Nihila Catarina
o Las puras de San Leninburgo

(Fragmento)

Joaquín Trujillo

 
     
     
 

"Al fin estás cansado de este mundo viejo
Pastora oh torre Eiffel el rebaño de los puentes bala esta mañana
Estás harto de vivir en la antigüedad griega y romana
Aquí hasta los automóviles parecen antiguos
Sólo la religión ha quedado nueva la religión
Ha quedado simple como los hangares de Port Aviación."

Guillaume Apollinaire, La zona.

 

PERSONAJES

 

Nada Nihilova Jovencita leninburguesa

Katerina Katarova Jovencita leninburguesa

Ivan Nihilov Padre de Nada

Dimitra Nihilova Madre de Nada

Vassili Nihilov Hermano menor de Nada

Amanda Monja benedictina

Leticia Su compañera

Madre Isabel Superiora de Leticia y Amanda

Fray Alonso Cobrador de diezmos

Mademoiselle Bouchon Maestra de francés

Galina Manciaskaia Compañera de Nada

Yevgeny Bobinsky Estudiante de ingeniería

Liubov/ Láquesis Compañera de Nada/ Parca

Olga/ Átropos Compañera de Liubov/ Parca

Erica/ Cloto Compañera de Olga/ Parca

Nibaldo Perfecto

Sigifredo Ermitaño

Bernardino De Guyena Caballero guyeno

Esclarmonde De Foix Perfecta Cátara

Inocencio Iii Papa

Arnaldo Amalrich Líder de la cruzada

El Capitán Segundón de Amalrich

San Francisco Joven de Asís

Luis Xvii Delfín de Francia

El Desorejado

El Desnarigado

El Tuerto

El Manco Mutilados y ofendidos varios

 

Un cardenal (mudo, obviamente), Heridos de muerte, Cruzados, Cátaros, Benedictinas, Invitados, agentes SS, Mujeres, Animales domésticos y salvajes, Hombres.

 

 

PROLOGO

 

Salón principal de una casa burguesa en San Leninburgo, la de los Nihilov, antiguos anarquistas y actuales burgueses críticos de su medio. Decorado sobrio nada característico. Niebla persistente durante los primeros instantes. Al centro hay una gran mampara estrecha y demasiado alta; funcionará como filtro de las luces que se mueven en el supuesto exterior. Un paragüero, a la izquierda, que permanecerá en su sitio durante los trece cuadros que dura la pieza. Acontecen los primeros momentos de la noche. Silencio sepulcral roto por un grito.

 

Grito Femenino: ¡Ah! ¡Muerto está! ¡Asesinado nuestro Zar!

Coro: (A lo lejos.) ¡Muerto! ¡Ignominia! ¡Homicidas! (Murmurando.) ¡Magnicidio!

Zar Azar, zar azar, etc…

 

Silencio. Luego rumor de pasos. Fluctúa la intensidad de las luces que se proyectan a través de la mampara. Zapateo español, golpes de tacos militares, uno que otro clamor casi inaudible. Van proyectándose los créditos en alfabeto cirílico (el que nadie entienda no interesa) sobre un telón para proyección que se descubre hacia abajo, al centro.

 

Persistente lluvia de meteoritos blancos. Iván Dimitra y Vassili Nihilov, amparados bajo un menudo paraguas, corren de un lado a otro esquivando las rocas. Todos visten según la moda de comienzos de siglo XX. Vassili viste más elegante que sus padres. Aunque Dimitra se ve más cuidada que Iván en el vestido, éste último parece mejor alimentado; luce mejillas rechonchas.

Llegada la calma, disuelta la niebla espesa, los Nihilov aparecen al centro.

 

Dimitra: (Alzando la voz.) Estimada y muchas veces mal amada audiencia.

Vassili: Contra la que se han proferido toda suerte de clasificaciones, denostaciones que, por obedecer al mínimo pudor, consideramos irrepetibles en escena.

Dimitra: ...Después de haber hecho presencia de vientos arremolinados de índole tan natural como artificial, se puede por fin afirmar que el mundo no se acabará.

Vassili: (En posición desentendida.) A no ser que un estornudo divino, un excremento lunar o la migración de una bandada de golondrinas cósmicas de aquellas torpes que a menudo vienen a Crimea, acaben con esta civilización mundana.

Iván: (A Dimitra.) Sin lugar a dudas, nuestro hijo sabe cómo expresarse. Ha recibido los beneficios de una lucha que hace un tiempo emprendimos. (Al público.) Puesto que eventos de tal índole son bastante imposibles de ocurrir, se puede afirmar la subsistencia al menos momentánea del Mundo.

(I nterludio musical.)

Dimitra: Con el pío fin de traspasar esta aconteciente Navidad, beberemos vodka y nos observaremos, fija y mutuamente, hasta lograr que cada uno suelte lágrimas.

Iván: (Al público.) Resulta obvio señalar, dado que debéis tener razones para estar allí mirando, que somos neuronal engranaje de la pieza “Nihila Catarina”.

Los tres:

La historia de la que se hará presencia

no goza de indiferencia,

representarla nos resulta esquivo

al prestigio familiar.

Pero como en todos los diarios se supo,

y el Pradva le dio liar,

no invertiremos demasiado esfuerzo

en que comprendáis el comienzo.

 

(Cada cual toma uno de los tres sillones individuales dispuestos en semicírculo, que hasta entonces no se habían advertido como elementos del decorado.)

