SOBRE UN VIAJERO SIN DESTINO: POETA O FRACASADO [1]  
  Gonzalo Galvez  
  Chile  

 

 
“El tesoro que el país del poeta no ganará
nunca es la palabra para la esencia del habla”
(Martin Heidegger)

“Fare forward, travellers!, not escaping from the past
Into different lives, or into any future:
You are not the same people who left that station
Or who will arrive at any terminus.”
(“¡Adelante, viajeros!, no huyendo del pasado
Hacia vidas distintas o hacia algún porvenir;
No sois la misma gente que dejó esa estación
Ni los que llegarán al punto terminal”.)
(Cuatro Cuartetos. The Dry Salvages.
T. S. Eliot)

I

Como consecuencia inevitable del transcurrir, y de las muchas veces atrevida actitud de los hombres frente al lenguaje, nuestra relación con las palabras experimenta cambios imposibles de ignorar. No es ésta, creo, la mutación semántica que algunos estudian con detenimiento; más bien, es la manipulación errónea de aquello que menta el mundo en el que somos, provocando así un alejamiento entre lo que pretendemos decir y el genuino significar. No es acción ni responsabilidad de la palabra, pues la distorsión es fruto de un descuido propiamente humano. Hay en esto un peligro inminente, y no sólo porque escindimos así la unidad del nombre y lo nombrado, actitud que por sí misma nos aliena, sino además, porque puede llegar un momento en el que el propio lenguaje se nos vuelva en contra. De este modo, la palabra que ayer fue pronunciada sin más aprensiones que las que en su naturaleza podía provocar, hoy se ve injustamente revestida de temores que nos llevan, incluso, a eliminarla del tráfico. Bástenos pensar en la degeneración del lenguaje en los estados totalitarios, los que han provocado que la sociedad cargue ciertas palabras con ideas que primigeniamente le fueron ajenas. Donde en un momento sólo decía comunista, en otro, dijo también enemigo; y donde en un momento sólo decía militar, en otro, dijo también asesino [2].

Sin embargo, a partir de ahora, nuestra reflexión será entorno a una palabra que no ha sido corrompida por estados totalitarios, sino por nosotros mismos en cuanto miembros de una sociedad como la que actualmente conformamos. Pienso en la palabra fracaso, y en cómo ella es pronunciada hoy, si es que pronunciada es, con el temor propio de los sometidos. Es aquí que el lenguaje se nos ha vuelto en contra, dominándonos a tal punto, que preferimos no hablar de fracaso, salvo que sea para referirnos a un alguien que no sea de los nuestros. En un presente en que se pretende a cualquier costa el éxito, muchas veces malamente entendido, la palabra fracaso es condenada al destierro. No cabe ahora entrar a analizar la característica tan evidente de exitismo que nuestro sistema de convivencia alberga, entre otras cosas, porque teorizar sobre esto sería en lo inmediato impertinente. Sólo quiero erradicar temores e invitar a una nueva relación con el fracaso.

II

El poeta es, antes que todo, hombre, de modo que su relación con el lenguaje no es meramente la naturaleza del oficio en que se esmera, sino que, en tanto hombre, es una característica esencial de su existencia, dada con anterioridad a su reconocimiento como poeta. Como hombre que es, debe su autoentendimiento al lenguaje, pues precisamente a través del lenguaje se ha comprendido como un otro. El hombre, si bien está inserto en la realidad, es a través del habla que se reconoce distinto de aquello otro que compone esa realidad. Para Aristóteles, el hombre es el ser de la palabra, un animal parlante, pues se es hombre en tanto que hablante.

No cabe ahora preguntarse cómo ha llegado hasta nosotros la palabra o, en su defecto, cómo nosotros le hemos encontrado. Si reconocemos que hay cuestionamientos que, a pesar de tanto discurrir, aún no hallan su respuesta, tenemos aquí uno de los mejores ejemplos.

