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Durante algunos años, mis compañeros y yo hemos militado a favor de la desintegración del arte. En bastantes ocasiones hemos manifestado nuestras intenciones. Mas nunca hemos revelado las secretas fórmulas empleadas para cumplir nuestro objetivo.
Cada uno de nosotros ha explicado y testificado, individualmente, nuestras intenciones, nuestros proyectos, tesis y logros. Pero ninguno de esos escritos personales se ha publicado, pues en caso de que nuestras acciones se dieran a conocer, la revolución completa fracasaría. Es menester entonces, que nuestras campañas permanezcan incógnitas hasta la realización de un acto determinante. Creemos que estamos próximos a dar ese gran paso. Un acontecimiento que marcará el principio oficial del fin del arte.
La publicación de lo que hemos escrito se llevará a cabo tras la materialización de ese evento y sólo si se obtienen los resultados esperados.
Este texto está escrito casi a modo de testimonio y tiene, por lo tanto, un carácter notablemente personal. Expongo en él lo que me llevó a ubicarme en el centro de esta tremenda operación que será, por cierto, la última de mi vida. Sin embargo, lo que busco al escribir esto no es sólo rememorar los gratos momentos que he vivido militando contra el arte, sino también que el lector comprenda la significación del hecho específico que mis compañeros y yo estamos a punto de concretar; que a través de este relato se entienda además, que este hecho es la culminación de una extensa empresa y, principalmente, que se conozca el sentido de ésta.
Comienzo por el principio.
Soy Wanderley. No muero desde el 21 de Septiembre de 1981. Mi infancia y adolescencia no valen nada. Mis primeros intentos de composiciones cayeron (lo admito), inocentemente, en lo artístico. Algunas obras exhibidas así lo demuestran: exposición no autorizada de pinturas de Amalia Kassai y mías, cuyas influencias oscilaban entre Edgardo Antonio Vigo y Piet Mondrian (¿cómo? no sé) en el Instituto Alemán de Valdivia (1998); una revista que compilaba textos de amigos y un par míos llamada EFECTO 01 infiltrada en bibliotecas de la ciudad (1999); banda audiovisual llamada VERDEHALAGO (nombrada así en honor a Mariano Brull y su poesía pura), influida principalmente por Brull, el teatro Bauhaus y Frank Zappa (1999); recital de poesía experimental, esencialmente fonética y simultánea, donde se recitaron composiciones tanto de maestros como Christian Scheerbart, Morgenstern, Raoul Hausmann, Hugo Ball y el infaltable Kurt Schwitters, como de jóvenes principiantes (me agrada destacar la cantidad de participantes: 3, pero me regocijo al recordar el número de asistentes: 4) (1999); un par de cortos, en los cuales plagié la literatura de Jodorowsky (1999); entre otros.
El año 2000 entré a estudiar Filosofía en la Universidad de Chile en Santiago. En un comienzo solidaricé con la Gran Huelga de Arte 2000-2003, pero rápidamente la traicioné a ella y a mí mismo: participé en el Concurso de Cuentos del Instituto de Medicina de la UACH, en el de la Escuela de Ingeniería de la Universidad Católica de Chile y en el Concurso Nacional de Cuentos Fernando Santiván, entre otros cuyos nombres he olvidado, sin ganar, como indicaba la lógica, ni siquiera una mención. Al final de ese año tuve la suerte de conocer a Cordillera (seudónimo), quien ya iniciaba el desarrollo de su tesis en Filosofía (sobre Xavier Zubiri) en la misma Universidad de Chile. Cordillera pasó a ser en poco tiempo, mi mejor amigo. Más tarde, mi único amigo. Lo sigue siendo, aunque lo veo esporádicamente.
Cordillera fue quien me enseñó. Cordillera ya había encontrado lo que yo buscaba. Cordillera se convirtió en mi guía. Yo era como Lihn y él como Parra. No nos juntábamos ni en un café ni en un bar, sino en una plaza cerca del Persa Biobío. Comprábamos anticuchos, empanadas, sopaipillas en esos carritos de vendedores ambulantes. Todo insalubre, sí, pero muy sabroso y barato. En esto, lógicamente, no nos parecíamos ni a Lihn ni a Parra ni a nadie. Aquellas reuniones de fin de semana las dedicábamos a conversar sobre temas que me interesaban mucho, de los cuales yo no había escuchado nada antes de que él me instruyera en ellos, tales como el neoísmo, plagiarismo, la pintura musical, el voyerismo o realismo extremo (incorrectamente denominado pornografismo), los objetivos de las estrategias de Karen Eliot y Luther (o Lothar) Blissett, el real-visceralismo o el realismo visceral (para mi sorpresa, con seguidores chilenos de carne y hueso), el proyecto Utopía Fecal, la poesía mental o nula, etc.