Dimitra: (Sirve el vodka.) ¿Os parece?... Suficiente, Vassili.

(Primer silencio.)

Iván: Estoy casualmente impresionado.

Dimitra: (Regresando a su sillón.) ¿Impresionado? Y eso, ¿por qué?

Iván: Sucede que recientemente he efectuado una psíquica retrospección, y me he encontrado con que existe un desfalco que alcanza las tres cuartas partes del dinero reunido por mí hasta la hora nona de anteayer, en toda mi vida.

(Segundo silencio.)

Dimitra: (Reacciona muy retardadamente.) ¿No has considerado que Ilya Tesarowicz —tu omnisocio— en un repentino exabrupto, puede haberlo depositado en uno de los frascos en los que su mujer —Masha Andrievna— esconde el jengibre?

Iván: Parece una buena alternativa. Aquella probabilidad es de trece en cuarenta y nueve.

Dimitra: ¿Y cómo supones que Masha no distingue los dólares del jengibre?

Iván: Eso lo deberías saber tú; la conoces. Estuviste con ella celebrando Walpurgis. En Julio de 1876, te largaste acompañada por ella al interior de un vagón de carbón como polizonte a veranear a Messina.

Dimitra: (Humillada.) Efectivamente, eso es verdad, Iván Ivanovich Nihilov, empero aquellos eran otros tiempos en nuestras vidas y resultaba bastante difícil adquirir un billete de ferrocarril. Las grandes damas peterburguesas ocupaban los mejores asientos, sus propios chow-chows lo hacían por ellas. (Meditabunda.) Aquella gente no parecía... pensar. (A Vassili, procurando introducirlo en la conversación.) Vassili, los abedules por la ventana y hermosos jovencitos por el pasillo pasaban imperceptibles. (Volviendo a Ivan.) Resúltame complejo situarme en la posición de aquellas mujeres. Pienso que una ejemplar vida de esfuerzo me ha dado un prisma a través del cual los objetos e ideas se vislumbran semejantes a la realidad... menos aparente.

Vassili: A la regia Nada Nihilova y a mí, no nos ha tocado vivir las tempestuosas vicisitudes sufridas por vuestras vidas. Para nosotros, la anciana Siberia es cosa de románticas y ajenas añoranzas, las persecuciones y conspiraciones, cosa pushkineana.

Iván: (Enfadado, a Vassili.) ¿Qué tonterías hablas chiquillo? ¿Cómo es eso de que Siberia es pretérita? ¡Tu languidez es responsable! ¿Acaso no recuerdas que tras cada esquina, en éste y aquel balcón público, semioculto entre los cortinajes del salón aristocrático, allí y más acá, los buitres zaristas merodean el crúor vivo, su postrera carroña? ¡Oh! Híbrida comparsa tan cortesana como populacha. (Vigilando el rostro de Dimitra.) Cuida tus dichos ante los cuatro vientos del mundo; desconfía del más preciado hombre, del amigo más amado, de la más apetecida genetrix; desconfía del sol, que dicen, brilla diferente para Salt Lake City y Munster. Recelo para tu padre y tu madre —bien pudimos haber muerto en los levantamientos de 1905, bien yacer en una fosa común, siendo nuestras presencias reemplazadas por aquel bulto cosaco-- (Asqueado.) Ah… parsimonia de ademanes como prestos zarpazos.

(Tercer silencio.)

Vassili: (Incomodo.) Ruego disculpar mi estupidez.

Iván: (Con un ademán ligero.) Bah… muchacho. Ve a jugar con Andrei.

Vassili: Gracias padre. (Sale.)

(Cuarto silenco.)

Dimitra: (Rumiante.) Iván Nihilov… (Silencio.) Me temo que no debiste hablarle tan hoscamente; es Vassili Ivanovich un bebe pericón demasiado sensitivo para su edad. Los hijos, por lo general, acostumbran ser semilla más delicada que el fruto putrefacto predecesor. No es aconsejable tratarles como a su edad se nos trataba. No conocen el sufrimiento; desconocen la desesperación. Creen saberse conocedores de todo, sin embargo, terminan por convencerse tarde o temprano. que sus inagotables experiencias son ideas prestadas de gente tan experta como nosotros.

Iván: Sí, lívida Dimitra… es verdad.

Dimitra: (Radiante.) Oh, sí, libido, Nihilov.

(Silencio.)

Iván: Por un momento reviví nuestra existencia revolucionaria.

Dimitra: ¿Y fue por ello qué se te magró el genio?

Iván: El genio... se reestablece cuando me viene a la memoria el “Ruske Eslavo”.

Dimitra: (Obscena.) Oh, tu fulgor al interior de la calurosa imprenta me invadía de lascivia.

Iván: Qué dices, mujer. Estaba pasado de kilos y sudaba como un puercoespín.

Dimitra: (Muy compuesta, se pone de pie.) No deja de ser cierto. Mirándolo objetivamente, los sueños de alguna época, tras una temporada resultan pesadillas… Frase típica.

Iván: (Soltando un ronquido.) Hablando de pesadillas, durmamos, bella.

Dimitra: (Nostálgica. Absorta en sus recuerdos.) Y el arcano Pisarev debió llamarte a la templanza. Eras decididamente un terrorista. (Cae aturdido sobre su sillón.)

(Iván y Dimitra duermen sobre sus respectivos sillones. Vassili regresa.)