Este lenguaje en el que somos se constituye como nuestro propio universo, en cuanto es el modo en el que existimos, el modo en el que nos relacionamos con eso en lo que estamos insertos, y que se llama mundo. Porque el lenguaje nos permite el nombrar, no reduciendo este concepto al mero acto indicativo de lo ajeno, sino más bien, actuando como invocación de aquello que yace ante mí o de aquello que, a pesar de su ausencia, sigue siendo. Y esto, incluso mediando la noción de tiempo, pues el nombrar nombra sin ser aprisionado en las coordenadas temporales ni espaciales. Al nombrar, se invoca lo que vemos o recordamos, y lo recordado puede ser yaciendo en otro espacio, o puede haber sido en otro tiempo. Es a través del lenguaje que invitamos a la realidad a mostrársenos.

Sin embargo, aquel habla de tan indiscutido actuar convocatorio, se materializa a través de la construcción real de lo que hablamos. Es decir, a través de nuestro ordinario hablar se debiera alcanzar la invocación del mundo. Pero la experiencia nos muestra otra cosa, pues no siempre el hablar habla precisamente de aquel modo. En efecto, el acto lingüístico del hombre, pretendiendo la venida de lo que nombra, suele fracasar al no lograr decir lo que a través de nuestra propia habla pretendemos. Y es que si lo lográremos en su plenitud, lenguaje y realidad serían una misma cosa. En el decir de Paz, habría “igualdad entre signo y objeto”, estado que se sabe perdido desde que reconocimos que entre las cosas y sus nombres se abría un abismo . Cerrar ese abismo[3], o al menos acercar lo más posible el signo del objeto, es lo que vale la pena. Eso dicho que acortó las distancias es lo que realmente debió ser dicho. No hay que provocar con el habla un alejamiento más profundo de las cosas con sus nombres, sino que intentar devolver la unidad que un momento fueron.

Y un poema se soporta en las palabras, pues lo dicho se dice precisamente con palabras. No es que la poesía requiera ineludiblemente de palabras, sino que el poema las requiere en cuanto es forma de la poesía. El poema no implica necesariamente poesía, ni ésta se da exclusivamente en un poema. La poesía, como “fuerza de invención” que es, puede hallarse no sólo atrapada en la obra de arte, sino que, antes bien, en un estado amorfo. Así, pretender insuflarle poesía a un poema es magna labor que implica, no sólo decir lo digno de ser dicho en el habla, invocar para alcanzar la unidad perdida, sino que además decirlo con tal brillo y lucidez que el poema se vuelva la instancia precisa de convergencia del logos. En el poema, reunir palabra y razón, es decir, en el poema, . Cuando el poeta logra poesía en el poema, justifica al filósofo de Estagira que lo definió, en cuanto hombre, como ser de la palabra, animal parlante, animal racional.

Entonces, al parecer no todo poeta es tal, ¿o es que muchos, creyendo detentar la calidad de poeta, se han lanzado a la magna tarea de decir lo que debe ser dicho, y no han hecho más que ensanchar el abismo que debe ser cerrado?. Y es que no todo lo que ante nuestros ojos se nos presenta como poema, alberga la poesía que le es necesaria. No todo aquel que llamamos poeta ha invocado en el poema al mundo, de tal forma que, traído ante mí como lector, me permita entenderme como hombre que soy, inserto y distinto del mundo en el que existo. Sólo hacen excepción aquellos que, en su obra, han hecho convivir el logos que intentamos. Pero es tan breve la enumeración que de esos poetas podemos hacer, que algo extraño sucede al cotejar la teoría con la realidad. O hay menos poetas de los que se cree, o bien, el poeta nunca ha sido poeta, y tales en realidad no existen. Es aquí donde surge una reinterpretación del fenómeno. En efecto, si se considera que es poeta quien dice el mundo, debemos darnos por satisfechos con una de las opciones anteriores (no hay poetas o son pocos), pero, si entendemos que el poeta es quien intenta decir el mundo, nuestro espectro de análisis se abre en una eclosión de matices reflexivos. Desde esta nueva perspectiva, el intentar se vuelve para el poeta el imperativo de su existencia. Intentar decir con su habla el mundo, o abdicar de la misión encomendada. Cuando el poeta acepte el desafío, comenzará recién a caminar como poeta.

