
| NOTAS SOBRE TRADUCCIÓN DE POESÍA | ||
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| Francisco Vergara | ||
| Valparaíso, Chile |
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¿Qué entendemos cuando hablamos de traducción?, podríamos aventurar, en términos generales, que se trata de un desplazamiento del pensamiento. Pero el fenómeno de la traducción se resiste a una definición absoluta, es demasiado amplio. Podemos distinguir fácilmente distintos tipos de traducción; no es lo mismo traducir un documento comercial, una novela o un poema, cada uno presenta distintos grados de dificultad al momento de ser traducidos. Aunque el esquema básico común a toda traducción parece ser extraer una igualdad de una desigualdad, lo que es bastante obvio si nos situamos en el escenario de la traducción entre lenguas. ¿Pero es lícito acotar la traducción sólo a un intercambio de ideas entre lenguas ? Cuando enfrentamos un texto antiguo en nuestro idioma, digamos un poema de Gonzalo de Berceo, al leerlo no estamos haciendo otra cosa que traducirlo; estamos desplazando un mensaje desde una lengua fuente a una lengua receptora, luego de haber sufrido un proceso de transformación. “Pero aquí la distancia que separa la lengua fuente, de la lengua receptora es el tiempo [1] ”. El lenguaje está en permanente movimiento, se altera en todo momento. Al decir de George Steiner, “cualquier lectura profunda de un texto salido del pasado de la propia lengua y literatura constituye un acto múltiple de interpretación, la mayoría de las veces este acto no es concientemente reconocido [2] ”. Dentro de la lengua en que nos desenvolvemos, también estamos constantemente traduciendo, en este caso la distancia estaría dada por matices más sutiles dentro del propio lenguaje, que nos remiten a un determinado estrato social, nivel de educación, profesión, edad y sexo. Como vemos, el fenómeno de la traducción lo llevamos a cabo innumerables veces. Dejemos a un lado nuestros ejercicios cotidianos de traducción, y abordemos el problema desde un punto de vista literario. Notables poetas han manifestado sus opiniones respecto de la traducción; Dante expresaba: “Ninguna cosa armonizada por el enlace de las musas se puede llevar de su habla a otra sin romper toda su dulzura y armonía”; y Rilke en carta a la condesa de Sizzo, de marzo de 1922, advierte del valor semántico único de cada palabra en un poema: “ Ni una palabra en poesía (quiero decir, aun cada y o la, el, lo) es idéntica a la palabra del mismo sonido que se emplea cotidianamente o en conversación; el orden más estricto, la gran relación, la constelación que adquiere en el verso o en la prosa artística modifica su naturaleza misma, la hace inútil, inutilizable para el mero trato, intocable y duraera” [3] . Sin duda conviene tener en cuenta las palabras de Rilke, pues si la distancia es tan radical al interior de una lengua, puede resultar mucho mayor tratándose de una traducción, pero poner en duda la validez de la misma por no ser una copia exacta y nunca perfecta resulta absurdo, lo que debe ser materia de objeción es el grado de fidelidad respecto del original. Ezra Pound, aun más específico, y a partir de su conocidísima clasificación de la poesía en melopea, fanopea y, logopea, ritmo, imagen y, sentido, respectivamente, declaraba: “ Un extranjero de oído sensible puede apreciar la melopea (ritmo), aun cuando ignore el idioma en que está escrito el poema, pero es prácticamente imposible transferirla o transmitirla de un lenguaje a otro, salvo quizás por divino accidente, y media línea cada vez. La fanopea (imágenes), en cambio, puede ser traducida casi, o enteramente, intacta. Cuando es suficientemente buena será imposible para el traductor destruirla, salvo una torpeza muy crasa y la negligencia de reglas perfectamente conocidas y sistematizadas. Por otra parte, la logopea, no se traduce; sin embargo, la actitud de la mente que ella expresa puede verterse a través de una paráfrasis. O por decir así, ud no puede traducirla literalmente sino, determinando el estado mental originario del autor, ud puede o no puede ser capaz de encontrar un derivado o un equivalente.” [4] Por último, en el ámbito de nuestra lengua, Octavio Paz al respecto señala: “Hecha de ecos, reflejos y correspondencias entre el sonido y el sentido, la poesía es un tejido de connotaciones y, por tanto, es intraducible. Confieso