Entonces, nos habíamos propuesto alejarnos de todo lo que significase arte. Nos convencimos de que el arte no daba para más y que a través de él no se podía CREAR. A través del arte no se puede crear, pues dentro de lo que SIGNIFICA arte, TODO ya ha sido creado. Crear haciendo arte no es nada más que repetir o plagiar. Por esto, simpatizábamos con el plagiarismo y el neoísmo. Las huelgas de arte nos parecían absolutamente ineficaces e insuficientes. Organizamos algunos festivales de plagio y fundamos el neo-neoísmo. En ese tiempo, ya estábamos de acuerdo en la forma a través de la cual nos alejaríamos del arte. Lo que pretendíamos era degenerar el arte, a fin de iniciar una impopularización de éste. ¿Cómo lo haríamos? Llevándolo a límites inimaginables para el común de la gente y para todos. Provocando una repulsión en la totalidad del público por el arte. En fin, como decía, degenerándolo, impopularizándolo. Durante un período, nos concentramos en el practicalismo, movimiento antiartístico fundado por nosotros. Como algunos de ustedes ya sabrán, el practicalismo consistía en usar el arte, en hacerlo algo práctico y funcional; reducir la obra de arte a una mera herramienta mediante la cual se buscaba lograr otro objetivo completamente ajeno al arte. Específicamente, lo que nosotros hacíamos, era organizar recitales de poemas. Lo especial de estos recitales residía en el uso que se le daba a esa obra de arte, a ese poema. Este uso lo efectuaba el público y no quien recitaba. Quien recitaba en un recital practicalista lo hacía como en cualquier otro, lo hacía normalmente, así como en cualquier otra reunión ordinaria. En fin, como se le antojara. El público, en cambio, procedía a bajarse los pantalones y comenzar a masturbarse. He aquí el uso que le dábamos al arte. Un uso completamente individualista, cuyo objetivo ni siquiera consistía en un orgasmo, sino en una mera eyaculación (prefiero no generalizar y dejar en claro lo siguiente: no sé si las mujeres asistentes habrán llegado alguna vez al orgasmo, aunque si sé que ninguna de ellas eyaculó). Como pueden inferir, el procedimiento era el mismo para la mayoría. Lo que cambiaba era, naturalmente, lo que excitaba al espectador particular. A mí, personalmente, me excitaba la perfección de algunas de las obras presentadas (no todas) y usaba aquella excitación que me proporcionaba la recitación del poema masturbándome. En el fondo, estas reuniones, y el practicalismo en general, pretendían ser una gran falta de respeto hacia el arte. Dentro de sus objetivos se encontraba provocar cierto asco por el arte en la gente que conociese de oídas las reuniones del movimiento, haciéndonos pasar por movimiento artístico (esta característica se intensificará en nuestras siguientes empresas). Creo que esto no se logró, básicamente, por la falta de publicidad. Además, las pocas personas que recibieron información sobre el practicalismo nunca lo consideraron algo repulsivo. Al contrario, sé de muchas personas que tras haber oído acerca de él, se unieron al mismo y terminaron masturbándose junto a todos los demás. Este fenómeno de aceptación del practicalismo se debe, en mi opinión, a que este movimiento no fue lo suficientemente desagradable o repulsivo para impactar a la gente. Creíamos que lo que habíamos ideado era algo extremo y depravado, pero, para nuestra sorpresa, la sociedad reaccionó de forma muy transigente. En lo personal, eso sí, el practicalismo fue un éxito: en noviembre de 2001, asistió a uno de nuestros recitales una chica llamada Leila Juzam. Nunca podré olvidar el momento en que ella sacó un espejo de su bolso, se miró, lo volvió a guardar, inspiró profundamente y comenzó a recitar un fragmento de la famosa Ursonate de Kurt Schwitters. No pude evitarlo, aquella vez fui un eyaculador precoz. Una semana más tarde contrajimos matrimonio.