Vassili: Hace algunas noches, pasaba yo junto al obelisco de Rumianzaw. Debido a que era invierno apuré el paso pues la lluvia no tardaría en caer. Los estratocúmulos apiñados en el cielo no hacían más que vaticinar tiempo pésimo. De improviso, como zorollo nocturno, apareció ante mí una mujer sexagenaria sumamente desgreñada. Quería decirme algo importante. La boca llevaba vendada, por lo tanto, sacar el habla le era en aquel instante cuestión quimérica. Procedí a quitarle la mordaza y me senté junto a ella sobre la acera. Un policía merodeaba, yo le hice algunas señas para que no se preocupara por mi bienestar. La mujer dijo: “Estoy muriendo de hambre y sed. He caminado desde el golfo de Finlandia; mis hijos y nietos menos fuertes que yo, cayeron en la travesía; algunos encontraron a sus esposas en el trayecto, otros se ahogaron cuando cruzaban los puentes del Neva; también estuvieron los que prefirieron morir presos en los jardines de ortigas del palacio Nicolás Nicolaj; mas yo, yo continué firme, sin transar ante la adversidad del clima, sin mirar atrás. Las estatuas de sal ahora se disuelven bajo la tempestad. Sólo he quedado yo para narrar la historia”. Resulta fútil decir que esta siniestra aparición me dejo más que perplejo. Continué mi marcha, pero la vetusta volvió a la carga, clamando bajo los punzantes goterones: “Si no llevas ningún mendrugo de pan para obsequiarme, o si acaso eres un falaz egoísta de esos que jamás sueltan la hogaza, dame, por lo menos, de beber un sorbo de agua para así no morir deshidratada”. Como se tornaba impetuoso el aguacero, apuré el paso e hice como que la ignoraba, a lo que ella reaccionó, diciendo: “Tu lozanía es cuestión pasajera. Llegará el día en que te abandonará y te acordarás de esta anciana deshidratada”. Con toda la bulla que metía, entré a desesperarme, y para tranquilizar mi conciencia le grité: “Si contra los déspotas se hubiese levantado a su tiempo, tendría usted hoy qué comer y qué beber”. “Te maldigo...”, balbució la vieja mientras el aguaviento se la tragaba. (Sorbe los conchos sobrantes en los vasos de vodka. Y pronto a salir musita:) Feliz Navidad.

(Oscuridad rumor largo de pasos gráciles. Nada Nihilova entra disfrazada de bailarina de ballet portando una candela.)

Nada: (Nótese la forma en que Nada redacta sus frases.) Tan boyante me quedaría, si la candela permaneciese encendida, ante y contra los derrames intestinales y la dimensión de las plumas terodáctilas. Aunque permanezco errabunda cada noche, guardando acaso el temple de la casa; aunque en diversas ocasiones se me ha confundido con un dinoterio o un espectro parecido, se podría llegar a decir que soy una buena doncella. El mundo, por su insensible parte, suele cortejarme. Y qué pérdida de tiempo. (Observando a través de la llama a sus padres.) ¡Oh! Mis padres duermen, pues carecen de insomnio, lo que confirma su ascendencia nada aristocrática. Al principio, mi madre fue la mayor de veintitrés gráciles hermanas, pero cuando comenzó a engordar, la flexible Irina le reemplazó en el cargo. Mi padre... mi padre... No debo ni puedo más que decir: es un hombre excepcional como pocos existen en Nuestra Tierra Rusa. Tan hábil, avezado, colérico y mustio al dormir, debió haber merecido una esposa consecuente, mas no por ello mi madre es menos auténtica cuando de posar frente al espejo se trata. (Rodeando la sala.) Estuvieron hasta muy de madrugada mirándose fijamente a los ojos… el uno al otro… A menudo deduzco que aquello podría tratarse de un melindroso juego erótico… ¡Ah! (Se queda inmóvil.) Hasta la vista. Yo en tanto, aunque soy demasiado bien considerada, me hubiese fascinado haber peñiscado el ojo del Príncipe de Metternich, o en un ataque de piromanía haberle incendiado la teocracia ginebrina a Calvino. (Meditabunda.) Servet hubiese estado muy agradecido... Es reconfortante que los fuegos se trasladen. Me adolezco de las injusticias. (Sobresaltada.) ¡Ah! Mas, qué aturdida. ¡Lo olvidaba! Está por llegar un joven leninburgués que me espía en las calles, me observa en cada una de mis incursiones y que, tengo la leve impresión, persigue el fin de inocular su apelmazada glucosa en mis conductos abdominales. El susodicho estará ante el nuestro portal en cosa de segundos.

(Irrumpe el timbre.)

Nada: (Aparte.) ¿Lo ven? Las parcas son puntuales. (Haciéndose la desentendida.) Oh, oh, oh. ¿Quién llamará a la puerta? ¿Quién de pie aguarda se abran las hojas del Sheol ?

Yevgeny: (Desde afuera, aparte.) Oh, flora y fauna, qué gran sentido del humor tienes. (A Nada.) No me conoce usted. Soy Yevgeny Bobinsky, estudiante de ingeniería del Instituto de Ingenieros de Montes, de esta ciudad. (Tragando saliva a raudales.) Provengo de una familia latifundista de Yevkaterinburgo, descendiente por vía paterna de uno de los ministros de nuestro Santo Rey Alexander Nevsky; y por vía materna, del nieto del tío abuelo primo en cuarto grado del mejor amigo del mayordomo de la zarina.

Nada: Ya entiendo… se trata de una de aquellas aleaciones que incoaron en tiempos de clamor plebeyo.