 

III

El viaje que el poeta inicia al reconocerse como tal no terminará sino cuando la muerte le envuelva por completo. Si hay algo que termine la creación, dice Camus, no es el grito victorioso o ilusorio del artista ciego, sino la muerte del creador, que cierra su experiencia y le libra de su genio[4].

Nunca ha sabido el poeta la verdadera razón por la que ostenta la calidad de tal, y todo, muchas veces, se reduce a la creencia de que no fue él quien eligió semejante destino, sino que, precisamente por no mediar en ello su voluntad, ha tenido que limitarse a asumir su condición. Con todo, esto último sí es un acto libre, pero posterior a un acto involuntario. No puede elegirse el ser poeta; apenas asumirse. No declaro con ello una naturaleza extramundana del poeta; sólo digo que es un elegido, pero del mismo modo en que todo hombre es un elegido. En efecto, somos dotados de diferentes condiciones para ejercer los más diferentes roles, y es por eso que no puede pedírsele verso al escultor, como no se le puede pedir escultura al poeta. El poeta es uno como cualquiera, pero escogido para una función que reconocemos de delicado ejecutar.

Así entonces, lo que sí puede escogerse es si aceptar o no la tamaña tarea de decir lo que como poeta debe decir. Ser poeta es una posibilidad, pero no en cuanto haya éste elegido serlo, sino en cuanto puede elegir dejar de serlo. Y, como veremos más adelante, este dejar de ser se materializa en el acto de callar. No es el silencio, que consideraremos como un estado más allá de la poesía, sino simplemente el acto de callar antes de alcanzar el silencio.

Ahora, considerando la dificultad, o tal vez la imposibilidad, de fusionar en el habla el signo y el objeto, de invocar con precisión lo que se pretende, cuando el poeta se asume como tal, acepta en el mismo instante su fracaso de no lograr tan fácilmente, o tal vez nunca, lo que debe [5]. Es, eso sí, un fracaso distinto a lo que ciertas disciplinas puedan entender como tal, pues el fracaso del poeta se da en una atemporalidad. En efecto, el fracaso involucra una acción comparativa entre lo que debe o puede pasar (situación ideal) y lo que ya pasó o está pasando (situación real). Así, en el caso del poeta, el fracaso se da en la no concordancia entre lo pretendido (decir) y lo obtenido (imposibilidad de decir). Pero, y he aquí la disimilitud, este fracaso del poeta no es un juego de conciencia resultante al devolverse (recordar) y comprarse con el pasado, ni tampoco al anticiparse (proyectar) y compararse con el futuro, sino que es un fracaso simultáneo a la condición de poeta. No existe el uno sin el otro. El poeta, si se quiere, fracasa en un eterno presente, pues, a diferencia del fracaso psicológico, no hay posibilidad de revertir la situación, salvo que sea renunciando al decir, caso en el que el poeta deja de serlo y, por lo tanto, deja su fracaso.

Cuando el poeta se asume como tal, comienza el viaje. Y sabe de antemano que no se está frente a un peregrinar sin combates, por lo pronto, porque sabe que es un camino carente de final. Nunca se tiene la certeza de poder llegar a Ítaca. Y aquí cobra importancia el ideal del héroe. El poeta es héroe cuando reconoce el deber que implica el ser poeta, y sabe que ha de preservare en el deber, aunque el sacrificio sea en vano. Héroe no es quien evita, sino quien busca, acepta y soporta la dificultad. Es por eso que el poeta, al emprender su propio viaje, y si quiere comportarse como héroe, debe pedir "que su camino sea largo, rico en experiencias y en conocimiento". Entonces, la aceptación del fracaso, de la derrota después del combate heroico y de la pérdida de aquello que constituyó el objeto de la vida misma, lejos de constituir la vergüenza que muchos creerían, dan al poeta la tranquilidad de haberse mantenido fiel a aquello para lo cual hubo trabajado. No será Ítaca quien le enriquezca, sino que "lo ganado en el camino" [6]. Si muere antes de llegar, habrá muerto en el intento. Es por eso que se dice que la creación es la más eficaz de todas las escuelas de la paciencia, porque exige un esfuerzo cotidiano, el dominio de sí mismo, la apreciación exacta de los límites de lo verdadero, la mesura y la fuerza. Y todo eso, “para nada”.