que esta idea me repugna, dice Paz, no sólo porque se opone a la imagen que yo me he hecho de la universalidad de la poesía, sino porque se funda en una concepción errónea de lo que es la traducción. No todos comparten mis Los mueve, tal vez, un amor inmoderado a la materia verbal o se han enredado en la trampa de la subjetividad” [5] . Posible o no teóricamente, la traducción ha existido desde siempre y es un ramaje importante del cual se han nutrido las tradiciones y movimientos poéticos. Está presente a tal punto que puede ser considerada, hoy en día, como un subgénero literario. Esta afirmación no es del todo osada puesto que la traducción y la creación poética son dos caras de una misma moneda, cada una se enfrenta a la otra a través de un espejo; el inicio de la primera es el término de la segunda. La diferencia fundamental radica en que el poeta no conoce a dónde lo va a llevar el poema, el traductor sí. Pero en ambos casos las fuerzas misteriosas del lenguaje cristalizan en el singular aparato llamado poema. Al intentar traducir un texto, digamos un poema, la teoría de la traducción, desde el siglo XVII, divide el tema en tres categorías, tres vías posibles para encarar la traducción. Baste recordar como ejemplos de lo expuesto por Dryden el homenaje a Sexto Propercio y los poemas de Cathay de Ezra Pound, o las traducciones que hiciera Fray Luis de León de Horacio, Virgilio, o del Cantar de los Cantares. Una de las claves parece ser no perder nunca de vista al autor, encausar nuestros esfuerzos para tratar de asimilar nuestra voz al tono original del poeta; el poema traducido será entonces nuestra versión, nunca nuestro poema. Parafraseando a Pound, lograr que “haya comercio” entre traductor y autor. Observemos ahora dos traducciones, realizadas desde el inglés a nuestro idioma, de un poema de Robert Lowell.
Veamos ahora la versión de A. Resines para la colección visor de poesía:
Por otra parte José Agustín Goytisolo nos presenta su versión para la editorial cátedra:
Parece claro que la versión de Resines pierde mucho más que las rimas del original, y ronda peligrosamente cerca de la metáfrasis. Por el contrario la traducción de Goytisolo se acerca mucho más a la imitación, logrando captar de mejor manera el espíritu del monólogo dramático que propone Lowell en su poema, resultando una versión más fluida. La traducción de poesía y de filosofía son los casos extremos de traducción, donde la exigencia debiera llevarse al límite, puesto que estamos trabajando con el núcleo mismo del lenguaje. Resulta natural “Traducir es sufrir, dice Uribe. Si hay sinceridad en ello, la molestia, el dolor, pueden ser fecundos, en cuanto suponen un fondo de fidelidad perpleja” [12]. Dicha fecundidad se ve reflejada no sólo en el aprendizaje que adquiere el poeta – traductor, sino también en el enriquecimiento de la propia lengua que trae como consecuencia la traducción.
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Steiner, George: Después de Babel, ed. F.C.E, México 1995.
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Steiner, George: Después de Babel, ed. F.C.E, México 1995.
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Rilke Reiner Maria, Carta a la condesa de Sizzo, 1922
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Uribe Armando, Pound, El espejo de papel, Chile, 1963, págs. 82–83.
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Paz Octavio, Traducción: literatura y literalidad, ed. Tusquets, España, 1971.
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Steiner George, Después de Babel, ed. F.C.E, México, 1995, pág. 262
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Lowell Robert, Life studies, ed. Farrar Straus and Cudahy, EEUU, 1959.
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Lowell Robert, Antología, ed. Visor, España, 1982.
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Lowell Robert, Por los muertos de la Unión y otros poemas, ed Cátedra, España, 1990.
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Uribe Armando, Introducción a Browning Traducido, ed universitaria, 2000
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Rioseco Marcelo, ¿Qué se traduce cuando se traduce?, ed be-uve-dráis, 2003
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Uribe Armando, Introducción a Browning Traducido, ed universitaria, 2000
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