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Afines de 2004 se publicó en Santiago de Chile la antología poética Cantares: nuevas voces de la poesía chilena bajo el sello editorial LOM, recopilación a cargo del poeta Premio Nacional de Literatura, Raúl Zurita y con un breve prólogo de carácter programático que establece en sus líneas generales la aparición inesperada en el ambiente poético chileno, de 42 poetas jóvenes cuyas edades fluctúan entre los 17 y 34 años. Previa a la aparición pública de esta antología y desde fines del año 2003, en la sociabilidad poética chilena se produjeron comentarios, críticas, reseñas y opiniones de la más diversa índole respecto a una publicación aún en ciernes y considerada sólo como proyecto. Tal despliegue de opiniones, según nuestra información, nunca fue aclarada por el poeta Raúl Zurita, estado de cosas que contribuyó a crear en el ambiente literario chileno una expectativa como hace mucho tiempo no acontecía. Apenas aparecida la publicación, se desató una fuerte polémica entre críticos literarios, poetas y el autor de dicha antología, respecto a la legitimidad de la selección, los poetas incluidos y el carácter programático que puede desprenderse del prólogo. Como toda polémica que deriva hacia las denostaciones personales y sin ningún atisbo reflexivo de mayor vuelo, aquel torrente de opiniones fue paulatinamente disminuyendo y haciendo que cualquier recepción algo más concienzuda de esta antología se diluyera ante los avatares mediáticos que es propia de estas situaciones y que desaparecen ante el surgimiento de otra instancia (publicación, acto o política cultural) que solicita la atención periodística inmediata. El siguiente ensayo desea plantearse como una contribución de valoración crítica que supere la inmediatez del comentario fugaz y de ataque personal. Desea pretenciosamente ser leído como un ejercicio reflexivo que invita a meditar acerca de las siempre problemáticas relaciones entre Poesía e Historia, entre actualidad y una eventual tradición.
I
En algún rincón de su voluminosa escritura, Borges establece el carácter único que en ocasiones bordea el azar cuando se refiere a ese aleatorio género llamado antología: “nadie puede compilar una antología que sea mucho más que un museo de sus simpatías y diferencias, pero el Tiempo acaba de editar antologías admirables. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen” [1]. Aquí, más que una ingeniosa boutade, puede hallarse, no tanto una eventual renuncia a la certeza de logros exploratorios concienzudos (en el sentido de levantar un mapa de poemas significativos) en pos de la aventura que organiza la realidad (la de la poesía y los poemas al menos) bajo un manto protector rotulado de arbitrario, sino más bien, se puede encontrar una invitación al ideario que tiene como meta a la Literatura en vez de los autores; a la Poesía en vez de los poetas; a los poemas, en definitiva, como decidor y fatal destino.
Por otro lado, en una atractiva consonancia contrapuntística a las opiniones del autor del Aleph, Alfonso Reyes hacía llamar la atención acerca de la manera subsidiaria, pero no menos importante en que es posible comprender a este género tan problemático: “(...) como toda historia literaria presupone una antología inminente, de aquí se cae automáticamente en las colecciones de versos. Además de que toda antología es ya, de suyo, el resultado de un concepto sobre historia literaria (...){las antologías} dejan sentir y abarcar mejor el carácter general de una tradición (...)”.[2] Se advierte que el autor de Ifigenia Cruel, moviliza su reflexión para encauzar y ordenar adecuadamente las presuntas rebeldías de género tan anfibio y para eso, la pone bajo el alero –tal vez hoy menospreciado, pero no menos importante de replantear y pensar- de historia literaria que, en buenas cuentas, implica tener en mente una idea o concepto de tradición.
Por supuesto que no es necesario que tomemos partido por Borges o Reyes para evaluar la validez de este género que ha sido elevado y denostado en multitud de oportunidades como una de las formas legítimas de sentir el pulso poético-espiritual a una época que muestra, de aquel modo, su sociabilidad literaria. Bástenos apreciar que cualquier antología que propugne una irrupción en el desenvolvimiento del continuun literario (y por ende histórico) lleva en su propia configuración programática sus límites, aciertos y fracasos. Antologías han existido desde siempre, pero sería interesante pensar que, como cualquier producto de cultura, están sometidas a lo que Nietzsche llamó las ventajas y desventajas que poseen para la vida (en este caso, para la Poesía).
