Lengua ósea

pocas certezas para tu oráculo según la niebla
el vestigio de madre todavía petrifica su margen
en el tacto invicto de unas manos que recuerdas
en un olor irreal que se te cuela desde el cantar oblicuo de un torrente
que no fluye sino desde la identidad y la memoria
y no marca sino el eco repetido de su misterio

como el hueso que se reclina ante la noche y transfigura lo que tiene de inmortal 
y se demora se demora pero acepta lo que tiene de abismo

su plenitud y su vacío esa nada 
escrita en las cuerdas inmóviles de médula que ardía

y aunque el empedrado fija el hastío la amarga devoción abre las alas en el fango 
y tú recoges la memoria tu memoria la inútil herida 
que el tiempo acoge y moviliza el látigo arrogante de una piel que fluye 
entre la similitud de su carne y la sombra de las cosas que ya no son

arenas cristales enceguecidos por el odio
muros de ruinas desiguales que fluyen enmohecidos con la niebla
escalones que parecen brotar de una carne que no es carne ni especie

muslos que disparan roce y destrucción por mandíbulas elásticas
por falanges de histeria y clavículas enormes que se roban la luz
de balas que ya fueron disparadas en un futuro cercano
por el fuelle que finge en su resuello y su ahogo

por pechos que respiran en la fosa
la cal la calvicie la calma de las horas

pero el tiempo es algo más que esos pétalos secos?

es algo más que ese carrusel de sombras 
donde ni siquiera distingues el aullido de los rieles?



es algo más que el precipicio errante que te siguió desde mañana?

algo más que las piedras que te rozaron?

más que la calavera?

la ósea
el esqueleto que tú eres
el hueso que no es otra cosa que tú
y los sueños que a ratos ruedan por tu carne

la longitud de tu imagen
el diámetro borroso de tu reflejo
el límite del antifaz que te pudre en la sombra

la ósea la otra
la que embiste su monotonía de cumbre
y es más real que lo más real de ti

la que perpetúa la que arrulla
la que restriega su baba dolorosa delirante y nunca sublime 
la que trepa por un enjambre de bocinas y acorrala al silencio
y le habla de ti y deletrea en él tu ausencia
y alega entre el guijarro y su fábula
enderezando la miel de sus pétalos sin sangre
y te sitúa en la ceguera de unos días que no llegan

agrios roncos de ser en la agonía que el tiempo nos agrega
sin máscara con el estrépito de esa huella en lo sexual de nuestras sienes

ella irá a la metafísica de unos párpados que ya no habitan
dialogará terca con el vacío y su fuga habitará el germen de la espera 
será espera se estrellará entre tu espejo y la aliteración de tu espejo

será especie en la esperma la espesura
la esperanza en la alabanza del reflejo
la que abruma la que danza en la balanza de lo ajeno
la que triza trizaduras que a lo lejos le aletean al espectro



la que rasga la que hiere lo longevo de este hueso
de este trozo esquivo de misterio la que estriba la que arrastra
en el umbral de la memoria la que inflama el maldecir de todo esto

de lo que persigue al tumulto del aire 
que se estanca en la mirada y la piel de este rigor de la carne 
tan ajena a la ferocidad que uno presiente en el mármol detenido del torrente

el mar el mar el mármol
ese relámpago hecho piedra en la cópula dura del marfil

la ceniza en la transfiguración de tus ojos por secas cuencas vacías
la tibieza en la rótula que arropa al engranaje de nuestra finitud

el fluido de esta carne ajada lo acuoso
de esta lengua efímera y carcomida castigada en su fin
el pellejo deshecho por las horas
la maquinaria infinita de nuestra liviandad
la arruga convertida en volátiles arenas
los párpados un liviano polvo blanco

pero no lo mío es el tatuaje

la marca de unas cuantas palabras teñidas de tristeza
el aliento en el cristal que va en nuestra memoria
vagando y sonando en el límite de lo que amamos

