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Estaba por primera vez dentro de aquella iglesia que había visto tantas veces y nunca había sentido inclinación de entrar. Esta vez, estando cerca de allí, pregunté la hora y me di cuenta de que era demasiado temprano para mi cita. Debía hacer tiempo, y la iglesia era un lugar seguro para esperar.
A diferencia de los otros no me persigné al entrar, sólo me senté en los últimos asientos saqué mi libro, y comencé a leer. Pero algo llamó mi atención: el tono diferente de los rezos que proclamaba la señora que guiaba al grupo de feligreses que estaban allí reunidos. Pensé que era una buena idea cambiarle el ritmo a los rezos, superando la repetición automática que se ha hecho hasta el cansancio. Así se podría lograr mayor conciencia de las palabras que los conforman.
Decidí observar un poco alrededor. Detallé el grupo de rezo que estaba integrado en su mayoría por mujeres de edad avanzada. Varias de ellas, muy probablemente por dolores en las piernas, no se levantaban ni arrodillaban cuando correspondía; pero, a pesar de sus padecimientos, aún conservaban la fe.
Muchas personas entraban y salían de la iglesia, después de persignarse e inclinarse ante el altar se arrodillaban en un banquillo, entrelazaban sus dedos y entablaban una comunicación con el más allá, hacían una promesa, una súplica o daban las gracias, no sé, pero pronto se levantaban, se volvían a persignar y se iban apresurados. En su cara dejaban ver la sensación de haber hecho lo que tenían que hacer.
A mi derecha un hombre hablaba con el cuadro de un santo. Me pregunté si sólo él sabía todo lo que estaba diciendo o si el santo escuchaba a este hijo de Dios que le hablaba con tanta vehemencia. Seguí observando alrededor, esa respuesta nunca la sabría.
Al frente de mí, estaba Cristo enclavado en su cruz, su cuerpo enflaquecido hacía que se notaran todas sus costillas, salía sangre de sus manos y pies, su cara transmitía un sufrimiento desmesurado. Pensé en la paradoja de los acompañantes de este Cristo: vírgenes y santos que portaban bellos trajes con coronas o aureolas, rodeados todos de grandes columnas y arcos, inmensas lámparas y ventanas.
En eso, otro feligrés entró y se atravesó en mi paneo por el templo, él se arrodilló ante Cristo y evidentemente le pedía un gran favor. Comenzó a llorar. Decidí irme, yo también tenía ganas de llorar. Vaya desenlace para esa visita a la casa de Dios. Mientras salía pensaba en ese Cristo sufriente, visitado día tras día por miles que le pedían milagros. Cuando cruzaba el portal una viejita paralítica con un bebé en brazos me pidió una limosnita por el amor de Dios. Cuando le di tres monedas, miré los ojos de bebé. Ellos, junto a los míos, pedían compasión por el amor de Dios.
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