En aquel sentido, es de no menor importancia apreciar que en los últimos trece años, aproximadamente, el escenario de la poesía escrita en Chile a sido testigo de la aparición de un número significativo de antologías poéticas de la más diversa índole, pero en especial ha existido una amplia generosidad para con las así denominadas “antologías de poetas jóvenes”. En un listado que no pretende ser exhaustivo se puede ver la riqueza y variedad de este subgénero de “edad” y que de ninguna manera es definitivo. Es posible mencionar, entre otras, Ciudad poética post de Oscar Galindo y Luis E. Cárcamo, ed Instituto Nacional de la Juventud, Stgo de Chile, 1992; Poesía menor de Roberto Merino, ed Fco Zegers, Stgo de Chile, 1992; Códices de Javier Bello y Rolando Carrasco, ed RIL, Stgo de Chile, 1993; 22 voces de la novísima poesía chilena de Carlos Baier y Cristián Basso, ed Tiempo Nuevo, Stgo de Chile, 1994; Poesía chilena para el siglo XXI de Tomás Harris y Floridor Pérez, ed DIBAM, Stgo de Chile, 1996; Genetrix: antología de poesía joven de Francisco Leal, Pablo Barceló y Samir Nazal editores, Stgo de Chile, 1999; Antología de la joven poesía chilena de Francisco Véjar, ed Universitaria, Stgo de Chile, 1° ed 2001, 2° ed 2003; Círculo Infinito, Al Margen Editores, Stgo de Chile, 2002; (Sic) de Elvira Hernández, Valente Editores, Stgo de Chile, 2004.
Tal listado quedaría incompleto si no mencionásemos algunas antologías regionales, entre las más relevantes, por ejemplo: Palabra inaugural de Jorge Torres, ed Barba de Palo, Valdivia, 1991; Zonas de emergencia: poesía-crítica de Bernardo Colipán y Jorge Velásquez, ed Paginadura, Valdivia, 1994; Antología Clepsidra, San Felipe, 1997; 23 escritores jóvenes de Valparaíso de Nancy Fuentes, ed Casa de la Juventud, Valparaíso, 1998; Antología insurgente: la nueva poesía magallánica de Pavel Oyarzún y Juan Magal, ed Municipalidad de Punta Arenas, Punta Arenas, 1998; Poetas chilenos jóvenes de César Valdebenito, ed LAR, Concepción, 1998; Treinta jóvenes poetas, ed Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, 2003; Señales de Piedra de Alejandro Pérez y Paula Pascual, ed Corporación Balmaceda 1215, Valparaíso, 2003; Antología de la Nueva poesía de San Felipe de Aconcagua, ed La piedra de la Locura, San Felipe, 2003.
En tan amplio espectro -que deja sin mencionar el trabajo efectuado en numerosas revistas de diversa periodicidad como son Vértebra, Plagio, Aérea, Pensar y Poetizar, Trilce, La Calabaza del Diablo, Rocinante y muchas otras, como pueden ser asimismo revistas electrónicas que por su moroso listado sólo dejamos insinuadas- sin embargo, es posible percatarse de dos formas o maneras de comprender el ejercicio recopilatorio que les es característico. Por un lado tenemos las antologías que postulan a ser visualizaciones de carácter global con un fuerte cariz de diferenciación generacional, ya con un afán programático o como elaboración de un mapa de autores y poemas de pretendida representatividad. Salvo excepciones, todas ellas son llevadas a cabo desde el circuito santiaguino lo que trae una consecuencia implícita: una eventual articulación de carácter nacional y por ende con afanes representativos en el sentido de manifestar lo que acontece en el aquí y ahora de la poesía “joven” chilena. [3] Por otro lado, tenemos antologías que en términos generales podrían ser catalogadas de regionales de dos maneras: en primer lugar, aquellas que pretenden ser representativas de la ciudad, zona o región del país en que han sido publicadas y en segundo lugar, y más escasamente, las que pueden ser comprendidas en su afán recopilatorio y organizativo, como una lectura de la totalidad nacional desde una perspectiva que de modo consciente o azaroso se articula a manera de descentralización, periferia o provincia frente a la capital o centro, queriendo instaurarse como una opción válida de comprensión general del fenómeno poético y no como un mero rastreo o clarificación de un lugar o zona determinada del país. [4]