A fines de 2001, Cordillera y yo nos desligamos del practicalismo, aunque éste sigue su curso hasta hoy. Comenzamos a obsesionarnos con el Temporary Autonomous Zones (T.A.Z.) de Hakim Bey. Soñábamos con leer completo ese texto. Hasta entonces sólo habíamos leído reseñas y artículos en revistas, pues el libro nunca se publicó en Chile y el texto completo no apareció en internet, sino hasta comienzos de 2002. Recuerdo la emoción de mi amigo cuando una buena tarde llegó a darme las buenas nuevas a mi casa con las páginas impresas entre sus manos. Amamos, desde aquel día, los temas de la anarquía ontológica, el inmediatismo, la economía de la información, el ciberespiritualismo político. Todo ese rollo nos fascinaba. Pero de la extensa propuesta de Bey, lo que más fuerte nos golpeó, fue el terrorismo poético. Aquella famosa idea de “El arte como crimen; el crimen como arte” conformó desde entonces nuestro único horizonte en cuanto a composiciones. No sé si entonces lo comprendíamos a cabalidad, pero esa concepción del “arte como crimen”, del terrorismo poético, caló profundo en nosotros. Quizás porque reforzaba nuestros proyectos para degenerar el arte. Quizás porque sonaba bonito. No lo sé. En definitiva, el terrorismo poético, establecía un camino por el cual podíamos lograr nuestro ya fijado objetivo.
Esta vez, en todo caso, no queríamos cometer los mismos errores. Proyectamos más ambiciosamente, actuaríamos de forma extrema. Se nos unieron dos nuevos integrantes: Felipe Becerra y Mattel (seudónimos). Nuestra intención era asesinar. Para ello desarrollamos un minucioso plan, basado no en T.A.Z. de Bey, sino en la específica cita que habíamos adoptado de ese texto casi como lema: “El arte como crimen; el crimen como arte”. Aquel par de simples frases era suficiente para impulsarnos en nuestra acción. Ahora todo debía salir bien, aunque, por supuesto, nuestro fin no era matar por matar. Cometeríamos un crimen, sí, mas no con el propósito de proponer ese crimen como arte. Por eso he dicho en anteriores ocasiones que la lectura de T.A.Z. influye en nosotros sólo en forma de impulso, como si alguien te susurrara insinuativamente al oído la palabra CRIMEN. Ese crimen aportaría, en todo caso, a nuestro objetivo final. Que no se diga que lo que hicimos fue una especie de terrorismo absurdo ni que considerábamos el crimen como arte. Nada de eso. He demostrado que soy militante antiarte y lo que he hecho hasta ahora tiene un sentido, persigue un ideal: el derrocamiento del monopolio del arte. Que quede claro que lo que hicimos no fue sólo un asesinato, sino una composición o una descomposición, si se prefiere. Repito: nuestra empresa no se quedaba en sólo asesinar. Ese homicidio tenía un fin. Pretendíamos, en efecto, acabar con la vida de alguien. Sí. Pero con el objeto de publicitar un artificio, que desprestigiaría al arte. Soñábamos con la idea de que miles de personas comentaran y discutieran sobre aquella banda artística que anda matando gente como si eso fuera una obra de arte, qué horror, hasta dónde ha llegado el arte, qué degeneración, por Dios, esta sociedad se fue a la mierda y su arte también; que a través de estas acciones (la primera no sería la última) comenzara a comentarse además, sobre las nuevas propuestas de creación y creatividad alternativas que suplirían al arte; que por fin la gente se diese cuenta de que el tiempo del arte se había acabado, que era hora de lo realmente nuevo, de la verdadera innovación. De esta manera, las composiciones-asesinatos no eran propuestas ni impuestas como la nueva forma creativa que reemplazaría al arte, sino que eran ocupadas por nosotros como medio a través del cual se abrirían las puertas a la verdadera innovación y se desprestigiaría el arte o, más bien, se le valorizaría, al fin, justa y merecidamente como algo envilecido, algo cerdo. Espero que me sigan. Prometo que el cuento se extrema más adelante. Ahora retomo el asunto de nuestro objetivo más específico. Como adelantaba más arriba, queríamos realizar esto (el homicidio), para poder crear, alrededor de aquella muerte, un mito. Algo parecido a lo que intentamos con el practicalismo pero más atrevido. Esparciríamos ahora el rumor de que los asesinos formaban parte de una banda que se consideraba la vanguardia de la vanguardia en el arte y que se jactaban de que aquellos cadáveres, aquellos homicidios, eran la nueva forma de hacer arte, que eran las nuevas obras de arte. De esta forma, quién no se espantaría del mismo arte; a quién no se le pasaría por la mente considerarlo una modalidad de expresión obsoleta por su degeneración, por su degradación. Algo así como transformar el arte en un condón usado por un perro. Algo que nadie ―al menos la mayoría― siquiera pensaría en re-usar por su asquerosidad y perversidad extrema. Así razonábamos (?). Así nuestras expectativas.
