas de arcilla.
La herrumbre de las puertas dice más de cada corazón que nuestras propias palabras.
Carrocerías tapizan el horizonte a un lado y otro de la carretera
un lado y otro de la carretera.
19:13/ Cubículos, mudos intentando burlar la pantalla vacía para comunicarse con mudos, cibernautas jugando a la pederastia & la aflicción.
20:32/ “Los vamos a cagar” “Guerra entre clases” “Los leprosos” “Fuera de Servicio” “En Jesús todas las cosas son hechas nuevas” “1º de mayo Nada que celebrar” “Mudanzas” “La única iglesia que ilumina es la que arde” “Claro está invirtiendo en ti” “Satán es el rey” “Expendio de bebidas alcohólicas” “Seguridad y confianza” “Para su seguridad este vehículo solamente se pone en marcha con las puertas cerradas” “Farmacias Ahumada” “Internet donde yo quiera” “Cuarto de Libra con queso $990” “401 Maipú las Condes” “Escape” ESCAPE ESCAPE!
23:05/ Demos gracias al Zaratustra de los narcóticos por nuestras noches,
más serenas que un erial.
01:40/ Choros & narcos se disputan los barrios.
El aleteo de una luciérnaga púrpura raja la oscuridad de los callejones.
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