Escudriñar y esclarecer fehacientemente tal dialéctica sin las ya tradicionales denostaciones de subvaloración a que los poetas participantes en estos textos se someten mutuamente de tarde en tarde,[5] implica no sólo superar el ámbito restringido de las valorizaciones parciales o de los enrostramientos de dudosas virtudes o defectos que enuncian, sino que implica apreciar algo que, sin duda, posee mayor fuerza significativa y de lo que cualquier lector de mediana atención se percata: que la variedad expresiva, estilística, temática y de modos de abordar el fenómeno poético es abrumadora, pudiendo apreciarse además que tal variedad no es posible remitirla a sí misma, autonomizándola a la manera de un discurso solipsista, sino que en ella se evidencia la pluralidad del discurso poético contemporáneo que muestra así, su pleno desenvolvimiento, permitiendo a su vez, advertir su historicidad en el siguiente sentido: que lo que en el presente acontece en materia poética, a inicios del siglo XXI, no es en absoluto una excepción a la luz del despliegue de la poesía chilena del siglo XX desde los poetas del novecientos como pueden ser Pedro Prado, Pezoa Véliz, Gabriela Mistral y otros. Y justamente esto es posible rastrearlo y examinarlo gracias a las más diversas antologías que, partiendo desde Selva Lírica de 1917 hasta las más recientes recopilaciones, muestran a la poesía escrita en nuestro país como una de las más densas y diversas en lengua castellana.[6] Tal diversidad se ejemplifica no sólo en los proyectos poéticos fundacionales de nuestra modernidad estética que comúnmente incluyen a Huidobro, Mistral, Neruda y De Rokha, ni asimismo en los proyectos de los miembros de la denominada Generación del 38 (Anguita, Rojas, los poetas de Mandrágora –Teófilo Cid, Braulio Arenas, Enrique Gómez Correa, Jorge Cáceres-, los poetas de la claridad – Oscar Castro, Luis Oyarzún, Tomás Lago,- ) o de la antipoesía de Nicanor Parra o las exploraciones de Enrique Lihn, Jorge Teillier y Juan Luis Martínez, sino que se puede vislumbrar en una serie de proyectos poéticos ya personales, ya grupales que contribuyen a la constitución de nuestro imaginario poético con una complejidad lingüística llena de contrastes, versatilidad y cuestionamientos.[7] Es posible aventurar que este escenario aún no clarificado como totalidad, se convierte para el lector atento en un espacio centrífugo que se articula ad libitum y que ante su pluralidad discursiva, sería impropio de caracterizar como unívoco o de continuidad histórica en cuanto progreso, siendo sin lugar a dudas, más que una tradición reconocible, una antitradición pluralista nacida de configuraciones contrastantes. Es por ello que si la poesía chilena del siglo XX es una casa donde habita la imaginación con sus maravillas y desastres, es una casa de entradas distintas, opuestas, complementarias, de fuerte tensionalidad expresiva, estilística y de recursos retóricos disímiles y contradictorios. Ello no significa, ciertamente, negar una ordenación nacida desde la lectura del corpus poético existente, sino, todo lo contrario, se trataría de pensar con una nueva adecuación los conceptos operativos con los cuales el estudio de la literatura y la teoría literaria al uso en los recintos universitarios y en los medios de opinión (revistas, notas, prólogos y documentos análogos) lleva a cabo el análisis de un cuerpo en movimiento, tal como lo es la poesía escrita entre nosotros en los últimos cien años. Por lo demás, periodo tan breve no justifica por ejemplo, la aplicación de constructos generacionales de rigidez formal, ni tampoco el afán instaurativo de la originalidad como prejuicio romántico instalado como exclusión. Por eso, tal vez, una de las maneras que poseen los poetas (y por ende, cualquier lector crítico) para dar cuenta de los procesos valorativos y