Decidimos que nuestras primeras víctimas ―si así las podemos denominar― serían estudiantes universitarios, pues así el mito se esparciría más rápidamente. El plan de asesinato de la joven, quien resultó ser mayor que yo, no tuvo nada original y se llevó a cabo con sólo una complicación. Era de noche y ella caminaba desde un paradero de micros hacia su casa. La sorprendí por la espalda y la llevamos hasta un pequeño callejón. Ahí le acuchillé en los pulmones o algo así. Luego en el cuello. Mientras tanto, Becerra vigilaba la calle desierta. El es tres años menor que yo, o sea, tenía esa noche 17 años. Becerra se acercó antes de tiempo, se acercó para ayudarme a acarrear el cuerpo, pues creyó que la estudiante ya había muerto. Cuando vio que ella agonizaba y gemía incomprensiblemente, cuando se dio cuenta de que ella aún tenía algo de vida, se desesperó. Descontrolado tomó un gran escombro que dejó caer sobre la cara de víctima. No supimos qué decir. Prefiero no entregar detalles sobre el cerdo escenario. La tomamos por brazos y piernas y la llevamos hasta una fuente. Yo estaba furioso, pero callado. Dejamos una tremenda poza de sangre y una hilera. Le tajamos el cuerpo dibujando inscripciones que habíamos predeterminado y la tiramos en la fuente. Ya adentro de la camioneta, junto a los demás, putié a Becerra hasta que vomité por la ventana. Quizás por el olor a sangre que traíamos. Quizás por el nerviosismo. Otros dos también lo hicieron. De seguro, la mezcla de sensaciones era insoportable.
La primera empresa, a pesar del percance, tuvo bastante éxito. Hicimos correr el rumor y se llegó a publicar una pequeña noticia en un diario amarillista. En ocasiones, el rumor volvía hacia mí; alguien me contaba lo ocurrido con infaltables distorsiones. Y eso me encantaba. Era como un trofeo. Lo mejor eran las interpretaciones de los tajos.
A estas alturas ya éramos quince los que conformábamos el grupo, entre los cuales se encontraba Leila, mi esposa. Durante los preparativos para el segundo homicidio, nació la idea de adicionar un evento a la publicidad verbal que habíamos utilizado hasta entonces. Una especie de acontecimiento publicitario extra. Un paso grande: progreso: evolución de nuestra empresa: involución del arte hacia su destrucción completa. Así, determinamos que para el tercer homicidio se exhibiría de alguna forma el cadáver. En lo específico, en cómo lo exhibiríamos, existían diferencias y optamos por realizar una votación entre dos alternativas: seis votos a favor de desollar y colgar el cuerpo; ocho votos a favor de tirarlo, literalmente, al patio de algún personaje reconocido en el ambiente artístico nacional; una abstención.
Debido al éxito de esta campaña, considero innecesario nombrar al escultor afectado. Matamos a otra muchacha y la trasladamos en nuestra camioneta hasta la casa de Mattel, pues esta vez quisimos darnos más tiempo para concentrarnos en lo que tajaríamos en el cadáver. En realidad no innovamos casi nada, básicamente, por temor a cometer errores imprevistos e innecesarios. Lo único que agregamos a los diseños que habíamos tajado anteriormente, fue la frase propuesta por Leila “Ceci n’est pas un cadavre” aludiendo a Magritte. En el momento, la idea no me pareció muy bien, de hecho la consideré de mal gusto y demasiado obvia, pero no me negué, puesto que no quería conflictos en el grupo ni en mi matrimonio. Al otro día en la noche o, más bien, en la madrugada del día subsiguiente, cuando el muerto ya hedía, tres de nosotros fuimos hasta Providencia a tirarlo. La casa de este escultor se ubicaba en una de esas calles poco transitadas entre Lyon, Eliodoro Yañez, Los Leones, en ese sector. Todo resultó perfecto. Ningún percance. Nada. Sólo quedaba esperar, ya que el rumor de que los actores de tales crímenes pertenecían a una banda de arte vanguardista ya se había dispersado.