Por eso, tal vez, más que llegar, el poeta debe viajar, es decir, intentar llegar. El verdadero mérito, según dice Baudelaire en Las Flores del Mal, no reside en el descubrimiento, pues el fin estará siempre lejano, sino que el mérito está en los incidentes del viaje mismo:

Mais les vrais voyageurs son ceux-là qui partent seuls
Pour partir; coeurs légers, semblabes aux ballons,
De leer fatalité jamais ils ne s’écartent,
Et, sans savoir pourquoi, disent toujours: Allons!

(Pero sólo el que parte por partir, es viajero:
corazones sensibles a todos los reclamos
para quien su destino, bueno o malo, es primero,
y, sin saber por qué, responden siempre “¡Vamos!”) [7]

El fracaso se supera sólo llegando al destino, cual es que el poeta diga en su habla la realidad en la que él mismo es. Pero al llegar, no sólo no habría fracaso, sino tampoco viaje; y si no hay viaje, no habrá tampoco obra ni poemas. Un poema sólo puede darse en el trayecto, nunca en el destino. Decir lo que debe ser dicho es un éxito que revierte el fracaso. Y una vez en este estadio, ¿qué le queda al poeta?. Renunciar a toda pretensión de decir y transformar su vida en un acto de pura y simple escucha. Silencio. Si el poeta llega a Ítaca, no le queda más que el silencio. Revertir el natural fracaso del acto poético le llevará al abandono, a la ascesis. Una vez que se ha dicho lo que hubo de ser dicho, sólo queda desterrarse en Abisinia, lanzarse al Sena o internarse en un asilo de Tübingen. Lo demás, es silencio.

Para que haya obra es entonces menester el fracaso, pero la pregunta ahora es cómo lograr fracasar, si el fracaso ha de ser el objetivo, el triunfo. No puede lograrse el fracaso completo, pues éste sería entonces un triunfo. Una vez más respondemos con la imperfección. Sí, porque no sólo se acaba la obra cuando se logró decir lo que se debía, sino también cuando se fracasó tan profundamente que por el fracaso se ha triunfado. Y se fracasa por completo cuando el poeta calla. No es el silencio después de haber dicho, porque tal es un estado que existe más allá de la obra, una metapoesía, si se quiere. Esto, por el contrario, es fracasar por completo sin haber arribado a Ítaca. Es callar cuando se debe intentar hablar. Es no comportarse como héroe al no asumir el viaje como el desafío que es. Si hay alguna victoria es precisamente asumir el fracaso en un acto supremo de libertad, aun cuando el poeta sepa que el destino perseguido no existe (Ítaca) o, para seguir cavafianos, cuando, existiendo tal destino, se aleja definitivamente de él, y, valiente, como dispuesto hace tiempo ya, el poeta le dice adiós a la Alejandría que se marcha [8].

Vemos así que el acto de abandono es desencadenado al haber arribado al destino, diciendo lo que se debió decir, o bien, porque, ignorando el ideal del héroe, el poeta calla antes de haber arribado. Y es ésta una continua oferta que al poeta se le presenta. Como dice Yeats, “todo puede tentarme (en cuanto poeta) a que me aleje del oficio del verso”. Pero esta renuncia implica que no se ama lo difícil y que no se aprendió nunca a soportarlo. Aquel no merece ser llamado poeta.

IV

Hasta el momento, hemos hablado del fracaso del poeta en relación con su propia escritura, pero si analizamos, el hecho que la escritura fracase, hace que ella, en cuanto obra de arte, fracase al intentar insertarse en el mundo. En efecto, ¿cómo pretender que aquel poema que intentó decir, pero nunca dijo, sea en el mundo, y específicamente en la sociedad, una instancia de convergencia de la palabra y la razón, que permita al hombre entenderse?.

Debemos, antes que todo, hacer mención a lo que se nos presenta como un fenómeno indudable, y es la condición marginal del arte. En el momento en que signo y objeto eran una misma cosa, y aún un tiempo después, cuando las distancias no eran abismantes, el arte se integraba a la sociedad de un modo estrechísimo. Y era porque el arte actuaba como medio de autocomprensión del hombre. El lenguaje se concebía de esta manera como un acto sagrado, en cuanto el lenguaje “era” en un tiempo cualitativamente diferente, un tiempo sacro y a la vez primordial.