creativos implícitos en corpus tan vasto, sea el ejercicio de la lectura comparada, entendiendo a ésta como la posibilidad de rastrear filiaciones, no sólo estilísticas o de fuentes a la hora de confirmar su particularidad, sino también como oportunidad dialógica y genealógica que la productividad textual exige desde su propia raíz. Si ese ejercicio fuese efectivo, podría escribirse una historia de la poesía chilena no como desenvolvimiento de coherencia discursiva, ni como despliegue de acontecimientos cronológicos en sucesión progresiva (la poesía de Neruda no supera a la de Prado, ni la de éste supera a la de Magallanes Moure, ni todas ellas quedan rezagadas ante la antipoesía parriana, ni menos liquidadas ante el espacio imaginativo propuesto por Juan Luis Martínez). Quizás sería dable escribir una historia de la poesía chilena que ve en su pluralidad contrastante su propia utopía como manera (y por qué no decirlo: como destino) de configurar una filosofía de la historia que, probablemente, podría ser entendida como una versión profana de lo sagrado (como lo es el concepto de “iluminación” en Walter Benjamin). Entonces, si esa eventual historia de la poesía chilena asumida como antitradición, es la versión profana de lo sagrado, la poesía chilena sería la desmitificación que, usando una mascarada poético-mítica, dejaría en evidencia la violencia en la historia. La poesía hace recordar o, más bien, hace patente la violencia porque la retrotrae a lo que ella quisiera negar: lo sagrado. Entonces, ¿cómo concebir a la poesía escrita entre nosotros, sino como testimonio de esa conciencia mítica que muestra simbólicamente la pertenencia de la historia a lo sagrado a través de la violencia? Pues como conjuro. Así, toda lectura apropiativa es un conjuro, es decir, una actualización no imitativa, sino divergente del poema o cosmovisión poética precedente y futura. La angustia de las influencias según Bloom, pero sin la aprehensión del parricidio, sino como problematización productiva de un diálogo. Aquel movimiento sería misterioso y antihistórico. Sería un movimiento que diese luz ante el silencio que rodea a la poesía de la Mistral más allá de explicaciones sociológicas de gusto lector, sería un movimiento que tendría que dar cuenta en su desenvolvimiento del diálogo entre la concepción mágica del lenguaje habida entre Neruda, Huidobro, Del Valle y Díaz-Casanueva y cómo ello incide en el mejor Martínez o en los delirios especulativos de Eduardo Anguita. Sería un movimiento que tendría que releer la propuesta de Teillier de una poesía lárica no sólo a la luz de Rilke o Trakl, sino de la Mistral, Juvencio Valle, Oscar Castro y el joven Neruda. Sería un movimiento que debiese buscar la raíz del escepticismo escritural de Lihn en el desideratum casi nihilista de cierto Huidobro (Altazor, algunos poemas de El ciudadano del olvido). Sería un movimiento que debiese poner en la misma fila los proyectos de Mandrágora, de la antipoesía parriana y de Gonzalo Rojas y Eduardo Anguita con miras a una lectura de conjunto para que se vieran reflejados oblicuamente en el espejo opaco que es la Nueva Novela. Sería un movimiento que, sin ningún tipo de aprensión o ansiedad, divagase entre la claridad opalina de los sonetos de Prado, la Greda Vasija de Alberto Rubio y los mejores poemas de Oscar Hahn como un afán de forma que busca aprehender la vida. Sería poner en tensión la imagen de un lenguaje oracional que encuentra en la Mistral, Rojas, Arteche y otros su mejor expresión como contrapunto reflexivo al torrente de la vida. Las asociaciones son vastas, múltiples y hasta contradictorias. Sería un movimiento saturado de contracciones y gestos oblicuos, en el fondo, la instauración de un verdadero “pantextualismo” que no se desdijera de sus fantasmas, ni de sus ecos. En verdad, una historia inverosímil que una lectura de conjunto de las antologías habidas hasta hoy, podría propiciar.