Yevgeny: (Desde afuera.) Tendría la gentileza de...

Nada: Sí, sí, sí... No faltaba más. (Ingresando la llave en la cerradura.) No acostumbramos a tener esta clase de visitas. (Abre la puerta.) Ingrese sin provocar ruido… nuestra abuela duerme.

Yevgeny: (Entrando.) Perdone una inesperada visita.

Nada: Dispense… Tenemos visitas de esta índole a menudo.

Yevgeny: Necesito robar un minuto del tiempo de la señorita Nada Nihilova.

Nada: La señorita Nada Nihilova suele vivir en su habitación al igual que la Dickinson… Ella duerme... Es que hoy es Domingo y se duerme. Por lo menos así lo acomete la tradición cristiana.

Yevgeny: (Golpeándose.) ¡Oh! ¡Claro! ¡Domingo! Despulpe mi impertinencia. Sucede que mi reloj anda atrasado en un día... Para mi reloj hoy es sábado.

Nada: No se golpee. No observamos tales fechas con la rigurosidad de un...

Yevgeny: ¿Un?...

Nada: (Dubitativa.) ... ¿Puritano?

(Silencio incómodo.)

Yevgeny: (Procurando mostrarse interesando en el tema del reloj.) Para mi reloj hoy es medio lunes. Mi reloj está adelantado en un día y medio. Debido a dicho desfase, me he levantado tan de madrugada.

Nada: Por cierto, realmente es cierto, en efecto, pero sucede que no es la madrugada del domingo la que acontece, sino el medio día del domingo.

Yevgeny: (Escondiendo su confusión.) ¿Cree usted?

Nada: Sí, claro, es preciso, mi reloj presenta un problema de sintetizadores de vibraciones de éter. (Da golpecitos con la uña al vidrio de su reloj de pulksera.) ¿Conoce su reloj biológico?

Yevgeny: Creo haberle perdido de vista. En mi infancia era chiquillo terrateniente.

Nada: Indague en su bolsillo.

Yevgeny: (Confuso y sonriente como todo confuso.) Me extravía.

Nada: (Murmurando.) Ya no interesa… Fue buena broma en una tertulia reciente… Atesórela, déjela escapar en una oportunidad más oportuna.

Yevgeny: (Ríe obligado.) Eso me provoca risa.

Nada: Usted es un caballero… Nada que no fuera un predicador debería causarle risa. (Silencio.) Despertaré a la señorita Nada.

Yevgeny: (Despavilándose.) ¡No! ¡No! ¡No se moleste, no la despierte usted! Yo mismo puedo hacer el trabajo de despertarla.

Nada: ¿Lo haría por mí?

Yevgeny: Y con bastante gusto. (Se dispone a salir.) ¡Espere un momento! (La mira fijamente.) Su pantorrilla me parece conocida. Sinceramente reconozco en usted a la señorita Nada Nihilova.

Nada: (Sonriendo.) Oh… ay… me ha descubierto. Ahora me veré obligada a casarme con usted.

Yevgeny: (Se dispone a abrazarla.) ¿Realmente me deseas como esposo?

Nada: (Imperturbable.) Ni siquiera lo sueñe… hasta la primavera.

(Silencio largo.)

Nada: (Como para entrar en confianza.) ¿Ese papel que trae en sus manos? ¿De qué se trata? (Volteándose.) Ah… intrusa…

Yevgeny: (Rápido.) Se trata de una apasionada y desenfrenada carta de amor…

Nada: ¿Y hacia quien va dirigida? (Horrorizada de sí misma.) Otra vez intrusa…

Yevgeny: Hacia usted.

Nada: (Aparte.) Esto empieza a concernirme. (A Yevgeny.) ¿La enviará por correo o la dejará bajo mi almohada?

Yevgeny: Simularé que la ha traído el cartero para yo mismo entregársela.

Nada: ¿Me la entregará con una estampilla legal o una de fabricación fraudulenta?

Yevgeny: Se la entregaré con una estampilla traída por Marco Polo.

Nada: ¿La sellará con engrudo o goma de mascar?

Yevgeny: La sellaré con la saliva de mi paladar.

Nada: ¿El texto: escrito con tinta china o tinta inglesa?

Yevgeny: El texto, escrito con mi propia sangre.

Nada: La esquela, ¿de papel reciclado o de manufacturación hiriente?

Yevgeny: La esquela de tela de nieve.

Nada: ¿Me la entregará hoy o el próximo miércoles?

Yevgeny: Se la entregaré hoy.

Nada: ¿Me la entregará hoy, antes del medio día o antes de la medía noche?

Yevgeny: Antes de la medía noche.

Nada: ¿Me la entregará hoy antes de medianoche, antes de las diez o las once de la noche?

Yevgeny: Antes de las diez.

Nada: Faltan doce segundos. La hora se ha acercado.

Yevgeny: Eso indica que debo entregársela en un plazo máximo de doce segundos. Segundos que mis palabras reducen.

(Silencio.)

Yevgeny: (Le entregándole la carta.) Ha llegado correspondencia para la señorita Nada Nihilova

Nada: (Levanta la mano.) Esa pretendo ser yo.

(Silencio largo.)

Nada: Hummm... Qué extraño... La misiva no lleva el timbre de la agencia de correos del Zar. Hummm... Pero qué pena no podré abrirla, pues podría contener un ramo de cardos plásticos. (Devuelve la carta a Yevgeny, con presteza.)