Pero con el paso de los siglos, profanado aún más el lenguaje, y no bastando el arte para que el hombre se entendiese, esa unión de mundo y arte se acababa. Desde entonces, el artista, gestor del arte, hubo de comprenderse como un sujeto distinto. No fue tal vez que él haya querido entenderse como un ser diferente de los otros, ni que en realidad tampoco lo fuera, sino que la sociedad lo hizo sentir como tal. Y hoy es evidente que dentro del mecanismo social no hay lugar para el artista, y si alguno le cabe dentro de ella, es precisamente en su faceta de no artista. Así las cosas, el creador, y en específico el poeta, al no estar en la comunidad, crea su propia comunidad, su propio mundo. ¿Cómo pensar, entonces, que se modificarán las condiciones sociales, económicas y políticas que hoy se dan si el artista y su obra se encuentran en un mundo ajeno?. ¿Cómo pretender que el hombre se entienda en el lenguaje, si el poeta, quien debe ayudar a esta labor, se ha marginado o ha sido marginado?.

Ahora, y es esto lo quiero demostrar en relación a la noción de fracaso, el poeta carga con un grado importante de responsabilidad social, pues al no decir lo que debe ser dicho en su poema, hace que ese poema naufrague en su intento de insertarse en el mundo y servirle al hombre como espejo. Esto refuerza el deber ético del poeta, pues su deuda no es sólo de él respecto de su obra, sino de él respecto de la sociedad. He aquí que el intentar asume una mayor fuerza. Esmerarse en el decir, que por no decir, puede el signo alejarse más del objeto, y en consecuencia, el hombre de su autoconciencia.

Es por esto que Teillier escribe en su ensayo “Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética” [9]:

“Para mí, la poesía es una manera de ser y actuar, aun cuando tampoco puedo desarticularla del fenómeno que le es propio: el utilizar para su fin el lenguaje justo para ese objeto. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo, que debo expresar a través de la palabra justa, tan difícil de hallar”.

En la medida que fracasa el lenguaje del poeta y no es capaz de dar cuenta de la realidad que pretende, fracasa el acto de hacer vivo el discurso poético, y así, en consecuencia, su palabra, su visión de mundo, es ineficaz, o al menos no lo suficientemente poderosa para contrarrestar la visión de mundo que impera. Encontrar la palabra precisa para el decir, otorga una armadura sólida que la voz poética utilizará al momento de encontrarse con el mundo e insertarse en él. Si ello aun no se ha logrado, debe estarse al menos en el intento persistente. Al encontrar la palabra precisa para el decir, puede hacerse realidad aquello de que el arte mejorará el mundo.

 

V

Es asturiano, derrota, es una antigua costumbre, hoy en desuso, de abrir las eríes, después de recogidos los frutos, para llevar los ganados a pastar en ellas comunalmente. Pero primero, derrota significó ‘camino abierto rompiendo obstáculos’[10]. Como sea, la imagen del andar, del movimiento, del viaje, son intrínsecas a la palabra derrota.

Fracasar está tomando del italiano fracassare, que significa ‘hacer trizas’, ‘destrozar’, ‘quebrar ruidosamente’. Deriva del anticuado cassare, que significa ‘romper’.

Hubo un alto azor cuyo paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Era la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto [11]. Y su destino se consumó después de vivir siete cantos. Entonces, ya no pudo más con su decir. Sólo le quedó el alarido y más tarde el silencio. El canto VIII, que nunca vimos escrito, fue un eterno silencio. Ese alto azor se estrelló en el suelo luego de viajar. Caer fue su derrota, pero en su caída nos dejó un poema.

Hoy son muchos los que del borde de las alturas se han lanzado a la tumba abierta, y saben que terminarán destrozados. Pero al aceptarse como altos azores, aceptaron su viaje y su fracaso. Que no teman los que aún vienen cayendo. Vean que el intento vale, vean que su derrota es un “camino abierto que rompe obstáculos”, vean que con su derrota abren las eríes para que los hombres, ganado hambriento, puedan saciarse en la palabra. Ésos son los héroes; no los que han callado. Vean que, a pesar de haber quebrado sus vidas, en su fracaso brotará el poema que la tumba jamás conocerá.