II
Todo lo enunciado anteriormente no tiene otro propósito que el de intentar situar la aparición de la antología Cantares como un discurso dentro del desenvolvimiento histórico que le es natural: el de las antologías de poesía chilena de los últimos trece años rotuladas como “antologías de poetas jóvenes”. Y esto, a nuestro parecer, es relevante a la hora de manifestar alguna opinión crítica que no quede encapsulada en la mera polémica periodística. Sin duda, ello es necesario y puede vislumbrarse a través de aquel ejercicio de lectura comparada que se sugería líneas más arriba. No obstante, sigue en pie la manera de abordar esta antología, es decir, el modo de propiciar una lectura que posibilite su valoración en cuanto asumir su comprensión, cosa que puede traducirse en la siguiente pregunta ¿desde dónde leer Cantares? Quizás eso pueda ser respondido a partir de dos perspectivas probablemente ilusorias que, en su desencadenamiento, propiciarían una desarticulación de sentido que, a la postre, correría el riesgo de convertirse en un gesto vacío, pero que sin duda podrían asumirse como complementarias. Por eso, no es redundante entender que toda lectura es siempre un riesgo y más aún cuando apunta a responder preguntas nacidas de sí misma.
De aquel modo, una lectura posible sería aquella que incluyera en su aprehensión configurativa al prólogo de Raúl Zurita, pues en aquel breve texto, se enuncia algo que puede descubrirse como un gesto que conlleva la condicionalidad de esta antología a una eventual coherencia programática que utiliza la diversidad de formas, maneras y estilos que posee, como testigo de las argumentaciones del mentado prólogo. Aquel algo es sin duda la violenta inocencia neofundacional que es posible advertir como tesis, cosa que, con un tono perentorio, insta a movilizar la recepción de esta antología como totalidad. En otros términos, el prólogo del poeta de Purgatorio se convierte en un lente que impone una teoría de la lectura y de la recepción poética. Vale la pena preguntarse ¿y en qué consistiría esta teoría?
Al parecer, interpretando de manera muy suya lo que Octavio Paz manifiesta en Los hijos del limo acerca de la “tradición de la poesía moderna” en cuanto tradición de la ruptura, Zurita comprende el discurso poético como una permanente interrupción del desenvolvimiento histórico en el sentido de linealidad: zaherir ese desenvolvimiento –que ha sido denunciado en diversas oportunidades como opresión, violencia y desdoblamiento alienado del sujeto que padece la historia- se convierte en norte y destino, lo que desemboca en interpretar a la poesía escrita en Chile durante el siglo XX, como una verdadera irrupción de la imaginación y el lenguaje en el tejido histórico y social. Como una pedrada violenta e inocente de la Palabra en el estanque de rutinarias y oscuras aguas que es la historia de nuestro país, la Poesía ha provocado impensables círculos concéntricos de inusitada belleza e intensidad creadora, insospechables en la adormecida profundidad del estanque y que lo agitan a pesar suyo. Tal movimiento no es continuo, sino que, como deja en claro el prólogo, es esporádico y por ende excepcional. De aquella manera se nos quiere dar a entender que el discurso poético no sólo es una excepción que interviene y fractura el desenvolvimiento histórico, sino que, a partir de esa misma categoría, le sería inherente una noción adánica de univocidad que se autocrea a sí misma: los círculos expansivos al ser irruptivos no saben uno del otro, ligándolos en esencia su propia naturaleza de irrupción repentina que es asumida como libertad y acción concéntrica, instancia que no deriva en pos de un desplazamiento hacia el círculo anterior o a la eventual pedrada que inaugure otro. Escasa es la prodigalidad de la excepción, pues al decir del prólogo, ella se ha brindado en contadas ocasiones, la última, reconocible históricamente, en la antipoesía de Nicanor Parra. Y justamente, cuando las serenas y oscuras aguas del estanque creían en su imperturbabilidad, acontece lo extraordinario: la aparición de un grupo de poetas que apenas superan los treinta años con una poesía que era inesperada en el más amplio y exacto sentido del término, es decir, una poesía que cumplía nuevamente la ley misteriosa de la pedrada de la Palabra en el autosatisfecho estanque de nuestra historia poética.