Yevgeny: (Agachando la cabeza.) Tendrán que revertirse estas ofensas. (Queda al centro tan inmóvil como una estatua.)

(La luz natural se enciende y apaga en repetidas ocasiones. Los Nihilov continúan durmiendo. Al cabo de un instante Dimitra se pone de pie.)

Dimitra: (Enfadada.) Hace más de seis días, tres horas y cuarenta minutos, que aquel individuo no deja nuestra casa. Se hace difícil el aseo y ornato de la misma. Además; y que me corrija quien no cree en la dificultad que merece el tener un mancebo en flor de edad, observándome distendidamente día y noche como eje de la casa. Comienza la mente a efectuar todo alcance de divagaciones. Es decir, inferencia de proporciones corporales, cantidad y distribución del incipiente vello... El riguroso traje aporta misterio al asunto. Mejor me comprende aquella dama sexagenaria.

Iván: (Poniéndose de pie.) Así es… Hace seis días, tres horas (Consultando su reloj de bolsillo.) …y cuarenta y un minutos con siete segundos...

Dimitra: Querrás decir: ocho segundos, querido.

Iván: Más preciso sería decir: nueve segundos, amada.

Dimitra: Diez, resulta todavía más probable, elegido.

Iván: Once, dadas las circunstancias, helada.

Dimitra: Doce, si sumas nuestra verborrea, iniciado.

Iván: Trece, si desestimas los husos horarios.

Dimitra: Catorce, pues avistamos los márgenes de error de aquel reloj tuyo.

Iván: Pero... es un reloj suizo auténtico.

Dimitra: (Silencio.) Yo te lo obsequié en tu cumpleaños número sesenta. Debe ser por ello de bastante calidad.

Iván: ¿Sesenta? Eso nunca. Si la elipsis terrestre se prolongara, yo sería menor.

Dimitra: Sucede que la elipsis permanece idéntica para todos los mortales.

Iván: En mi caso se habría acortado…. Bah… (Como dando un discurso.) Los cumpleaños son cosa pagana. Invención de la Roma decadente durante la pandemia cristiana. Cosa banal. Además…

nada: (Entrando.) Nuestros vecinos andan rumoreando que tenemos un cadáver en nuestro living room y que le hemos asesinado, autopsiado y rellenado con esferas de caramelo. Pero yo he argumentado que ello no es posible, pues el caramelo —a causa de la universal revolución proletaria local— está muy caro y las hormigas se lo devoran en un abrir y cerrar de ojos. Las obreras hormigas… la reina no trabaja, la muy patana. ¡Ah! Hablando de obreras: recordé que unos obreros muy amistosos me invitaron a integrarme a un nuevo partido que desea la igualdad de los hombres. Los integrantes de dicho partido se llaman “comunistas” y ellos me han entregado un carné que me acredita como miembro del grupo...

Dimitra: Esa sinagoga rugiente no es nada novedosa.

Iván: (Rugiendo.) ¿Qué? ¿Qué es lo que dices chiquillo necio e irresponsable?

Vassili: Muéstranse a veces inexpresivos. Estuve observando fijamente a un camarada… no mostró reacción alguna.

Dimitra: ¿Camarada, dices? El niño parece compenetrado.

Iván: (Furioso.) Dimitrushka, ¿no le tomas el peso a tal desfachatez?

Dimitra: (Enfureciéndose, a Vassili) ¡Vete a tu cuarto!

(Yevgeny se mueve.)

Dimitra: ¡No! ¡Tú, no! ¡Vassili Ivanovich!

Iván: Hijo de mis redes nerviosas, cuando saliste del vientre de tu madre supe que ella no había dado a luz sino a abisal oscuridad, pues tu mirada se me reveló como una presencia siniestra. Supe de inmediato que serías tú quien traicionaría los valores familiares. ¿Es qué no aprendiste a valorar la educación distanciada que te dimos con tanta dedicación? ¿Se te ha olvidado que nuestro proyecto de familia era no creer en nada y esparcir la no creencia en nada por donde quiera que fuéramos? ¿Se te olvidó que el culto a la nada es nuestro evangelio? ¿Que tanto amamos la nada que, en honor a la nada, llamamos Nada a nuestra hija Nada, tu hermana? Ella ha resultado ser una muchacha ejemplar, fue creada para asesinar al Zar y sabemos que llevará a cabo su preordenamiento. Ella es realmente Nada. La nada es limpieza total, el no aferramiento a nada. Te has involucrado con gente que persigue ideas…cositas… cosas… la cosa es la corrupción de la nada. ¡Oprobio! Ellos pretenden colmena para un mundo que tiende a la individualidad, un mundo que, en síntesis, busca una paja en un pajar de diferentes pajas buscadas. (Señalando a Dimitra.) Tu madre se ve muda de impotencia, no encuentra medio de reacción, fue ella quien me entregó la nada como forma de culto. Se muestra imperturbable… considera imprescindible protegerte de mi supuesto carácter grotesco. Pero yo soy recto, disciplinado en la no-fe, en la no-búsqueda, en la no-verdad, no-norma, no-utopía.

Dimitra: Hijo mío: Mira a tu alrededor: (Señala los artefactos domésticos.) ¿Ves? No existe nada. Tu conciencia es una sugestión de células esquematizadas en una modalidad que tu propia sugestión llama “organizada”. Debes escapar de la ignominiosa negación de la nada que has cometido. Comienzas a involucrarte en este sueño colectivo.

