Invocación De las infantas –la no olvidada– porque las manos abiertas contra el cabello son la molesta caricia que reclama, las únicas que salpican de sombra esta luz inmediata.
No fue prevista entre mis poros, se tejieron las migajas hasta formar el cuerpo, pero eso sí, en otras capas con otros sudores y decires que me son ajenos. Su carne blanda y pálida se bañó de sangre entre otras piernas. Y así, saliendo a la luz tortuosa de gente enmascarada se desgarraron tejidos hasta ponerla en movimiento.
Sin embargo, yo no soy sólo tiempo de sal o de ceniza, hay una materia inconclusa que absorbe el deseo de atraparla hasta ahorcar esos impulsos perdurables, un requerimiento por la insaciable sed de su voz –llamándome– apuñalando el color amargo de la ausencia.
No es posible no atender su lagrimeo salado porque es el mismo que hoy empapa esta página abierta.
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Ana Gabriela Padilla
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