Una teoría de la lectura de semejante calibre y que pone en radical cuestionamiento la parsimonia de nuestra estructura de recepción a nivel institucional, quizás posee la literal virtud de “mover las aguas” de un estanque de “democrática” autocomplacencia. Como boutade que tiene una ironía anti-histórica es posible aceptarla y hasta celebrarla con sonrisa generosa que no se condiga con el sarcasmo. Sin embargo, el modo en que el prólogo está escrito devela un inquietante desmentido: su intensa seriedad y tono avasallador y sincero hace que cualquier interpretación que desee apelar a esa sana dosis de ironía recién planteada (ironía en cuento distanciamiento crítico de su propia enunciación) colisione con su decir. Y si se trata de tomar aquel decir como contenido de verdad, entonces es inevitable apreciar una carencia de rigor especulativo de primer orden y que se muestra, a nuestro entender, en algo primordial: en una escasa comprensión de la tensión dialéctica entre lo particular de los poemas y la idea de historia que se deriva del prólogo, tensión que puede quedar restringida a una mera inmediatez: el peligro de que la antología sea leída sólo como documento de lo excepcional, cuando ésto, ciertamente, ha devenido una estrategia que desde las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, ha perdido su rango de schock para revertir su propia provocación. En otros términos, la estrategia de comprensión que propone el prólogo de Zurita para aprehender la antología como una articulación de sentido, no puede ser asumida con la inocencia con que pretende ser fundada, pues lo que instaura no es sino su misma violencia que anula la posibilidad dialógica del proceso poético.
Otra lectura posible de Cantares sería intentar una caracterización de las particularidades de los poemas que la constituyen con el afán de establecer entre ellos redes de sentido para, de esa manera, dilucidar su peculiaridad retórica y de significación, intento que por su propia naturaleza aparece deseable y desmesurado. En estas líneas, modestamente, nos limitaremos a una apreciación general que, esperamos, no peque de una parcialidad excesiva.
Lo primero que llama la atención es el modo en que aparece la disposición organizativa de la antología. Siguiendo un criterio cronológico que tiene en vista la edad de los poetas que incluye, se advierte en ello un desequilibrio que no colabora, precisamente, a su legibilidad. Tal vez organizar un texto así desde categorías preestablecidas (edades, obras publicadas, participación en diversas iniciativas, tales como talleres o grupos, por mencionar algunas u otras de índole temática o estilística) habría sido coartar la espontaneidad selvática que se erige dominante y que, sin duda, se encuentra amparada en la disposición cronológica de los autores como representación de esa idea o noción de fundacional inocencia antes mencionada y en que no es posible hallar ningún claro desde donde articular una singularidad interpretativa. Si eso fuese así, la necesaria diferenciación que un lector crítico solicita para establecer mínimas coordenadas de ordenamiento interpretativo, al no existir, debe procurar inventarlas. Por ello, partiendo de lo más externo y obvio, es posible apreciar poetas que sostienen sin dilación un proyecto de obra consistente, proyecto que han desarrollado, eventualmente, en los últimos diez años (Javier Bello, Germán Carrasco, Andrés Anwandter, Cristián Gómez, Alejandra del Río, Christian Formoso y Rafael Rubio por nombrar algunos de los más interesantes) y que, al ser incluidos en un texto como la presente antología, la enriquecen en tanto propuestas poéticas que no necesitan buscar ya, la validación pública como certificado de relevancia lo que no significa, por supuesto, su aceptación infalible. Estas propuestas junto a las de otros autores que, en los últimos seis años aproximadamente, han ido, asimismo, consolidando la particularidad de su discurso (como pueden ser, entre otros, Leonardo Sanhueza, Alejandro Zambra, Kurt Folch, Damsi Figueroa, Cristián Cruz, por ejemplo) muestran una gran variedad de estilos, formas y modos de dar cuenta de la experiencia poética. En las propuestas de todos estos autores, cuyas edades van desde los 29 a los 34 años, en lo que implica una idea o noción de lenguaje, sujeto y aprehensión interpretativa de aquello que llamamos realidad, se puede advertir que si bien, en todos, su valoración se encuentra en proceso de articularse con el rigor que para tal efecto se requeriría, es posible establecer que el conjunto de sus propuestas -en cuanto poética- se hallan dispuestas para una lectura ya no tanto descriptiva, sino