Iván: No eres más que un cedazo. (Aparte.) Muchacho imberbe. Debería lanzarte a la hosca parrilla pública de la commune .

Vassili: (Lloroso.) Se me ha explicado que “La nada” solo pertenece al planeta de las ideas. Porque en el instante que “es” nada ya “es algo”, cualquier cosa, un alfiler, un paracaídas, un estuche de maquillaje. (Victorioso.) Entonces no es posible la existencia de la nada.

Iván: Ah. ¡Oprobio! Díscolo dialectismo. Solo los comunistas pueden manifestar soserías semejantes y quedar impunes. ¿Que la nada pertenece al planeta de las ideas? Pues la ciencia siempre demuestra lo contrario que el sentido común profesa. Por este último, los griegos se dejaron guiar, convirtiéndose, luego, en el hazmerreír de los científicos modernos. Así, por lo menos, en Instaratio Magna .

Vassili: (Tratando de ordenar las ideas.) ¿Dices padre que las cosas suelen ser lo contrario de lo que parecen?

Iván: ¡Y viceversa, hijo mío!

Vassili: ¿Aquello no se neutraliza?

Iván: Jamás. El motivo: Lo aleatorio se incorpora.

Vassili: Pero Marx parecía muy convincente.

Iván: Cualquier judío, hijo de burgueses, sentado junto a la chimenea de su apartamento con un jilguero ario a su lado anotando cada suspiro de divagaciones y recibiendo el dinero fruto de la explotación de la cual mucho se adolece, puede llegar a concebir grandes tonterías que a todos se mostrarán como grandes aciertos. (Aparte.) Y que también, por desgracia, puede hacerse receptor de las almas agotadas por antañas utopías.

Vassili: Se me dijo: “¿No sería un romántico acontecimiento presenciar a Luis XV redactando “Le contrat Social”? Algo semejante hizo nuestro Marx”.

Iván: ¡Pero qué bestias! Y que sentido de la estética. Ello sería una catástrofe de proporciones.

Dimitra: ¡Hijo olvídate de Marx!

Iván: Sólo es un semita alquimista. Su sangre acostumbra a pensar lo impensable.

Iván y Dimitra:

Todo es haraganeo.

El sujeto se objetiva,

el objeto, subjetiva.

Un trocito del objeto

y otro grande de sujeto.

Enajenado yacen todos

chapoteando en todo lodo.

Qué sera una ideología

como objeto producida,

donde no se ve carroña

sino alineación ponzoña.

Conoce al dental cepillo:

Fin de un mal ya conocido.

Dimitra: Olvídalo.

Vassili:

¿Cómo voy a olvidarme de Marx,

si cuando en torno mío desfilo

aún sus demonios hilan manjares sibilinos?

 

¿Cómo olvidarme, si la tarde al fundirse

aletarga los pétalos en sus químicos marchantes?

 

Y me dices que convertido está en un clásico interesante,

un lomo ajustado en las iluminadas estanterías,

tan perdido y abierto como un texto sánscrito,

tan numerado entre feroces títulos.

 

Estás hablando de que su propio veneno le inmovilizó

cuando las bestias que le prueban braman furiosas.

 

Yo quisiera arrancarle de raíz,

extirpar su tumor filoso,

liberarle de su dialectismo y lanzarle al viento que calma,

de modo que la tierra abrace en silencio.

Mas, no puedo… crucificado va y grita

y al creerle en silencio sus alaridos vuelven

a intranquilizar mi alcoba.

Ruge tras las peceras, los rinocerontes y las lagartijas,

la luciérnaga que alumbra la noche de su barba,

circula sobre la celda,

enseña su lengua y me replica con maniática dulzura:

 

Señor, no saben lo que hacen.

 

Dimitra: (Con un lamento reprobatorio.) Y ahora osas mencionar a “Dios”.

Iván: “Crucifixión, perdónalos, celda” Percibo cierto color cristiano.

Dimitra: (Furibunda.) Ideal ascético, Ivan Ivanovich.

Iván: Debe de hacerle falta una dama.

Dimitra: ¿Dama? Damas ni que nada. (Resuelta a Vassili.) Hijo... reconoce la perversidad.

(Silencio lento y angustioso.)

Vassili: Les he traicionado.

Dimitra: (Emocionada.) Una esperanza. ¡Una luz! Al final del túnel… una llama, una antorcha que viene y se dilata parpadeando. Corre hacia ella. Confía en lo expedito del trayecto… no existen obstáculos en los que puedas tropezar… a cada paso adquieres un segundo adicional de confianza y corres y sales y eres... /De pronto, decepcionada.) Vamos alarga el tranco.

Iván: Ve hijo y limpia la corrupción de la nada que hay en ti.

Vassili: Pero, ¿cómo se podrán limpiar las manchas de la nada? ¿Qué podría limpiar a la nada?

(Silencio.)

Iván: Hijo… existe algo que puedes hacer para borrar tu mal proceder.

Vassili: Dímelo, padre.

Dimitra: (Desesperada sin moverse de su sitio.) ¡No, Iván Teodorovich Nihilov! ¡No se lo digas a Vassili Ivánovich!

Vassili: Madre, cállate.

Iván: (Pronunciando las palabras como rocas.) Debes morir por tu propia mano.

Vassili: (Abriendo los brazos.) Debo pagar las culpas.

(Vassili se ahorca con sus propias manos. Dimitra llora en los brazos de su marido que sonríe. Luego, como en una liturgia, dicen:)

Iván: El hijo es sano.

