Campana de viento
Por el campo verde
la llanura extiende
el verdor
de los naranjos en flor.
El río fluye cristalino
al pie del viejo encino.
Reposa
en los ramales
la pícara mariposa.
¿Qué sería otra cosa?
En el campo verde
de nuestra casa
el limoncillo crece,
el grillo salta.
Por la rendija
entra el cien pies
y la asustada lagartija:
el sol toma por sortija.
Entra el alacrán
con la cola doblada
y las tenazas en alto.
Entra el escarabajo
a darte los buenos días
con el run run de sus alas
y su oscura caparazón.
Entra la luciérnaga
con su lámpara encendida.
Entran las palomas
en busca de arroz en el lavadero.
Entra el conejo que viene cojo
de la llanura. Que sube a salto
por el cerro Mactumactzá.
Por las ramas de la encendida bugambilia
entra y salta al tejado el gato.
Maúlla.
Desde el jardín donde crece la milpa,
ves cómo se desmaya en polvo el atardecer.
Desde el jardín donde turba el viento
ves cómo cae horizontal la lluvia
y corona de relámpagos al Cañón del Sumidero.
Su velo de agua viene en veloces relámpagos,
en jirones entra.
Entra el sol a golpe,
se amotina en la recámara.
Tu sombra trasluce.
Un rumor de alas a sobresalto te despierta.
Una paloma blanca atisba el amanecer,
canta, esponja la cola.
La araña deja su hilar,
la hormiga su carga,
la salamandra su presa
para saludarte en la cama
donde reposa tu sueño.
Viene del monte el mosco,
del rosal viene la abeja,
del estanque la libélula.
Viene todo insecto alado
-hasta el saltamontes-
a danzar alrededor de la lámpara.
Viene de la montaña el viento
que entra por la ventana de la cocina
y se cuela hasta tu cuarto.
Viene la lluvia sonando sus tambores
en el techo de lámina.
Todo insecto zumba, revolotea
en los bombillos encendidos de la casa.
Ahí encuentran la muerte.
¡Qué extraño ritual a la luz!
Lluvia en ruinas
Llueve
la ciudad resquiebra sus torres de polvo
bajo el relámpago
Llueve
la tarde se pierde en un largo bostezo
Llueve
la ciudad se derrumba
cae derrotada bajo torrentes de agua
Llueve
calle abajo retumba el arroyo
Llueve
viene a galope largo
la portavoz de los venenos
Llueve
la lluvia en su lomo lleva
el color de las piedras desenterradas
A filo de espada
se despeña devanada
Llueve sobre la cara de los muertos
Llueve
llueve
llueve
Larga lluvia
Tormenta de ortigas
Llueve
rumor de cristales rotos
el agua rodando piedras.
El amor es un sol de mediodía
Tendida en la afilada piedra del mediodía
tu desnudez me asalta.
Como un pañuelo húmedo por la ventisca,
acariciado por los dedos del mar,
tu cuerpo se tiende a mi lado.
El viento
erige columnas de sal en tus muslos.
La arena esculpe tu espalda en la playa.
Eres el golpe de la espuma,
la ola reventada
en un sol de mediodía.
Rubén De Leo
Chiapas, México. Poeta y periodista. Ha publicado varios libros de poesías entre ellos Latir del Tiempo, Desde la lluvia, El amor entre líneas, Liturgia de los misterios cotidianos y Sal que triza, con el que obtuvo el Premio Estatal de Poesía (Chiapas, 2002). Actualmente trabaja en la radio y televisión de Tuxtla Gutiérrez, como periodista cultural e imparte talleres literarios en la Casa de la Cultura.