más bien para una lectura más minuciosa que les indique su falibilidad, eventuales descubrimientos o fracturas de visión general lo que implica situarlas con otras propuestas análogas del continente, como con las de la poesía escrita en nuestro país en las últimas décadas. Además, no es menos atractivo (y productivamente problemático), apreciar un empeño de cuidadosa pulcritud a la hora de articular sus estrategias retóricas que se guardan de caer en la expresión subjetiva de simple inmediatez o en la búsqueda de un idiolecto solipsista sin intercambio con la poesía escrita en los más diversos registros (poesía en lengua inglesa, alemana, poesía española de los años 70 y 80, por ejemplo). Todo esto obedece a nuestro parecer, a un intento de individualización discursiva que es posible rastrear en la mayoría de estas propuestas y donde el poema puede ser entendido como sistema y por ende, como su destino y su tragedia: la escritura llevada en grado absoluto como comprensión del torrente de la vida. Estas observaciones no significan, ciertamente, catalogarlos como poetas “consagrados” a pesar que varios de ellos en los últimos años, han logrado un reconocimiento público (premios, becas, publicación en editoriales poseedoras de una red distributiva de relativa importancia, comentarios apreciativos en la prensa y el algunos círculos académicos, etc) que, por supuesto, no condice y menos condiciona sus elaboraciones textuales, sino de manera más sencilla implica ver, en sus disposiciones retóricas, un filtro de recepción de la realidad que no es dable leer como complacencia, sino como fuertemente cuestionamiento. [8]
Los poetas recién nombrados y otros omitidos en esta suscinta enumeración, con una obra que se consolida paulatinamente, entran, gracias a la antología que les acoge, en diálogo con las propuestas de un grupo de autores un tanto más jóvenes y algo más numeroso que, en su variabilidad, pueden ser apreciados como legítimos, pero de ninguna manera exclusivos representantes de una poesía de registro diverso que apela a una idea de contemporaneidad, no sólo como instancia de ubicación temporal, sino como una eventual reivindicación de un aleatorio conjunto de nociones que, por ahora, podemos rotular como propias de la inmediatez experiencial[9] en las que es posible circunscribirlas. Es como si en estas propuestas el énfasis se dirigiese más hacia un intento de conceptualizar una idea de poesía que de poema, una idea de expresión más que de elaboración del material lingüístico, a una búsqueda más que a una colonización del sentido. Es lo que puede desprenderse de la lectura de los poemas de, Héctor Hernández Montecinos, Paula Ilabaca, Gladys González, Rosario Concha, Pablo Paredes, Diego Ramírez, Claudio Gaete y Felipe Ruiz, entre los que consideramos más interesantes. Lo problemático, al menos en algunos de los poemas que esta antología muestra de ellos, es la sintomática administración de la experiencia como exposición de la subjetividad, exposición que, a nuestro parecer, colinda con lo performático en un escenario que se yergue ante un foro que espera o aguarda lo que debe ser (re)presentado: a tal edad, tal actitud; a tal actitud, tal toma de posición; espiral que es posible desglosar en nociones de dudosa aceptación como pueden ser, por ejemplo, que al poeta “joven” se le solicite una connatural “rebeldía” respecto a la precariedad existencial y social en que le toca estar inmerso, derivando desde ahí, hacia una manera que en sí misma no es descartable (es cosa de vislumbrar el desenvolvimiento de la poesía, no sólo en Chile, sino universalmente como despliegue de una serie de variaciones ad libitum de ciertos topos en la configuración del significado), pero que no puede desear ser comprendida sin mediación, si es que no realiza antes y, en primer término, procesos de concientización de su propia retoricidad. Y ahí es posible encontrar, a nuestro juicio, el mayor peligro que acecha a estas propuestas y que pueden menoscabar sus logros reales: la reducción del efecto que les es inherente, a un acuerdo que no logra fracturar la comprensión apropiativa del poema, cosa que puede devenir en que las producciones en que se concretiza el cúmulo de experiencias con las cuales son sustentadas esas mismas producciones, tambaleen en tanto objetos estéticos incapaces de revertir su propia reivindicación de la precariedad a la cual delatan y que, por otro lado, custodian, es decir, la latente posibilidad que poemas de estas propuestas devengan documentos, periclitados inmediatamente después de su constitución. Esto, que no puede ser asumido con las tradicionales nociones de bueno o malo, implica reflexionar sobre algo que ahí se encuentra implícito: la rotura de un concepto de poema y de un concepto de lectura que de ningún modo es menor y mucho menos recién descubierto y cuyos antecedentes es posible rastrear en varias propuestas de poetas de los años 70 y 80 como son las de Juan Luis Martínez, Alberto Rubio Huidobro, Rodrigo Lira y Eduardo Llanos Melussa, principalmente, pero que en absoluto es certificación de originalidad, inocencia o adanismo fundacional.[10]