Dimitra: El hijo es sano.

Iván: Tan libre como al principio.

Dimitra: En el instante de la concepción.

Iván: En el instante del parto.

Dimitra: En el instante de la concepción

Iván: Ha efectuado sus estudios en una universidad de prestigio.

Dimitra: No ha probado drogas ni estupefacientes.

Iván: Ha desarrollado un hobby con la calidad de un experto en el ámbito.

Dimitra: El hijo consiguió un excelente trabajo en la decimotercera oficina de la novena planta de un edificio neoclásico en los suburbios de San Leninburgo.

Iván: Abrázame, Dimitra.

Dimitra: Te abrazo y estoy inquieta por lo que nos pueda ocurrir en el futuro.

Iván: Todo mantendrá su curso.

Dimitra: Ay.

Iván: Más vale callar y conservar limpia nuestra acera de hojas secas.

Dimitra: (Va en busca de dos candelabros que pone junto al cadáver.) Y pensar que frente a él temblaba tutta Roma .

Iván: (Grotesco.) ¿Qué diablos dices?

Dimitra: Oh, nada… ¡Adiós sospechas! (Se muerde el labio. Después, orando.) Diosa de la nada, a ti hemos ofrecido nuestro hijo Vassili Ivanovich Nihilov, que pagó con el sacrificio del fin de sus angustias el errado proceder que cometió al traicionar el culto al que nuestra familia se ha dedicado. Amén.

Iván: Amén. Y que la ignota naturaleza se ocupe de remover sus restos.

(Entra Nada acompañada de Galina Manciaskaia.)

Nada: (A Galina.) Galina, no hagas mucho ruido… mi abuela está durmiendo.

Galina: (Aparte.) Tu casita está cargada de cositas raras.

Nada: ( A sus padres. Les señala a Galina) Padre y Madre, ella es Galina Manciaskaia… una compañera del Instituto de señoritas de San Leninburgom lugar al que, cómo ya estáis enterados, vosotros me enviáis desde que no tengo conciencia de ello.

(Iván y Dimitra se acercan y cuchichean.)

Dimitra: (Sonriendo.) Si me la topara en una avenida céntrica, diría para mis adentros: Es buena mocosa.

Iván: Por cierto, parece una buena mocosa.

Nada: Ella ha estudiado la teosofía con Elena Blavatsky.

Dimitra: (Dubitativa – Luego:) En lo sucesivo, esfuérzate por no ser la más recurrente de sus amigas. Madame Blavatsky es una mala referencia para la percepción del medio que tiene nuestra familia.

Galina: (Con la intención de responder a Dimitra.) ...Si usted me disculpa... Madame Blavatsky...

Dimitra: (Cada vez más sonriente.) Me temo que no podré disculparte… tengo asuntos que resolver con mi esposo Iván Nihilov, al cual puedes ver en la fotografía (Señala una fotografía de Iván cuando niño al fondo del salón.) y en carne y hueso. (Señala a Ivan.)

Iván: (Tocando su barriga.) Más carne que hueso.

Nada: (Entre dientes.) Tus bromas apestan.

Dimitra: (Poniéndose seria.) Nada, yo y tu padre te dejamos, vamos a crear un nuevo hijo pues el hermano que solías tener ha rectificado sus culpas dándose muerte a sí mismo.

(Dimitra e Ivan salen.)

Galina: (Distante.) Siento tu dolor.

Nada: Sí… eres muy sensitiva.

Galina: Veo que mi presencia se hace molesta, dadas las circunstancias.

Nada: En lo absoluto. Puedes quedarte mientras no causes demasiado ruido.

(Silencio incómodo.)

Galina: Al contrario de las bulladas teorías evolucionistas de Charles Darwin… tenemos la impresión de que el mono es un ser humano pervertido.

Nada: ¿Pervertido por la posibilidad de imaginar una cosa tal?

Galina: (Altiva.) Pervertido, Nada

Nada: (Inexpresiva. Se aproxima al cuerpo de Vassili.) ¡Ah! Amado y jamás bien encausado hermano… Estás herido de muerte y mi rostro muge llorando por ello.

Galina: (Inclinándose.) No está nada mal.

Nada: Galina Manciaskaia… es un muerto. No lo mires como objeto de deseo carnal.

Galina: Y eso, ¿por qué, Nada Nihilova? ¿Dejan de ser los muertos atrayentes por el solo hecho de estar muertos? ¿Se inhibe el sublime apetito cuando la moral se escandaliza sentada en la letrina de las virtudes? Es más: ¿tendría la obligación de percatarme si el vehículo de mi deseo es vida o muerte? Por otra parte: Si lo hago, ¿en qué te afecta, Nihilova? ¿Tú no crees en nada?, ¿no es así?

Nada: Sí... Sí… Tienes razón… pero su existencia esfumada está. Debe respetársele su distancia.

Galina: Te equivocas, querida, está más presente que nunca.

(Silencio.)

Galina: (Rápida.) ¿Nunca frecuentaste nuestras sesiones? Existen cada vez maneras más efectistas de realizarlo. (Se desploma.)

Nada: (Impertérrita.) Galina Manciaskaia… mientras tomas una siesta iré de compras. (Se dispone a salir.)

(Galina se menea con frenesí. Nada se voltea para verla.)

Nada: ¿Galina? ¿Qué es lo que te ocurre? Galina… llueve afuera y espantas a las aves migratorias. Galina… copulan mis padres y tu ajetreo les desconcierta. Galina, detente… cruje el piso, la abuela duerme… las ratas gruñen en sus agujeros y mi corazón palpita. ¿Galina? ¡Galina!