Como adelantaba, la campaña fue un éxito. El artista afectado era bastante reconocido en Chile como para que se desparramara una agitación a escala nacional. Y, en efecto, fue así. Ese día, la noticia apareció en todos los noticiarios de televisión y en los diarios, al día siguiente. Todos hablaban o, al menos, sabían algo del tema. Una de las cosas que más llamó la atención, para mi sorpresa, fue la frase propuesta por mi esposa. En varios programas de televisión y radio se comentó y debatió sobre el estado del arte actual y en la mayoría de ellos, si no en todos, se trató ampliamente el tema de la degeneración de éste. Algunos de los panelistas o participantes más informados de estos programas nombraron y explicaron movimientos antiarte. Uno de ellos, un escritor que un par de semanas más tarde pasaría a ser parte de nuestro grupo, llegó a argüir que el arte había muerto y que la humanidad necesitaba nuevas propuestas de creatividad. Incluso publicitó al aire uno de sus libros que trataba sobre el tema.
La tercera y cuarta se llevaron a cabo de forma similar. Otra víctima, otro artista afectado, el mismo revuelo, etc. Todo igual, a excepción del apresamiento de Cordillera. Nunca he entendido bien el porqué. Creo que por ser el único sospechoso, algo así. Lo que no sé es por qué lo consideraron sospechoso. Bueno, en todo caso, Cordillera nunca nos traicionó y no ha revelado nada. Lo visito poco, para no infundar nuevas sospechas. Por eso he dicho que lo veo sólo esporádicamente. No hay pruebas de nada y lo liberan dentro de cuatro meses.
Así hasta hoy.
Nosotros no sólo actuamos en contra del arte, sino que militamos en contra de éste. Las huelgas de arte, el plagiarismo y todas esas payasadas nos parecen completamente ineficaces, dignas de un cobarde romántico. Lo que hacemos nosotros es actuar de verdad, sacrificándolo todo (hasta nuestras vidas, como verán) por liberar a las siguientes generaciones del monopolio artístico. Lamentablemente, es muy difícil contactarnos con grupos que militen en contra del arte de la misma manera en que lo hacemos nosotros, pues, de ser así, también lo harían anónimamente. A pesar de esto, mantenemos correspondencia con una agrupación de jóvenes de Glasgow (¿existe el gentilicio?) que actúan de forma similar. Ellos se preocupan de interrumpir la mayor cantidad de eventos artísticos posibles. Valoro mucho lo que ellos hacen, pero no puedo evitar reírme con sus relatos: mean y dibujan penes en las esculturas, se masturban en conferencias, de las pinturas se burlan descaradamente, sabotean cines-arte, abuchean y escupen obras de teatro, entre otros. Me los imagino medio punks por la forma en que combaten el arte, además de que siempre están presentes el alcohol y la anarquía en sus relatos. Estoy seguro de que existen muchos otros grupos similares al de estos escoceses o a nosotros, batallando contra el arte. Nuestra próxima empresa tiene como objetivo causar un revuelo a escala internacional. Pretendemos extender la superficie abarcada por la noticia1 (la de que una banda de arte vanguardista blah, blah, blah...) y, de esta forma, poner sobre la mesa en más de un país el tema de la degeneración o la muerte del arte. Además, tenemos la esperanza de que al internacionalizar esta empresa, algún personaje de algún lugar del planeta sepa interpretar correctamente la campaña y vea en ella (o a través de ella) lo que realmente es: una acción antiarte encubierta. Si esta operación cumple con sus objetivos, lograremos alcanzar dos tremendos resultados:
1) al expandir la noticia provocaremos un masivo desencanto por el arte y, por consiguiente, una proliferación y, en cierto grado, una organización de movimientos que terminen con la destrucción del arte y
2) la popularización de discursos que cuestionen o, mejor aún, rechacen la continuación del desarrollo del arte y que propongan nuevos caminos a seguir.