 

 

 
1

Texto elaborado para el “Seminario de Reflexión Poética”. La Sebastiana, Valparaíso, Chile. Abril y Mayo de 2005.

 

 
 
2
Vid. a este respecto el ensayo “El Milagro Hueco” en George Steiner, La Palabra y el Silencio, Ed. Gedisa, Barcelona, España, 2003.  
 
3
Octavio Paz, El Arco y la Lira, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1996. Capítulo “El Lenguaje”, págs. 29 y sgtes.  
 
4
Albert Camus, El mito de Sísifo, Ed. Losada, Argentina, 2004. Trad. Luis Echávarri.  
 
5
No hablo aquí de la consideración de la obra como un proyecto de liberación individual o social, de una utopía que, al no verse instalada en el mundo, genera la insatisfacción del que la predica. Así visto, no cabe duda de que el arte es siempre un fracaso estrepitoso. Pero esto implica la consideración de la obra como objeto y la manera en que ésta, en cuanto obra de arte, fracasa al no poder crear el paraíso que pretende. El fracaso al que aquí aludo es anterior a esto, y no es de la obra respecto al mundo, sino que, primero, del poeta respecto a la obra, y sólo como consecuencia, de ésta respecto al mundo.  
 
6
Dice Cavafis en su poema Ítaca: “Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca/ desea que el camino sea largo,/ pleno de aventuras, pleno de conocimientos./ A los Lestrigones y a los Cíclopes,/ al irritado Poseidón no temas,/ tales cosas en tu ruta nunca hallarás,/ si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta/ emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga./ A los Lestrigones y a los Cíclopes,/ y al feroz Poseidón no encontrarás,/ si dentro de tu alma no los llevas,/si tu alma no los yergue delante de ti./ Desea que el camino sea largo./ Que sean muchas las mañanas estivales/ en que con cuánta dicha, con cuánta alegría/ entres a puertos nunca vistos:/ detente en mercados fenicios,/ y adquiere las bellas mercancías,/ ámbares y ébanos, marfiles y corales,/ y perfumes voluptuosos de toda clase,/ cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;/ anda a muchas ciudades Egipcias/ a aprender y aprender de los sabios./ Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca./ Llegar hasta allí es tu destino./ Pero no apures tu viaje en absoluto./ Mejor que muchos años dure:/ y viejo ya ancles en la isla,/ rico con cuanto ganaste en el camino,/ sin esperar que riquezas te dé Ítaca./ Ítaca te dio el bello viaje./ Sin ella no hubieras salido al camino./ Otras cosas no tiene ya que darte./ Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado./ Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,/ ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan”.  
 
7
Charles Baudelaire, Las Flores del Mal, Unidad Editorial S.A., Madrid, España, 1999. Trad. Ángel Lázaro. Poema El viaje, CXXVI.  
 
8
Dice Cavafis en su poema Que el dios abandonaba a Antonio: “Cuando de repente, a medianoche, se escuche pasar una comparsa invisible/ con músicas maravillosas, con vocerío/ tu suerte que ya declina, tus obras/ que fracasaron, los planes de tu vida/ que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente./ Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,/ di adiós a Alejandría que se aleja./ Sobre todo no te engañes, no digas que fue un/ sueño, que se engañó tu oído:/ no aceptes tales vanas esperanzas./ Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,/ como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,/ acércate resueltamente a la ventana,/ y escucha con emoción, mas no con los ruegos y lamentos de los cobardes,/ como último placer los sones,/ los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,/ y dile adiós, a la Alejandría que pierdes.”  
 
9
Jorge Teillier, Prosas, Ed. Sudamericana, Santiago, Chile, 1999.  
 
10
Joan Corominas, Diccionario Crítico Etimológico de la Lengua Castellana, Madrid, 1954.  
 
11
Vicente Huidobro, Altazor, Ed. Universitaria, Santiago de Chile, 2000. Prefacio.