Galina: (Yendo altiva hacia Nada. La besa y habla discretamente.) Soy Ahriman, el diablo babilónico… el desertor de los cielos, el forjador de los infiernos, el pronosticador de las tragedias helénicas, el hacedor de vanguardias y reformas. (Ríe.) ¡Algo existe después de todo, preciosa, y aquello no es precisamente Dios! Soy el creador, la obsesión por hacer el bien, la angustia del ser que he creado.

Nada: (Burlona.) Y dime, Galina, ¿cómo es que Dios no te ha dado un carnaval de puntapiés?

Galina: Es que es un veleidoso. Antes de crear este planeta dejó abandonados cientos de experimentos fallidos o paraísos a medio terminar. Seres que se devoran el cuerpo entre sí, y, al mismo tiempo, se regeneran, sin llegar jamás a morir. Vuestra raza es uno de sus descuidos. Pero ustedes han tenido suerte, porque les ha dado el don de morir, después de ensayar mil veces la fórmula para hacerlo. Duna vez se ha deleitado en la confección de sus artificios, se incomoda por los defectos que en ellos halla —pues peca de preciosista—; pasa, entonces, a merodear en otros espacios caóticos donde también procura dar un orden aparente. Se decepciona, se retira. Yo, como buena hiena, recojo los restos, les doy una organización, les hablo de Estado, naturaleza y otras niñerías, y con ello las criaturas encuentran el gran fundamento para eliminarse entre ellas, aportando a la desintegración. He presenciado innumerables veces la misma palabrería… Todo acaba con una gran explosión, justo cuando repuntan las bolsas de valores y las ideologías se mesuran.

Nada: Debo decir, Galina, que tu juego se torna sicalíptico.

(Temblor en el salón. Galina se eleva, se genoflexta, se arrastra y sigue a ello un ir y venir del suelo al techo.)

Nada: (Mostrando temor.) Excentricidades... ¿Qué es esta ingrávida? Esta timorata de los principios físicos. Se hace urgente buscar ayuda... Afuera.

(Galina levitante se traslada boquiabierta en torno a la impávida Nada.)

Nada: Tendrán mis padres que explicarme esta estrafalaria.

(Entra Katerina.)

Katerina: Iba junto a la fachada de vuestra habitación y oí lluvias y alboroto avícola, copulación antigua, danzas, crujidos de pisos, ronroneos de abuelas, gruñidos de ratas en los agujeros de un corazón. Entonces vine trayendo mi ayuda.

Nada: (Comenzándose a impacientar.) ¿Y tú? ¿Katerina? Katerina Katarova.

Katerina: (A Galina, dibujando figuras en el aire.) ¡Detente Bestia!

Galina: (Poseedora de un timbre punzante.) ¡Buh! Katerinushka Katarova... Exotericus ...

Katerina: (Alzando la voz.) Bellum exortum est ...

Galina: (Perdiendo el equilibrio.) Dempto capite!

Katerina: (Genuflextándose y alzando los brazos.) Exoro Agnus Dei ...

Galina: ¡Exsecratio! (Desplomándose.) Casta...

Nada: ¿Es este un duelo de brujas?

Katerina: Huye adefesio rebelde. Extermínate. Sal de la alcoba, el antejardín, las avenidas de Rusia… sal de la esfera girando.

Galina: (Presa de convulsiones.) ¡Oh! Hieres mis entrañas.

Katerina: Señor mi Dios, detén los ensañamientos de esta súcubo.

Galina: Ah... (Se va arrastrando en dirección derecha.)

Nada: (Que se ha quedado inmóvil.) Oh, Katerina Katarova, a quien he considerado la más torpe y risueña de mis compañeras… hoy mi vida has salvado y has ingresado en mí el germen de la duda. Todos los firmamentos se abren, las compuertas, las manzanas confitadas, los hilos dentales que se trenzan, todo desnudado ante mis ojos castos de horror. Todo está confuso, irradiado por una bruma desconocida hasta ahora. Tendré que acudir a la detestable credulidad para conservarme en pie. Hoy he descubierto a Dios y todo se vuelve confuso.

Katerina: A un demonio has conocido, por eso infieres la existencia de Dios, pero resulta más apropiado conocer a Dios a través de Dios que de Satanás.

Nada: (Muy perturbada.) ¿Cómo es que detienes aquellas extrañas fuerzas? ¿Por qué hablaste en latín?

Katerina: Es la lengua de los juristas, curas y demonios.

Nada: (Tratando de ordenar las ideas.) ¿De dónde adquieres la fuerza?

Katerina: De la fe que profeso.

Nada: ¿Cuál fe?

Katerina: Soy una cátara. “Iglesia de los buenos cristianos”.

Nada: Sin embargo, esa turba de maniqueos hace mucho que fue aniquilada.

Katerina: Eso fue lo que se dijo.

Nada: No quedan más de algunas ruinas del medioevo, en Languedoc, que testimonian su existencia.

Katerina: San Leninburgo guarda entre sus edificios una pequeña congregación de ellos.

Nada: ¿La ciudad? ¿Y desde cuándo?

Katerina: Desde hoy.

Nada: ¿Hoy? ¿Quiénes la integran?

Katerina: Dos jóvenes mujeres.

Nada: Tú debes ser una... ¿Y la otra?

Katerina: La otra eres tú.