III
Con lo expuesto hasta acá, no se trata de comprender a los poetas participantes en esta antología como contrapuestos de modo irreconciliable a la luz de los dos grupos en que pueden ser apreciados. Además como todo texto que se plantee a manera de un mapa descriptivo del “estado de cosas” de la poesía chilena contemporánea, es inevitable advertir exclusiones que no permitirían apreciar a este tipo de texto con pretensiones de totalidad y por lo mismo imposible de dilucidar con estrategias interpretativas que fomenten una evaluación de estas producciones en sentido histórico. El listado de poetas con una obra interesante que debiesen estar es, a nuestro parecer, bastante amplia. Y si bien una de las virtudes de Cantares es la inclusión de poetas y poemas escasamente presentes en selecciones masivas (como pueden ser por ejemplo la feliz inclusión de Christian Formoso, Damsi Figueroa y Cristián Cruz) faltan, siempre faltan esos poetas que están desarrollando una escritura poética, al menos interesante: Malú Urriola, Felipe Hernández, Yanko González, Armando Roa, Marcelo Pellegrini, Jorge Velásquez, Enoc Muñoz, Antonia Torres y varios/as más un tanto más jóvenes como Enrique Winter, Alejandra González Celis, Eduardo Jeria, Gonzalo Gálvez, Florencia Smith, Karen Toro, Francisco Vergara y un listado infinito. En ese sentido toda antología –y esta no escapa a ello- es provisoria, pues mientras la leemos, existe la posibilidad real que otra esté en trance de articularse con otros presupuestos interpretativos y que otorgará una nueva visión de este escenario siempre movible y de despliegue inusitado. Como lectores y poetas, caemos al parecer en el afán de ver en cada nueva antología una repetición de ese milagro que fue la antología de Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita, pero ese tipo de textos que sí son excepcionales (por cuanto su aparición acontece cada cien años), no deben, en nuestra opinión condicionar selecciones de poemas y pretensiones de recepción.
Ahora bien, varios de los poemas de los autores incluidos en Cantares, poseen las particularidades que les hacen ser textos únicos y, por lo demás, irreductibles a la hora de imponer una comprensión totalizante que oculte las divergencias que tienen. No obstante eso, una de las virtudes de esta antología es de circunscribir en un solo conjunto a esa misma diversidad que necesita ser entendida a nuestro parecer, dialécticamente: su aclaración mutua que pondría en cuestionamiento la tesis de agrupar a los poetas y a su productividad en generaciones contrapuestas o en poco rigurosas especulaciones finalistas. Tal vez, teniendo como referente próximo el Bicentenario, sea posible apreciar que todos ellos pueden quedar circunscritos a una eventual ordenación que no aplaque ni minimice sus logros expresivos. Ahí radica a nuestro parecer una primera instancia: la lectura comparada de los poemas de esta antología entre sí con el afán de comprenderlos no tanto como fenómenos epocales, sino como contraposiciones de sentido. Por otro lado, se va haciendo cada vez más necesaria una tarea de lectura que debiese vincular a esta publicación en un diálogo crítico no sólo con las antologías de “jóvenes” contemporáneas, como las enunciadas en el primer apartado, sino con las que pueden ser consideradas como “históricas”: Selva lírica (1917), Antología de poesía chilena nueva (1935), Antología crítica de la nueva poesía chilena(1957), por mencionar algunas de las más relevantes en el contexto de la poesía escrita en Chile durante el siglo XX. Ciertamente que tal tarea precisaría de un mecanismo de análisis que el presente trabajo no posee al haberse planteado como descriptivo-valorativo. Sin embargo, hacer hincapié en la comprensión de lo histórico no como una linealidad progresiva, sino como una asunción sintética de autores y obras es, quizás, la manera más adecuada que un lector futuro sería capaz de poseer para dar cuenta de un diálogo crítico a través del cual, se puede insinuar la posibilidad de articular una “historia de la poesía escrita en Chile” desde el género antología como un método de trabajo.
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