LA PALABRA Y EL SILENCIO
I.
Fue la Palabra la que aleteó desde el principio.
Cuando Ella lloró,
de su boca se escapó el Silencio;
entonces,
la Palabra quiso hacerse Dios
y dejó al Silencio en su revoloteo inquieto.
II.
¿Alguien recuerda el momento de la duda?
Dios no creyó en la mano con la que escribió el mundo,
su letra era tanto fuego
que tuvo miedo a morder otra vez la roca:
Cronos le enseñó cautela.
Por eso la serpiente cayó al suelo
por eso el arrepentimiento
el destierro en el que estamos.
Entonces,
la Palabra no quiso seguir siendo Dios.
III.
El Silencio siguió con su aleteo transparente,
vio en el agua su figura exquisita
y comprendió que la belleza eran sus alas.
Se dijo: “no habrá más que volotear para que la luz se haga”;
para entonces,
la Palabra había actuado,
ya era tarde:
el hombre daba sus primeros pasos.
LA DERROTA
Luciérnaga,
una luz echa pedazos,
fracaso de iluminar la noche desde una pequeñez transitoria.
Yo entiendo la derrota.
Volar, y en el vuelo escribir un verso
es la ingenuidad que el diáfano corazón pretende.
Pero amamos la derrota
como la Oscuridad ama nuestro intento.
Ella es la amplitud que deberíamos:
aunque no lo quiere
nos ahoga en un profundo abrazo
y nos hunde en nosotros mismos.
Poeta y luciérnaga repartidos en centellantes trozos de amargura
abalanzándose hacia donde no alcanza la memoria
y viviendo en el equilibrio que la razón obliga.
Una tregua antes de la locura,
un paso antes del caos en que arderemos,
un castigo por no creer en nuestro vuelo.
ESPACIO DE AGUA
A media luz se distingue la curvatura de la cama,
el espacio vacío donde hubo una mujer
y donde hoy cabe la angustia de cerrar los ojos.
El abandono fue también la delgadez de un cabello,
uno que intenta devolver el tiempo
y repite apenas la fragancia del océano.
Una cama no recuerda nombres
pero sí la violencia del oleaje;
un cuerpo estrellándose en otro cuerpo
y después la calma del mar arrepentido.
Una cama no recuerda nombres,
pero sí el cansancio de haber nadado juntos:
la humedad,
ese espejismo de piel repercutiendo.
Los mares seguirán abriéndose,
aunque en ese espacio cabe sólo una mujer,
una única mujer,
esa furia de agua que inundó el vacío.
Gonzalo Gálvez
Poeta Chileno