en el límite del tiempo que limita con nosotros
con el tibio reflejo de lo que fuimos con el hueso terco 
que nos habita y clava el antifaz que nos perdura

porque perdurar es -además de perdurar- lamer las costras del silencio

y mi hueso es el silencio derramado en su eje
la nada simulando el estrépito de una sílaba muda

el polvo mísero de un exceso del ser




el remolino de su longevidad que evita las esquinas y las sombras
en el túnel ebrio de su voz la vejez que es piedra cuando canta
porque se empieza a ver el mundo que no se ve el hueso el espíritu
la máscara escondida que aguarda en el tiempo

porque el tiempo es el sedimento que amamos
en la fisura de un dolor que se aleja

ese aullido en la memoria que es nuestra sin serlo

la luz de un susurro que nos guiña

el gemido y la herejía 
de esa sombra sin ojos en la que vamos a medir -tensamente- 
el reflejo tardío de una tregua en el calor con que se va a pudrir esta lengua 
-inevitable- o la osamenta intacta de nuestra eternidad

así desnudos como estamos con la ferocidad del instante 
de esta lengua ósea que galopa en su finitud que quiere ser y no puede
y se revuelca en su plazo con amargura y desdén

no exijo no navego en lo que no veo
no escucho el río con tanta bruma no abro los ojos a ese rigor
ni explico el espectáculo de haberla visto tan herida

porque no nací a los 33 años el día de la muerte de ninguna madre

no nací cuando las cicatrices de su memoria
recolectaban en el calor de mi mano el último vuelo

no nací presintiendo que en las nubes -como umbrales- se escribía el futuro 
ni arremetí por la figura de una líquida oscuridad ni fui silencio

no fui llovizna ni silencio

no nací detrás de mi recuerdo con tanta sombra
y así -sin más necesidad- yo fui en mi corazón y en el tuyo
una función de pétalos en mitad de una epístola



yo fui la cruz donde mi sangre y la mitad tuya
cayó derramada en un exceso de ausencia 

yo desnací por la misma inmediatez que perduró en tu silencio
fui la cicatriz de tu parto me oyes?

me formé en el eco perdido de tu mudez sin tiempo
me formé en el calor del lecho que nunca tuviste
y te perduro -ósea- te arrastro

así en el reverso de esta herida blanca
la luz deambula por tu nombre
y aletea en ti el fulgor de una calle que olvido
y te desangra el ruido de este lápiz que arrastra tu sueño
volátil hembra tejida en la noche
retrasas la sombra extraña y calavera
te ciñes al velamen de la envoltura humeante de tu ojo
enciendes la penumbra de este ajetreo y -guijarro-
resbalas entre la mano y el reflejo de la mano
y tu caricia arrima al día y a la envoltura trágica del día
y tu jadeo se convierte en una súplica tan llena de luz

dejo el tiempo en tus párpados dormidos ya de tanta espina

me abandono a la ferocidad que teje tu ojo
al racimo de pétalos que giran por el aire
distingo el número de tus respiraciones

me vierto de olvido en tu recuerdo
y te acaricio envuelta como estás
y me vuelvo imagen y voz mortaja
agrio espejo de tu ahogo cardumen irreal de tu hueso
en la apariencia de esta carne que arrastra su arrojo
por la mudez de tus órbitas secas

pero no la nostalgia no el porvenir
no el lloriqueo fácil de liturgia ni la máscara
para esta náusea que circunda a la carne



para este ir efímero que se nos va cada noche
arquetipo en la desnudez de nuestra memoria
máscara sin luz para el dolor aleteo sin sombra en el mito

no al simulacro que nos desnuda y nos ciega
nos anuda y nos mece para todo lo que huele a río 
en el trance de mi voz y tu voz

no a la réplica del péndulo que extingue nuestro roce
y tu mirada y tu vejez y tu fuga