Esta trascendental campaña se llevará a cabo el día de mañana, jueves 19 de junio de 2003. Tenemos todo planeado. Cordillera también participó con ideas que me propuso durante las visitas que le hice. Los otros treinta y dos (y medio, pues mi esposa espera un hijo) que conformamos el grupo actualmente, hemos urdido el plan por meses. Hasta ahora, hemos arrojado cadáveres a los patios de casas de reconocidos artistas nacionales en tres ocasiones. Para culminar con esta primera parte de la revolución y dar paso a la siguiente, decidimos coronarla con un episodio que se relacione descaradamente con el arte, colmando la paciencia de los que hasta el momento se mantenían escépticos ante el arte. Y ¿qué podría representar y concentrar de mejor manera el arte nacional? Lógicamente, el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile. No obstante, que nuestra próxima campaña se vaya a realizar en ―o en contra de― este museo, no quiere decir que el día de mañana pasemos por fuera de éste y arrojemos el cadáver al Parque Forestal. Lo que haremos nosotros es introducir al ser humano vivo al museo y que ese ser muera dentro del edificio, entre todas las obras de arte presentes. Uno de nosotros trabaja en el Museo Nacional de Bellas Artes, lo que, naturalmente, nos ha facilitado mucho las cosas. Los detalles del procedimiento de esta operación, que será mi última y que desatará una ola de acontecimientos similares a lo largo del planeta, están siendo descritos simultáneamente en la pieza contigua a ésta en la que me encuentro y serán publicados, al igual que este texto y como ya he dicho, en su debido momento. Espero que estas páginas hayan cumplido con los objetivos expuestos en el tercer párrafo. Ha sido expuesto además en esos mismos renglones, el carácter personal de este escrito y creo que ustedes, vivos lectores, han notado esa orientación desde los primeros párrafos. Advertidos ustedes entonces, me referiré preferentemente a lo que me compete a mí dentro de lo que se efectuará mañana.
No es sorprendente para ustedes, saber que ésta corresponde a mi última acción en contra del arte ―lo he repetido un par de veces a lo largo del texto. No es que me retire de la revolución. Por el contrario, la impulso. Para tal efecto, eso sí, es necesario entregar mi vida. Mañana, la persona que muera dentro del museo seré yo. Hemos conseguido clandestinamente el artefacto inventado por Nitschke, médico australiano residente en San Diego (E.E.U.U.), que produce “una muerte pacífica en poco tiempo, entre cuatro y siete minutos”. Por si no lo conocen, este aparato consiste en “una bolsa con un tubo que pasa por un pequeño depósito de monóxido de carbono, del que sale una sonda hacia las fosas nasales”. En febrero de este año 187 personas se suicidaron con esta máquina en el taller de suicidio del Dr. Nitschke, lo que prueba la efectividad del producto. No sé exactamente cómo funciona, pero lo que provoca es, básicamente, una disminución, a cada aspiración, del oxígeno en el cuerpo y un aumento del monóxido de carbono, produciendo así una muerte indolora. Podríamos simplemente haber infiltrado algún tipo de arma de fuego al museo y volarme la cabeza, lo cual sería igualmente efectivo y rápido, pero el ideal siempre ha sido que los cadáveres no se encuentren demasiado dañados al momento de ser encontrados. Todo está preparado para que yo entre al baño del museo, me conecte el pequeño artefacto y me dirija hacia la sala Matta. Cuando yo ya haya ingresado a la sala, nuestro compañero se hará cargo de evacuar y clausurar el lugar. Él procederá a desnudarme cuando haya muerto, a fin de que mi cuerpo exhiba los mensajes inscritos a lo largo de él, los cuales ya no son meros tajos, sino extensos y bien elaborados tatuajes. A estas alturas, es muy probable que los otros guardias del museo se hayan percatado de lo que ocurre y de la participación de nuestro compañero. Él, por supuesto, ha jurado, como todos los demás, no revelar nada ante la justicia, aunque esto provocase que su condena fuese perpetua (no será así). Mi muerte ha de ser la primera de una nueva etapa y de una cadena de suicidios que se cometerán no sólo en Chile, sino también en otros estados del mundo. Varios de mis compañeros se encuentran dispersados en diversos países esperando el momento adecuado para proceder a suicidarse por la revolución en los museos más importantes del mundo.
No es un sacrificio para mí quitarme la vida por la revolución. Por el contrario, es un honor convertirme, cuando aún no cumplo los veintidós años, en el primer mártir de la revolución antiarte. No es tampoco un dolor dejar a mi esposa y a mi hijo, a quien no podré conocer, pues estoy seguro de que mi muerte significará un gran avance hacia la liberación creativa en la que vivirán mi hijo y, aunque ya mayor, mi esposa. Estoy seguro además de que ellos sabrán apreciar lo que su padre y su marido, respectivamente, ha hecho a favor de que las futuras generaciones tengan la verdadera posibilidad de CREAR, de estar liberado del monopolio del arte. Sin este tipo de sacrificios, sin dedicar nuestra vida a destruir, no es posible alcanzar nuestro objetivo. Esto no es un dolor, sino un deber y, por lo tanto, un placer, pues además muere junto a mí ars longa, vita brevis y comienza a imponerse el ya nacido concepto de la invertida locución: Ars brevis, vita longa.
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