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| FLIRT | ||
Soy cínico, insensible y sarcástico. Amo comer perrocalientes en la calle Central. Aún pienso en la extraña posibilidad de encontrar a Gloria sentada en la estatua verde de la plaza Ocho. Soy mentiroso, crítico, inteligente y pragmático. Mi ex acaba de cruzar la calle, viste un mono rosado y lleva el cabello suelto. Soy pedante, amable y tierno. Tengo un ligero aire de Lord inglés. Ayer María Luisa me prestó quince mil bolívares, está de acuerdo en que mis ojos son hermosos, siempre le agradeceré lo que ha hecho por mí. Soy terriblemente bueno. Cuando se lo dije a Helena, ella sólo se limitó a darme un beso. Soy paciente, mido 1,70 y mis omoplatos están deformes. Acabo de darme cuenta que estoy frente a la tienda donde trabaja Johanna, tal vez pueda invitarme a almorzar, aunque espero que esta vez no huya de mí, como sucedió hace dos meses.
Creo en la sensualidad de Alejandra, en su frente mojada de ron a las tres de la mañana, creo en su…
Es cierto que alguien suele vigilarme, la envidia hacia mí hace que me transforme en un ser mitológico, tal vez glacial.
Aunque la estupidez de Gabriela aquella tarde me dejó un tanto perplejo, no he perdido las ganas de volver a verla.
Soy ateo, insinuante y funcional.
El café de este restaurante me devuelve el ánimo por lo que me hizo hace una semana Georgina, tuve que contener las ganas de escupir en su ojo izquierdo. Ahora que mi memoria se ha vuelto cuadrada y mi voz un tanto extraña, suelo sentirme un tanto deprimido.
Soy ardiente, caballeroso y me faltan dos premolares superiores.
Ana Virginia, Ana Virginia, así se llamaba la chilenita que conocí en la charla el año pasado, recuerdo que me atrajeron sus piernas forradas de medias pantis blancas y encima de estas, medias de lana azul.
Mi querida y fea hermana me ha regalado un par de interiores. A Carol le encantan, dice que parezco un unicornio con piernas de cangrejo. ¿Qué habrá querido decir con eso?
Soy curioso y ambicioso poseer a la vendedora de donas del Centro Comercial Tres, siempre que paso a su lado los sábados por la tarde, sus hombros despiden un olor a chocolate con lluvia de maní.
Soy adorable, perspicaz y metódico. Mis palabras suelen reflejar la pureza de mis pensamientos. Angela se desnudó aquella vez sólo para molestarme. No quise verla más, es histérica y dice haber tenido un hijo mío, le tuve que mentir diciéndole que me hice la vasectomía a los diecinueve. Eso pareció confundirla, aún así no volvió a molestarme.
Soy insolente y apasionado.
Cuando tenía ocho años, un colibrí agonizaba en un charco de agua, mi tía y yo lo llevamos a la casa, lo acomodé sobre un pedazo de tela, recuerdo su cuerpecito húmedo, le llevé varias flores a ver si comía, al día siguiente me fui a la escuela, cuando regresé ya no estaba, no sé si habrá muerto, tal vez mi tía lo haya botado.
Soy locuaz y sobre todo influyente. A veces Ada suele compararme con su padre el odontólogo.
Soy chulo, vividor y amante del piano.
Soy gracioso y extraño.
El camarero del restaurante se acerca en este momento a mi mesa.
Soy pobre, misterioso y orgulloso.
Le explico al camarero que no tengo dinero para pagarle, que estoy esperando a la chica que trabaja en esa tienda.
Soy sincero, extrovertido y buen cocinero.
El camarero dice que en esa tienda sólo trabajan hombres. Le explico que la chica en cuestión es nueva, él no responde, sólo mira su reloj negro.
Soy necio y aborrecible para el género humano.
El camarero dice que son cuatrocientos cuarenta, que me apure, que hay gente esperando comer y beber al igual que lo he hecho yo.
Soy insignificante, pequeño y viscoso.
El camarero lanza su puño contra mi mesa.
Soy falso, azul y creo que todo lo que he dicho hasta ahora es pura paja.
El camarero me jala del brazo y me empuja a la calle.
Mi nombre es V. M., amo a mi pequeña y adorable esposa, sólo tengo veintiocho años y no treinta y dos como suele afirmar Dasha. |
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Adriana Acosta Venezuela |